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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Un puño agarró a Riggs por el hombro y lo apartó. Kahlan creyó que se trataría de Orsk, pero no era así.

— ¡Madre Confesora! —Un preocupado Prindin la miraba desde arriba—. ¿Estás herida? ¿Te ha hecho daño?

Rápidamente le quitó al general de encima y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse, mientras con la mirada le recorría el cuerpo, aún tendido sobre la nieve. Kahlan lo miró pero no aceptó su mano. Usar el poder la había dejado más exhausta y desmadejada que nunca.

Prindin esbozó su habitual sonrisa mientras se colgaba el arco a la espalda.

— Ya veo que no estás herida. De hecho, te ves estupenda.

— No había necesidad de matarlo. Ya había usado mi poder con él y era mío. Estaba a punto de confesar quien le había dicho que mi poder no…

Kahlan sintió una sensación de desagradable hormigueo en el cuerpo por el modo en que Prindin se la comía con los ojos. La habitual sonrisa del joven le puso la piel de gallina, y los pelillos de la nuca se le erizaron.

Orsk irrumpió de entre los árboles.

— ¡Ama! ¿Estáis bien?

Kahlan oyó las voces de otros en el bosque, entre ellas la de Chandalen. Inmediatamente Prindin flechó el arco. Orsk alzó el hacha sosteniéndola con una sola mano.

— ¡Prindin! ¡No! ¡No dispares! —Prindin estiró la cuerda—. ¡Orsk! ¡Corre!

El hombretón dio media vuelta sin hacer preguntas, y salió disparado hacia los matorrales seguido por una flecha. Kahlan oyó cómo el proyectil impactaba contra algo sólido y a Orsk tambalearse entre el árido sotobosque, quebrando ramas y árboles jóvenes. Al fin ese ruido cesó y se oyó cómo un cuerpo caía al suelo.

Kahlan trató de ponerse de pie pero estaba demasiado débil. Era como si no tuviera huesos y los músculos se le estuvieran deshaciendo. No le quedaban fuerzas. La oscuridad la reclamaba de nuevo.

Prindin le lanzó de nuevo su típica sonrisa mientras volvía a colgarse el arco a la espalda.

Kahlan hizo un esfuerzo por hablar. Al fin logró articular un débil susurro.

— Prindin, ¿por qué has hecho eso?

El joven se encogió de hombros.

— Para poder estar solos. Antes de que te corten la cabeza —añadió con una sonrisa más amplia si cabe.

Prindin. Prindin le había dicho a Riggs que su poder no le afectaría, para que Kahlan lo gastara en él y se quedara indefensa. Las piernas le temblaron con el esfuerzo que hizo por tratar de incorporarse. Pero nuevamente cayó. Prindin la miraba.

Entre los árboles se oyó la voz de Chandalen que, sin aliento, la llamaba a gritos. En otra dirección se oía también a Tossidin llamándola. Kahlan trató de atraer su atención, pero solamente le salió una débil y ronca queja. La oscuridad amenazaba con engullirla.

Tal vez seguía dormida. Ojalá que así fuera. Apenas podía hablar, ni moverse, como en una pesadilla.

Pero sabía que esto no era un sueño.

Prindin se volvió hacia donde sonaban las apremiantes llamadas. Kahlan hundió los talones en la nieve y con un supremo esfuerzo reculó. Su mano topó con una robusta rama de arce caída al suelo.

Prindin corrió hacia ella. Kahlan centró todo su miedo, su dolor y su horror por lo ocurrido en entrar en acción. Reunió todos los recursos que le quedaban. Prindin iba a atraparla.

Kahlan se levantó, blandiendo la sólida rama. Prindin se agachó y agarró la improvisada cachiporra para arrebatársela. Acto seguido la obligó a girar de modo que quedara de espaldas a él, enroscó un brazo alrededor de la cabeza de la mujer y le tapó la boca para que no pudiera avisar a Chandalen. Aunque no era un hombre fornido, Kahlan sabía que Prindin poseía una fuerza extraordinaria aunque, en el estado en el que se encontraba, incluso un niño podría someterla.

Chandalen se acercó a ellos por la espalda con un cuchillo en la mano. Kahlan mordió a Prindin en el brazo y gritó. Pero Prindin dio media vuelta con una rapidez y una fuerza increíbles, y golpeó a Chandalen en la cabeza con la rama. Sonó un escalofriante ruido hueco. El golpe tumbó a Chandalen contra las ramas de un abeto. Mientras se desasía de Prindin, Kahlan vio sangre en la nieve alrededor de Chandalen.

