La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¿Por qué nadie ayuda a este hombre? No os quedéis ahí como pasmarotes. ¡Ayudadlo! —Nadie se movió—. ¡He dicho que lo ayudéis!
El capitán Ryan se acercó. Mantenía la vista clavada en el suelo.
— Lo siento, Madre Confesora. Está muerto.
— ¡No puede estar muerto! —protestó Kahlan, apretando los puños—. ¡Acabo de hablar con él! —Nadie se movió. La mujer le golpeó el pecho con un puño—. ¡No está muerto! ¡No está muerto!
Todo el mundo miró a otro lado y nadie dijo nada. Al fin Kahlan posó los ojos en todos los hombres reunidos en torno a los fuegos, a todas esas cabezas gachas. La mano le cayó a un costado.
— Mató a diecisiete —dijo al capitán Ryan—. Mató a diecisiete —repitió más fuerte para que todos la oyeran.
— Lo hizo muy bien —replicó el capitán—. Todos estamos muy orgullosos de él.
Kahlan contempló todos esos rostros que por fin se alzaban hacia ella.
— Perdonadme. Por favor, perdonadme todos. Habéis hecho un buen trabajo. —Ya no le quedaba ni pizca de furia—. Estoy orgullosa de todos vosotros. A mis ojos y a los ojos de la Tierra Central, todos sois héroes.
Los soldados se animaron. Algunos siguieron comiendo mientras que otros empezaban a pasarse cuencos de latón y se servían alubias calentadas en cazos colocados sobre el fuego. Otros partían el plano pan de campamento para mojar con las alubias.
— ¿Dónde está Chandalen? —preguntó Kahlan al tiempo que se ponía las botas que Tossidin le había entregado.
— Fue con los arqueros. Supongo que ahora estará disparando flechas contra los d’haranianos. —El capitán Ryan se inclinó hacia ella y bajó la voz, pese a que los hermanos se alejaban—. Me alegro de tener a esos tres de nuestro lado. Deberíais haber visto cómo eliminaron a los centinelas. Prindin, sobre todo, es como la muerte encarnada cuando esgrime su troga. Parecía cosa de magia; un momento estaban aquí y al siguiente allí, sin que nadie los viera moverse. Y tampoco oí nada. Simplemente aparecieron con los «uniformes» de los centinelas.
— Pues deberías verlos hacer eso mismo a pleno día en medio de la pradera. —Kahlan lo miró de la cabeza a los pies y esbozó con esfuerzo una pequeña sonrisa—. Estás muy guapo. Te queda muy bien.
— No entiendo cómo llevan todo el tiempo esta pesada malla. Pero me ha salvado —añadió, jugueteando con un roto en el cuero.
— ¿Cómo ha ido todo? ¿Cuántos hombres hemos perdido?
— Hemos logrado casi todos nuestros objetivos. Vestidos con estos uniformes apenas tuvimos que luchar. Casi nadie reparó en nosotros, excepto los que matamos. Hemos tenido muy pocas bajas. —El capitán echó un vistazo por encima del hombro—. Parece como si vosotros os hubieseis llevado la peor parte. He hecho un recuento rápido. Hemos perdido casi cuatrocientos de los mil espadachines que atacaron.
Kahlan clavó los ojos en los hombres congregados en torno a los fuegos.
— Estuvimos a punto de perderlos a todos. Pero lucharon como leones. Y los conductores también.
El capitán Ryan se sostuvo contra el pecho la mano vendada.
— Por lo que me han dicho algunos, creo que casi todos ellos mataron al menos a diez enemigos, aunque la mayoría acabaron con muchos más. Hemos arrancado buena parte de la piel de la Orden Imperial.
Kahlan tragó saliva.
— Pero ellos también.
— ¿Hicieron los hombres lo que les ordené? ¿Os protegieron?
— Han mantenido al enemigo tan lejos de mí que ni siquiera podría decirte qué aspecto tenían. Me temo que no he contribuido apenas a añadir honor a tu espada, capitán, aunque fue un alivio tenerla encima. Te ruego que al menos te sientas honrado de que la haya empuñado en combate.
El joven capitán frunció el entrecejo y se inclinó hacia un lado para tratar de verle mejor el rostro a la luz de las llamas.
