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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Volvió a colgarse el hueso y con gran esfuerzo se vistió. De la mochila sacó un ungüento que se aplicó sobre el labio cortado. Al volverlo a guardar reparó en el cuchillo que le había dado Chandalen y se lo sujetó al brazo.

Estaba tan cansada que apenas podía ponerse en pie, pero debía hacer algo antes de dormir; estar con sus soldados. No dejaría que pensaran que no le importaba la suerte que habían corrido. Ellos estaban dispuestos a dar la vida por la Tierra Central y lo mínimo que ella podía hacer era mostrar reconocimiento.

Pulcra, con el largo cabello nuevamente aseado y brillante y cubierta por fin con varias capas de cálidas ropas y su manto, fue zigzagueando entre las hogueras del campamento. Escuchaba con actitud de seria atención lo que le explicaban, unos farfullando y otros de manera breve y sobria. Kahlan hablaba con todos los que tenían preguntas, sonreía tranquilizadoramente y les hacía saber a todos que se sentía orgullosa de ellos. Se arrodillaba junto a los heridos, se aseguraba de que no pasaran frío, les acariciaba una mejilla para darles ánimos y les deseaba una rápida recuperación. También ella sentía alivio cuando lograba calmarlos con una caricia.

Llegó junto a una hoguera rodeada por diez silenciosos soldados. Uno de los más jóvenes temblaba, pero a Kahlan no le pareció que fuese de frío.

— ¿Cómo va? ¿Estáis todos bien? ¿Vais entrando en calor?

Su presencia sorprendió y animó al tembloroso soldado.

— Sí, Madre Confesora. —Fruto de un incontrolable escalofrío los dientes le castañetearon—. Nunca creí que sería así. —El joven logró serenarse y señaló a los demás—. Éstos son mis amigos. Seis no han vuelto.

Kahlan mantenía el manto cerrado con una mano y con la otra apartó al joven unos mechones de pelo de la frente.

— Lo siento mucho. Yo también lloro su pérdida. Solamente quería que supierais que estoy muy orgullosa de vosotros. Nunca había visto unos soldados más valientes.

El soldado soltó una risita nerviosa.

— Si no hubiera sido por vos todos estaríamos muertos. Nos obligaban a retroceder y nos estaban haciendo pedazos. Entonces vos cargasteis contra el enemigo completamente sola. Todos se fijaron en vos y, aprovechando su confusión, contraatacamos. Lo que hicisteis nos salvó.

»Desearía haber matado a tantos enemigos como os vi matar a vos. —Todos hicieron gestos de asentimiento, muy serios—. Gracias, Madre Confesora. Nos salvamos gracias a lo que hicisteis. De poder elegir —agregó con un amago de sonrisa—, preferiría seguiros a vos en la batalla antes incluso que al príncipe Harold.

— Es bastante buena con la espada, ¿verdad?

Kahlan se sobresaltó. Todos los soldados se volvieron para ver al capitán Ryan de pie detrás de la Confesora.

— Creo que podría enseñarnos una o dos cosas sobre el manejo de la espada, capitán. No creeríais lo que…

— ¿Tenéis comida? —Kahlan interrumpió al soldado con una palmadita en el hombro.

El joven señaló un cazo con alubias puesto al fuego.

— ¿Deseáis comer con nosotros, Madre Confesora?

Pero Kahlan tenía el estómago tan revuelto, que con sólo pensarlo a punto estuvo de devolver.

— Comed vosotros. Necesitáis fuerzas. Gracias por la oferta, pero primero debo ver a los demás.

El capitán Ryan se alejó con ella.

— No habéis dicho toda la verdad. Los hombres que desensillaron vuestro caballo me han dicho que han encontrado manos y dedos cortados enganchados en la cincha y en otros lugares.

Kahlan sonreía a los soldados al pasar junto a ellos. Éstos respondían alzando una mano o inclinando la cabeza.

— ¿Has olvidado quién era mi padre? Él me enseñó a usar una espada.

— Madre Confesora, eso no significa que…

— El teniente Sloan ha muerto.

Ryan guardó un breve silencio.

— Lo sé. Ya me lo han dicho. No tenéis buen aspecto —comentó, pasándole una mano bajo el brazo cuando Kahlan se tambaleó—. Algunos de los hombres envenenados parecían más frescos que vos.

