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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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»Creo que la Orden Imperial se ha aliado con el Custodio. Es preciso que neutralice la amenaza. Sé que vosotros haréis honor a vuestro juramento y seguiréis luchando contra el enemigo sin dar cuartel. Sé que la Orden tiene los días contados.

Kahlan cayó en la cuenta de que el cuello ya no le dolía. Se tocó la mordedura con los dedos y notó que ésta había desaparecido. En ese momento sintió que había escapado de las garras del Custodio en más de un sentido.

Contempló con gesto muy serio los juveniles semblantes que no le quitaban ojo de encima.

— Aunque debéis seguir luchando sin piedad, tened cuidado en no volveros como el enemigo. El enemigo lucha para matar y esclavizar. Vosotros lucháis por la vida y la libertad. Tenedlo siempre presente en vuestros corazones.

»Yo os prometo que nunca me olvidaré de ninguno de vosotros —proclamó, alzando el puño en el aire—. Prometedme vosotros que cuando esto acabe, cuando la amenaza de la Orden Imperial y del Custodio desaparezcan, todos vendréis a Aydindril para que la Tierra Central os honre por vuestro sacrificio.

Todos los hombres alzaron el puño en gesto de promesa. Luego la vitorearon.

— Capitán Ryan, por favor transmite mis palabras a los hombres de los otros campamentos. Quisiera poder dirigirme personalmente a todos ellos pero debo partir al instante.

El capitán le aseguró que lo haría. Kahlan alzó la espada con ambas manos y se la tendió a Ryan.

— El rey Wyborn combatió con esta espada para proteger a su país. La Madre Confesora también ha combatido con ella en defensa de la Tierra Central. Ahora la dejo en manos muy capaces.

Los dedos del capitán Ryan levantaron cuidadosamente el arma y la sostuvo como si fuera la corona de Galea. Su rostro se iluminó con una radiante sonrisa.

— La llevaré con orgullo, Madre Confesora. Gracias por todo lo que me habéis enseñado. Cuando nos encontrasteis no éramos más que unos muchachos. Vos nos habéis hecho hombres. No sólo nos habéis enseñado a luchar mejor sino algo mucho más importante: qué significa ser soldados y ser los protectores de la Tierra Central.

El capitán cogió la espada y la alzó hacia el cielo. Entonces se volvió hacia sus hombres.

— ¡Tres hurras por la Madre Confesora!

Mientras escuchaba los entusiastas vítores, Kahlan se dio cuenta de que era la primera vez en toda su vida que oía a alguien aclamar a la Madre Confesora. Estaba tan sorprendida que le costó ocultarlo. Kahlan les envió un beso a todos con los dedos y les dio las gracias.

— Capitán Ryan, quisiera llevarme a Nick y dos caballos más.

Chandalen corrió hacia ella.

— ¿Para qué necesitamos caballos?

Kahlan lo miró arqueando una ceja.

— Chandalen, me han herido en una pierna y apenas puedo tenerme en pie, y mucho menos andar. Si quiero llegar a Aydindril debo cabalgar. Espero que no creas que soy débil.

— Bueno, no —replicó el guerrero, frunciendo el entrecejo—. Desde luego no puedes caminar. Pero ¿para qué quieres dos caballos más? —inquirió con mirada nuevamente airada.

— Si yo voy a caballo, tú también.

— ¡Chandalen no necesita cabalgar! ¡Yo soy fuerte!

Kahlan se inclinó hacia él y le dijo en su propio idioma.

— Chandalen, sé que la gente barro no cabalga y no espero que sepas hacerlo. Yo te enseñaré. Lo harás muy bien. Cuando regreses a tu aldea, sabrás hacer algo que ninguno de los tuyos sabe hacer. Todos se quedarán impresionados. Las mujeres verán así que eres muy valiente.

El guerrero gruñó, receloso.

— ¿Y el tercer caballo? —insistió, aún ceñudo.

— Es para Orsk.

— ¿Qué?

— Chandalen, tú no podrás utilizar un arco hasta que el brazo sane. ¿Cómo piensas protegerme? Orsk puede blandir una hacha con el brazo bueno y tú arrojar una lanza.

