La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
De pie en el centro de los círculos en movimientos, se tocó la frente con la reluciente espada. El acero estaba frío contra la ardiente piel sudorosa.
— Espada, no me falles hoy.
Richard se sumergió en la magia. Sin darse cuenta de lo que hacía, se quitó la camisa y la arrojó a un lado para que nada le estorbara los movimientos. ¿Cómo se le había ocurrido hacer tal cosa? No tenía ni idea, pero le pareció lo más adecuado. Entonces alzó la espada justo al frente. Los músculos, brillantes por el sudor, se tensaron, aprestándose.
En ese momento conectó con el centro de su ser, un lugar en el que reinaba la calma y la concentración. Dentro del ardiente núcleo de rabia encontró su han.
Usa lo que tienes, le dijo una voz interior. Usa lo que encuentres y déjalo ir.
En la quietud de su mente Richard recordó cuando se había subido a la roca mágica de Zedd para ocultar la nube que Rahl el Oscuro había conjurado para seguirlo. Esa roca había sido usada por muchos magos antes que Zedd. Cuando estaba subido a ella, apelando a la magia, dejando que fluyera por él, había sentido la esencia de todos esos magos. Richard revivió la sensación de compartir lo que ellos habían sentido y sabido. Subido a la roca, había tenido acceso a la mente y al corazón de quienes habían usado la magia antes que él.
Entonces se le hizo la luz y comprendió qué significaba la profecía.
¿Cómo era posible que hubiera usado antes la espada sin entenderlo, sin ver lo que contenía su magia? Era justo como la roca de mago.
Antes que él otros habían usado la Espada de la Verdad, y su magia conservaba la memoria de sus talentos en la lucha, de todos y cada uno de los movimientos ejecutados. Richard tenía a su alcance el talento de centenares de miles de hombres y mujeres que habían empuñado esa espada, tanto si habían sido bondadosos como perversos.
En su quietud interior vio al primero de ellos acercarse por la izquierda.
Sé una pluma, no una roca. Flota en el viento de la tempestad.
Richard liberó la magia y giró siguiendo el asalto, dejando que pasara junto a él sin tocarlo. En vez de asestar una estocada lo que hizo fue flotar con el impulso de la arremetida, dejando que fuera la magia de la espada la que lo guiara. El baka ban mana se tambaleó y cayó al no poder establecer el contacto que esperaba.
Instantáneamente otro ocupó su lugar, haciendo girar la lanza. Richard dio de nuevo una vuelta sobre sí mismo y cuando el atacante pasaba a su lado, usó la espada para quebrar el asta de la lanza en dos. La punta de otra lanza trataba de clavarse en su cuerpo. Sin detenerse, Richard se deslizó junto a ella, alzó la espada y cortó el asta por la mitad. Otro baka ban mana se abalanzó sobre él por la espalda. Richard lo repelió poniéndole un pie en el pecho.
Richard se había entregado por completo a la magia de la espada y a la paz que reinaba en su interior. Estaba haciendo sin pensar cosas que ni siquiera comprendía.
Controlaba la cólera para que ésta no matara. Con la parte plana de la espada golpeaba una nuca aquí, y paraba otro ataque allí poniendo la zancadilla. Cuando más rápidamente atacaban los baka ban mana, más rápidamente reaccionaba él. La magia se alimentaba de la energía de los atacantes. Richard se deslizaba con fluidez entre los asaltantes, quebrando lanzas cuando podía con la intención de desarmarlos sin matarlos.
— ¡Du Chaillu, detén esto antes de que tenga que matarlos!
Pero gritarle fue un error, pues lo distrajo y una lanza enemiga logró rebasar sus fluidas defensas. Instantáneamente, la cólera explotó en reacción al ataque. Pero incluso entonces tuvo elección, matar al atacante o solamente hacer lo necesario para detenerlo.
La Espada de la Verdad giró, su punta zumbó en el aire y cercenó la mano que sostenía la lanza. El aire se llenó de sangre y fragmentos de hueso. El chillido fue de mujer.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que algunos de los guerreros baka ban mana eran mujeres. Pero no importaba; si no se defendía, lo matarían igualmente. Mejor perder una mano que la cabeza. Esa primera sangre alimentó la rabia, el ansia de matar, que nuevamente hervía en su interior, clamando ser satisfecha.