— Es que hace mucho que no duermo. —Kahlan se calló que había usado de nuevo su poder—. Estoy muerta de cansancio.

Al llegar junto a su tienda, Tossidin le ofreció un cuenco con alubias. Cuando vio y olió la comida, Kahlan se tapó la boca con la mano al tiempo que cerraba los ojos con fuerza. Tuvo la impresión de que iba a desmayarse. Tossidin comprendió y le apartó el cuenco.

— Madre Confesora —dijo Prindin sujetándola por el otro brazo—, más que comer lo que necesitas es dormir. —Kahlan asintió—. Te he preparado una taza de té; creí que te ayudaría. Está dentro —añadió, señalando el interior de la tienda con el mentón.

— Sí, el té me calmará el estómago. Que me despierten por la mañana, cuando llegue la hora del próximo ataque —pidió al capitán—. Acompañaré a los hombres.

— Eso será si habéis descansado lo suficiente. Sólo si… —Kahlan lo hizo enmudecer con una mirada—. Sí, Madre Confesora. Yo mismo os despertaré.

Dentro del cómodo refugio Kahlan fue tomando a sorbos el té caliente mientras temblaba. La cabeza le daba vueltas. Sólo pudo tomar unos sorbos antes de caer sobre la estera de dormir. Se sentiría mejor cuando descansara, se dijo a sí misma. Por fin empezaba a sentir la familiar fuerza de su poder dentro del pecho, regenerándose.

Se ovilló bajo el manto de pieles pensando en las miles de cosas que debían hacerse. Le preocupaban los hombres que en esos mismos instantes estaban atacando, así como los que lo harían a continuación. Estaba muy inquieta por todos ellos. Eran tan jóvenes…

También le preocupaba lo que había empezado: la guerra.

Pero, en realidad, no había sido ella quien la había empezado. Ella simplemente se había negado a condenar a una muerte segura a inocentes. No tenía elección. Como Madre Confesora tenía una responsabilidad hacia la gente de la Tierra Central. Si nadie detenía a la Orden Imperial, centenares de miles de inocentes morirían en sus manos y quienes sobrevivieran lo harían como esclavos de la Orden.

Los rostros de las jóvenes doncellas que había visto en el palacio de Ebinissia flotaban y giraban en su mente. Pero estaba demasiado agotada para derramar lágrimas por ellas. Después de vengarlas ya habría tiempo para llorar.

La sed de venganza bullía en su interior. Estaba resuelta a perseguir a los hombres de la Orden Imperial hasta la tumba. Por la mañana conduciría nuevamente a los galeanos contra el enemigo. Cumpliría su promesa; vengaría a esas muchachas y a todas las demás víctimas.

Si nadie detenía a la Orden Imperial, no sólo muchos inocentes serían masacrados sino que toda la magia, tanto buena como mala, todas las criaturas mágicas, perecerían.

Richard entre ellas.

Sus pensamientos fueron hacia Richard. Entonces por fin lloró, lloró con la esperanza de que no la odiaría por lo que había hecho. Kahlan rezaba para que fuera capaz de entenderla y perdonarla. Ella había hecho lo mejor para él, para salvarlo y salvar también a todos los seres vivos. Poco a poco, el llanto fue remitiendo.

Pensar en Richard ahuyentó el rápido desfile de embrolladas imágenes que le pasaba por la cabeza. Por primera vez en días logró centrarse en cosas que no fueran luchar y matar.

Pensó en quién era ella y en quién era Richard. Se centró en asuntos importantes que flotaban en la bruma que reinaba en el fondo de su mente consciente.

Pensar en Richard le recordó las cosas realmente importantes y que parecía haber olvidado. Había otras cosas aparte de la Orden Imperial muy importantes. Más que eso; trascendentales. Era como si esta guerra la hubiera distraído de más altos imperativos.

Pensó en Rahl el Oscuro que había marcado a Richard. Luego las Hermanas de la Luz se lo habían llevado y se suponía que ella debía ir a Aydindril para encontrar a Zedd y pedirle que ayudara a Richard.

Richard tenía que detener al Custodio.

A oscuras bajo el manto Kahlan frunció el entrecejo. El velo del inframundo seguía rasgado. Su lugar no era el campo de batalla, esgrimiendo una espada contra tropas de D’Hara.

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