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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Kahlan no tenía fuerzas para discutir.

— De acuerdo.

Enseguida se dejó caer sobre la estera. Frunciendo el entrecejo por la preocupación, Tossidin la tapó con el manto. Mientras los dos hombres salían a rastras, Kahlan empezó a caer otra vez en la negrura. Trató de no sumergirse de nuevo en ese horrible lugar, pero fue irremediablemente arrastrada hacia allí.

El aplastante peso del vacío se cerró en torno a ella. Kahlan trató de escaparse de sus garras y regresar, pero la oscuridad era demasiado densa. Era como estar atrapada en el barro. Sí, estaba atrapada y cada vez se sumergía más y más. Una oleada de pánico la invadió.

Intentó pensar pero era incapaz de formular conceptos coherentes. Tenía la impresión de que algo iba mal, pero su mente no hallaba la solución.

Esta vez en lugar de rendirse concentró toda su energía en pensar en Richard, en que debía salvarlo, y con ello la oscuridad no llegó a ser un vacío total. Esta vez conservó un leve sentido del tiempo, de su paso. Se sentía como si se estuviera pasando toda la vida durmiendo, aferrándose tenazmente a los pensamientos sobre Richard.

La preocupación que sentía por él y la ansiedad que le provocaba ese extraño sueño, tan y tan profundo, hizo que lentamente, paso a paso, se fuera arrastrando de vuelta a la conciencia. No obstante, tuvo la impresión de que le costaba horas.

Finalmente, con un desesperado grito ahogado, se despertó. Sentía en la cabeza un dolor lacerante, y en el cuerpo agudas punzadas de fatiga. Fue incorporándose penosamente, mirando alrededor del oscuro refugio. La vela se había consumido casi por completo. La quietud le zumbaba en los oídos.

Se dijo que tal vez necesitaba aire frío para acabar de despertarse. Notaba brazos y piernas lentos y pesados mientras se arrastraba para salir del refugio. Fuera anochecía. Al levantar la vista vio las primeras estrellas que titilaban entre las ramas de los árboles. El aliento se convertía en una nube de vaho.

Con piernas temblorosas dio un paso pero tropezó con algo y cayó de bruces sobre la nieve. Aún en el suelo abrió los ojos. A pocos centímetros de distancia unos ojos vidriosos la contemplaban fijamente. El joven soldado yacía con la mejilla contra la nieve. Había tropezado con su pierna. Kahlan sintió como si sus huesos trataran de desprenderse de la piel de un salto y echar a correr.

El soldado presentaba un horrible tajo en la garganta, tan profundo que casi le habían decapitado, de modo que la cabeza se le inclinaba hacia atrás en un ángulo imposible. Kahlan podía ver la abertura de la tráquea cortada. Sangre coagulada cubría la nieve. La mujer sintió que la bilis le subía hasta la boca, pero se obligó a tragar la amargura.

Lentamente alzó la cabeza y vio las formas oscuras de otros cuerpos. Todos eran galeanos y todos tenían aún las espadas envainadas. Sus asesinos no les habían dado la oportunidad de defenderse.

Los músculos de las piernas se le tensaron, queriendo correr, pero se esforzó por mantenerse quieta. Sumida aún en el brumoso estado que media entre el sueño y el despertar, se dijo que no podía huir. Su mente parecía estar en un estupor de ensueño. Quien había matado a esos hombres podía seguir cerca; tenía que obligarse a pensar.

Tocó la mano del soldado muerto y comprobó que seguía caliente, lo cual indicaba que acababa de suceder. Tal vez eso era lo que la había despertado.

Alzó la vista y miró entre los árboles. Unos hombres se movían por las sombras. La habían visto y se acercaban al claro, rodeándola. Avanzaban riendo y gritando. Eran casi una docena de d’haranianos y un par de keltas; soldados de la Orden Imperial. Kahlan ahogó una exclamación y se levantó de un brinco.

Un hombre, el que estaba más cerca, presentaba una herida roja e hinchada que le desfiguraba la parte izquierda del rostro desde la sien hasta la mandíbula. Esa herida se la había producido Nick con un casco. Alguien se la había cosido toscamente con puntos irregulares. El hombre sonrió despectivamente con el lado bueno de la boca. Era el general Riggs.