— Tenéis un corte en los labios. Y vuestro caballo está cubierto de sangre —añadió, mirando el caballo de batalla al que despojaban de los arreos—. Y vos también estáis cubierta de sangre, ¿no es cierto? —No era una pregunta sino una acusación.
Kahlan miró fijamente un fuego.
— Algunos borrachos me lanzaron algo. Así me corté el labio. Y la sangre pertenece al soldado herido que traía. —Sus ojos recorrieron los juveniles semblantes reunidos alrededor de los fuegos—. Ojalá hubiera luchado tan bien como ellos. Han estado magníficos.
Ryan lanzó un gruñido. No estaba en modo alguno convencido.
— Bueno —dijo al fin—, sea como sea, me alegra veros con vida.
— ¿Todo lo demás va bien? ¿Los arqueros y la caballería? Tenemos que aprovechar al máximo esta oportunidad mientras estén borrachos y enfermos por el veneno. Y también debemos aprovechar el buen tiempo. No podemos dormirnos en los laureles. Tenemos que lanzar un ataque relámpago tras otro. Nada de combates prolongados. Ataques repentinos procedentes siempre de un lugar distinto.
— Todos saben qué tienen que hacer y esperan su turno. Los arqueros acabarán pronto, a continuación le tocará a la caballería y después a los piqueros. Cuando envíen a los centinelas los estaremos esperando. Nuestros hombres dormirán por turnos. Desde este mismo instante, la Orden Imperial no tendrá ni un momento de descanso.
— Perfecto. Estos hombres deben descansar. Por la mañana tendrán que entrar de nuevo en acción. Recuerda lo más importante —Kahlan alzó un dedo y se dispuso a citar a su padre—: «El arma que conquista más rápidamente la razón es el terror y la violencia». No lo olvides. Esa es el arma que ellos usan, y ahora la estamos volviendo en su contra.
Prindin entró de nuevo en la luz de las llamas.
— Madre Confesora, mi hermano y yo te hemos preparado un refugio mientras esperábamos tu regreso. En él tienes tu ropa y agua caliente para que puedas lavarte, si lo deseas.
Kahlan trató de disimular las ganas que tenía de quitarse de encima el hedor de la guerra.
— Gracias, Prindin.
El hombre barro señaló con el brazo hacia un pequeño claro donde habían construido un espacioso refugio con ramas de pino cubiertas de nieve. Después de entrar a gatas se encontró un interior iluminado con velas. El suelo nevado estaba también cubierto de ramas, lo que daba al refugio un agradable aroma de pino. En el centro había rocas calientes y, junto a ellas, un cubo lleno de agua humeante. Kahlan se calentó los dedos sosteniéndolos sobre las rocas.
Los dos hermanos le habían construido un hogar cálido y cómodo para pasar la noche. Kahlan sintió deseos de llorar ante tal muestra de amabilidad.
Su mochila estaba allí y también sus ropas, cuidadosamente dobladas. Kahlan se quitó el colgante, regalo de Adie, que llevaba un hueso redondo. Era lo único que había llevado en la batalla. Antes de lavarlo se lo apretó un momento contra la mejilla. Le recordaba mucho al que su madre le había dado.
A continuación sumergió toda la cabeza en el cubo, se lavó el pelo y luego procedió a lavarse metódicamente el resto del cuerpo. No podía más que pasarse una esponja húmeda, pero era maravilloso quitarse de encima la sangre y el tacto de tantas manos. Mientras se limpiaba tuvo que forzarse a pensar en otras cosas para evitar las náuseas. Pensó en Richard, en su sonrisa traviesa que siempre lograba contagiarla, y en esos ojos grises que podían mirarla directamente. Al acabar de limpiarse se tumbó y se secó el pelo sobre las rocas.
Necesitaba desesperadamente dormir. Aún no había recuperado su poder de Confesora desde que lo usara contra el hombre tuerto, Orsk. Sentía un vacío en la boca del estómago, un hueco donde debería estar su poder. Aún tardaría un poco en recuperarlo. Pero no superaría el agotamiento, el mareo y las náuseas hasta que durmiera.
Cómo ansiaba tenderse en su estera y dormir. Hacía tanto que no dormía, y ella estaba tan cansada… Pero no podía. Aún no.