Un Tossidin sin aliento irrumpió de entre los árboles.

— ¿Qué ocurre? ¡Prindin!

Entonces los vio y se quedó como paralizado. Miró a Chandalen y luego a Prindin.

Éste echó un vistazo a su hermano por encima del hombro y le habló en su propio idioma.

—  ¡Chandalen trató de matarnos! Yo llegué justo cuando trataba de asesinar a la Madre Confesora. Ven. Ayúdame. Está herida.

Kahlan cayó de hinojos y gritó:

— No… Tossidin… no…

Pero Tossidin ya corría hacia ellos.

— ¿Cuál es el problema del que Chandalen me habló? ¿Qué te ocurre, hermano? ¿Qué has hecho?

— ¡Ayúdame! ¡La Madre Confesora está herida!

Tossidin cogió a su hermano por un hombro y le dio media vuelta.

— ¡Prindin! ¿Qué has…

Sin previo aviso Prindin clavó un cuchillo en el pecho de su hermano. Tossidin abrió mucho los ojos por la sorpresa, y también abrió la boca aunque de ella no salieron palabras. Resollaba. Las rodillas se le doblaron y se desplomó. Kahlan gritó. Prindin lo había apuñalado en el corazón.

Chandalen se incorporó, aturdido, y lanzó un gruñido. Entonces se llevó las manos a la cabeza, que le sangraba. Sin perder de vista a Chandalen, Prindin se sacó una cajita de hueso de la bolsa que llevaba al cinto. Estaba llena de bandu. No había entregado todo su veneno.

Sin poder hacer nada para detenerlo, Kahlan tuvo que ver cómo Prindin emponzoñaba generosamente una punta de flecha. Chandalen se sostenía la cabeza entre las manos mientras trataba de recuperarse y poner sus ideas en orden. Prindin estiró la cuerda del arco. Kahlan sabía que apuntaba a la garganta de Chandalen. Justo cuando disparaba, la mujer logró tirarse contra las piernas del joven. La flecha falló el blanco, aunque dio a Chandalen en un hombro.

Prindin estrelló en el rostro de Kahlan el dorso del puño, lanzándola violentamente de espaldas contra el suelo. Invadida por un terror sin igual, la mujer quiso alejarse de él arrastrándose a cuatro patas. La nieve le helaba los dedos y por encima de las rodillas tenía los pantalones empapados de agua fría. Kahlan se concentró en el frío para tratar de salir de su sopor. Mientras se alejaba miró por encima del hombro.

Prindin sacó otra flecha de la aljaba y sumergió la punta en el veneno, al tiempo que contemplaba su lucha por escapar. Del mismo modo que había contemplado la lucha de Chandalen. Mientras se ponía en pie, tambaleante, y echaba a correr, un grito le brotó de los labios. Una pesadilla. Tenía que ser una pesadilla.

El impacto de la flecha en la parte posterior de la pierna izquierda fue como si la golpearan con un garrote. Kahlan chilló y cayó de bruces. La pierna le quemaba de dolor. Por el músculo se extendía una sensación de punzante hormigueo. Luego el dolor empezó a abrasarle el hueso de la cadera.

Prindin se abalanzó sobre ella. Se arrodilló y agarró la flecha que sobresalía de la parte posterior de su pierna. Posó la otra mano sobre el trasero para sujetarla y de un tirón le arrancó el proyectil. Kahlan notaba cómo el hormigueo del veneno le subía por la pierna.

— No te preocupes, Madre Confesora, en tu flecha no he puesto tanto veneno como en la de Chandalen. Sólo el suficiente para asegurarme de que no me causarás problemas. Él morirá dentro de un minuto pero tú vivirás lo suficiente para que te corten la cabeza. —La mano le acarició las nalgas—. Si es que no esperan demasiado. Hace demasiado frío aquí fuera —añadió, inclinándose sobre ella—. Volvamos adentro.

Prindin la agarró por la muñeca y empezó a arrastrarla por la nieve. En su mente Kahlan luchaba contra él; se resistía, gritaba y lo golpeaba, pero no lograba que el cuerpo le obedeciera. Era como una muñeca de trapo que alguien arrastrara sobre la nieve. Sentía la ponzoña que le llegaba ya a las costillas.

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