— Bueno, bueno, por fin te encuentro, Confesora.

Kahlan se estremeció, al igual que sus atacantes, cuando una forma oscura irrumpió en el claro desde la maleza profiriendo un grito de batalla. Aprovechando que todos se volvieron, Kahlan salió disparada en la dirección contraria.

Antes de dar media vuelta había tenido tiempo de vislumbrar el destello que la luz arrancaba de una enorme hacha de guerra en forma de media luna. Era Orsk, que de un solo hachazo derribó a dos hombres. Seguramente él también la había estado buscando para protegerla. Aquellos tocados por el poder de una Confesora nunca se daban por vencidos.

Pese a que las piernas le pesaban y sentía un hormigueo, como si hubiera dormido sobre ellas, Kahlan corría tan deprisa como podía. Detrás de ella estallaron chillidos y alaridos, y resonó el entrechocar del acero. Orsk rugía mientras hundía el hacha en los hombres que la perseguían.

El ramaje de los pinos le golpeaba en el rostro mientras corría tambaleante entre los árboles. Ramas muertas y matorrales se le enganchaban en los pantalones y la camisa. Atontada, atravesaba vacilante los montones de nieve, que le salpicaba en la cara desde el suelo y desde las ramas cargadas. No conseguía que las piernas se movieran más deprisa.

El hombre que tenía a los talones gruñó al zambullirse para detenerla. Sus manos le agarraron las piernas y la hizo caer. Kahlan escupió nieve mientras propinaba puntapiés y trataba por todos los medios de zafarse. Pero el hombre iba subiendo por sus piernas clavándole las zarpas, la cogió por el cinturón y, finalmente, se encaramó encima de ella.

Un airado rostro con la fea herida que le corría por un lado la miraba con expresión de triunfo. Riggs sonrió siniestramente. Entre los árboles aún resonaban sonidos de lucha. Ella y Riggs estaban solos.

Un puño la agarró por el pelo y le aplastó la cabeza contra el suelo. Con el otro puño la golpeó en el costado, dejándola sin respiración. La golpeaba una y otra vez. Kahlan sintió una cálida oleada de náuseas mientras pugnaba por recuperar el aliento.

— Ya te tengo, Confesora. No volverás a escapar. Es inútil que te resistas.

El general Riggs estaba solo. ¿En qué estaba pensando? Kahlan posó bruscamente una mano en el pecho del d’haraniano. No le cabía en la cabeza que un hombre solo se creyera capaz de apresar a una Confesora.

— Estás solo, Riggs —logró decir Kahlan bajo el peso del hombretón—. Estás perdido. Ya eres mío.

— ¿Eso crees? Él me dijo que ahora ya no puedes usar tu poder —replicó él, desdeñoso.

Riggs le alzó la cabeza y se la estrelló contra el suelo. Kahlan notó cómo la visión se le hacía borrosa y trató de concentrarse en lo que debía hacer. El d’haraniano volvió a levantarle la cabeza para golpeársela contra el suelo. Aunque desconcertada por las palabras del hombre, debía hacerlo ya mismo, antes de que la dejara inconsciente, antes de que fuera demasiado tarde. Debía hacerlo ahora, cuando aún tenía el tiempo a su favor.

Mientras Riggs le alzaba la cabeza, Kahlan hizo el silencio en su mente, derribó los diques que contenían su poder de Confesora y lo liberó.

Hubo un trueno silencioso. Riggs se estremeció por el impacto de la magia. Las ramas de los árboles de alrededor se agitaron, creando una lluvia de nieve que cayó sobre la espada de Riggs y el rostro de la Confesora.

El d’haraniano abrió mucho los ojos y relajó los músculos de la mandíbula.

— ¡Mi ama! ¿Qué me ordenáis?

Kahlan usó las últimas briznas de energía que le quedaban para preguntar:

— ¿Quién te dijo que mi poder no te afectaría?

— Ama, fue…

La sangrienta punta de una flecha surgió de su nuez de Adán. La ancha punta de acero se detuvo a apenas un par de centímetros del mentón de Kahlan. Los ojos se le rasgaron y movió los labios, pero de su boca solamente brotó sangre, no palabras. Conforme empezaba a ahogarse, iba desplomándose sobre ella.

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