Richard luchaba contra sus atacantes y también contra esa parte de sí mismo que deseaba derramar sangre. Él quería que se detuvieran, pero si no lo hacían…
Cuando Richard les rompía las lanzas, ellos cogían otras y arremetían otra vez. El joven se deslizaba entre ellos como un fantasma, ahorrando energías mientras dejaba que los baka ban mana se cansaran.
Los componentes del círculo exterior, que no habían cesado de dar vueltas mientras el círculo interior atacaba, se detuvieron y, volteando las espadas, empezaron a avanzar. Quienes empuñaban lanzas, los pocos que quedaban en pie, se retiraron para ser reemplazados por los espadachines.
Las espadas giraban en el aire. En vez de esperar a que fueran a por él, Richard atacó primero. Los baka ban mana se estremecieron de sorpresa cuando la Espada de la Verdad hizo pedazos dos de las relucientes espadas.
— ¡Du Chaillu! ¡Por favor! ¡No quiero matar a nadie!
Los espadachines eran más rápidos que los lanceros. Demasiado rápidos. Hablar y tratar de desarmarlos sin matarlos era una peligrosa distracción. Richard sintió una punzada de ardiente dolor en la carne por encima de las costillas. Ni siquiera había visto acercarse la espada, pero instintivamente se había apartado y lo que debía ser una estocada mortal se quedó en un tajo superficial.
Su propia sangre derramada llamó en su defensa a la magia de la espada, a la rabia y a las capacidades de todos aquellos que la habían empuñado antes que él. Su esencia ardía en todo su ser, y Richard era incapaz de contenerla por más tiempo. Ya no tenía elección. Todas sus barreras cayeron. Ya no había marcha atrás.
Era el portador de la muerte.
Los espadachines emprendieron el asalto en una oleada mortal.
Richard liberó la magia por completo. Se habían acabado los miramientos. Ya sin barreras, danzaba con la muerte.
La noche estalló en una cálida bruma sangrienta. Richard se oyó a sí mismo gritar y se notó moverse; vio cómo hombres y mujeres caían, al tiempo que cabezas sin tronco se desplomaban al suelo. La sed de sangre se había apoderado de él por completo.
Ninguna espada volvió a tocarlo de nuevo. Richard replicaba a cada golpe como si lo hubiera visto miles de veces antes, como si siempre hubiera sabido qué hacer. Cada ataque acababa irremediablemente con la muerte rápida del atacante. En el aire nocturno volaba la sangre y los fragmentos de hueso, mientras que el suelo acogía todo tipo de restos y fluidos. El horror de todo ello se fundió para formar una única imagen de muerte.
Era el portador de la muerte.
Richard no se dio cuenta de que empuñaba el cuchillo con la mano izquierda y la espada con la derecha cuando dos guerreros le atacaron al unísono desde lados opuestos. El joven rodeó con el brazo el cuello del atacante de la siniestra y le rebanó el gaznate, mientras atravesaba con la espada al de la derecha. Los dos baka ban mana se desplomaron. Richard los miró, jadeando.
El silencio resonó a su alrededor. El único movimiento era el de una mujer de rodillas, que se levantaba apoyándose en una mano. La otra mano le faltaba. Una vez de pie, se sacó un cuchillo del cinto.
Richard leyó la determinación en sus ojos. La guerrera corrió hacia él lanzando un grito. Richard se quedó totalmente quieto, envuelto en un frío capullo de magia. La cólera palpitaba con fuerza en él mientras la miraba acercarse. La mujer alzó el cuchillo.
Con un rápido movimiento ascendente la Espada de la Verdad le atravesó el corazón. La mujer empalada cayó, se deslizó hacia la punta de la espada y la arrastró hacia abajo con su peso muerto. Sus labios exhalaron el último aliento gorgoteante, mientras que con los dedos agarraba la roja hoja de la espada y se deslizaba hasta el final antes de entregarse a las manos de la muerte.