Chandalen puso los ojos en blanco.

— No te haré cambiar de idea, ¿verdad?

— No —replicó Kahlan con una leve sonrisa—. Recojamos nuestras cosas y pongámonos en marcha.

La mujer miró a los hombres una última vez. Eran sus hombres. Los saludó llevándose un puño al corazón.

Todos le devolvieron el saludo en silencio.

Había perdido mucho junto a esos hombres pero también había ganado.

— Tened mucho cuidado, por favor.

48

— Bueno, ¿cuándo conoceremos a tu gente, a quienes deben guiarnos a la hermana Verna y a mí hasta el palacio?

Du Chaillu echó un vistazo hacia atrás por encima del hombro, tras lo cual se apartó la mata de pelo negro para mirarlo. Ahora la mujer caminaba llevando el caballo por las riendas. Richard se había hartado de sus quejas y, cuando al fin se negó en redondo a seguir montando, decidió no insistir. También él prefirió caminar un rato. La Hermana cabalgaba detrás de ellos sin perder de vista a Du Chaillu, como una lechuza posada en una rama.

— Pronto. Muy pronto. —La expresión fría y distante de la mujer lo llenaba de inquietud. Su actitud había ido cambiando progresivamente desde que abandonaran la tierra de los majendie y se internaran cada vez más profundamente en los dominios de los baka ban mana. Ya no se mostraba abierta y parlanchina sino altiva y distante. La hermana Verna apenas apartaba los ojos de ella y, por su parte, Du Chaillu no se perdía ni uno solo de los movimientos de la Hermana. Eran como dos gatas con los pelos de punta, silenciosas e inmóviles, preparadas para saltar. Ya sólo les quedaba enseñarse los dientes.

Richard intuía que ambas mujeres se estaban poniendo a prueba continuamente de modos que él no podía ver. Y por la actitud de la Hermana, sabía que no le complacía nada lo que estaba descubriendo. Por experiencia Richard reconocía cuándo la Hermana tocaba su han; lo sabía porque los ojos de la mujer se nublaban. Y en esos momentos lo estaba haciendo.

En la creciente oscuridad Du Chaillu abandonó de pronto la ancha vereda de bosque para tomar una trocha que discurría entre la densa y enmarañada vegetación. A ambos lados acechaban oscuras aguas en las que crecían exuberantes juncos así como plantas de hoja ancha con flores amarillas y rosa en forma de trompeta. Los ojos de Richard trataban de penetrar en las sombras que reinaban entre los árboles.

Du Chaillu se detuvo al borde de un arenoso claro y tendió las riendas a Richard.

— Mi gente se reunirá con nosotros en este lugar. Espera aquí, hombre mágico.

El apelativo que usó para dirigirse a él le puso los pelos de punta.

— Richard —la corrigió mientras cogía las riendas—. Me llamo Richard. Soy quien te salvó el pellejo, ¿recuerdas?

Du Chaillu lo miró con aire dubitativo.

— Por favor, no creas que no agradezco lo que has hecho por mí y por mi gente. Siempre recordaré tu amabilidad. —Su mirada pareció desenfocarse y suavizó la voz, dándole un tono de pesar—. Pero sigues siendo un hombre mágico. Espera aquí.

Con estas palabras dio media vuelta y desapareció en el bosque que rodeaba el claro. Mientras Richard observaba su marcha, la hermana Verna desmontó y se hizo cargo de las riendas de los tres caballos.

— Ahora tratará de matarte —afirmó como quien anuncia que mañana lloverá.

— Le he salvado la vida —replicó Richard airadamente.

La Hermana se dispuso a conducir a los caballos hacia los árboles.

— Sí, pero para ellos eres un hombre mágico, y matan a los hombres mágicos.

Richard no quería creerla, pero la creía.

— Pues usa tu han para impedirlo, Hermana, para preservar la vida, tal como dijiste a Du Chaillu que debería hacer con el hijo que espera.

La Hermana le respondió, acariciando el mentón de su caballo:

— Ella también es capaz de usar su han. Es por eso por lo que las Hermanas siempre hemos evitado a esa gente; porque algunos de ellos usan su han de un modo que nosotras no comprendemos.

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