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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Sujétate, soldado.

El soldado trataba de mantener el equilibrio sobre el caballo lanzado al galope con los brazos extendidos, temeroso de tocarla.

— Pero… ¿dónde?

— ¡Agárrate a mi cintura! ¡A mi cintura!

El soldado seguía con los brazos extendidos y rebotaba.

— Pero…

— ¿Es que nunca has rodeado a una mujer con tus brazos?

— Sí… pero iba vestida —gimió el joven.

— ¡Agárrate o te caerás, y no pienso dar media vuelta para recogerte!

De mala gana y con mucho cuidado el soldado le rodeó la cintura con los brazos. Se mantenía muy tenso, tratando por todos los medios de no rozar nada importante ni interesante. Kahlan le dio una palmadita en el dorso de ambas manos para tranquilizarlo.

— Cuando alardees de esto, no exageres demasiado. —El soldado lanzó un leve gruñido de preocupación que pintó una sonrisa en el rostro de Kahlan.

Conforme cabalgaban Kahlan sentía cómo la cálida sangre del joven le corría por la parte posterior de la pierna hasta la punta del pie colocado en el estribo, y desde allí goteaba. A su espalda oía los gritos de sus perseguidores.

El soldado estaba perdiendo mucha sangre y se hallaba tan agotado, que recostó la cabeza contra su espalda. Si no le vendaban la herida, se desangraría en cuestión de minutos. Pero, aun teniendo tiempo para detenerse, iba desnuda y no tenía nada con qué improvisar un vendaje.

— Mantén la herida cerrada con una mano —le dijo—. Sujétala tan fuerte como puedas. Con el otro brazo agárrate a mí. No quiero que te caigas.

El soldado apartó un brazo de su cintura y se apretó la herida mientras cabalgaban pisando los talones a los hombres de la retaguardia. El frío y el cansancio hacían mella en todos ellos. Sus perseguidores estaban cerca. Al echar un vistazo hacia atrás, Kahlan los vio. Eran tantos que se quedó impresionada. Chillaban y lanzaban alaridos.

— ¡Corred! ¡Corred o nos atraparán!

Una alta pared de roca con escuálidos árboles que crecían en las grietas y hendiduras se alzaba ante ellos. Los hombres ascendían por el estrecho paso como si en ello les fuera la vida, lo cual era totalmente cierto.

Al iniciar el ascenso Kahlan golpeó tres veces la roca con la parte plana de la espada. Era la señal.

Un hombre que corría delante de ella se volvió.

— ¡Aún no hemos llegado! ¡Es demasiado pronto! ¡Nos atrapará junto con el enemigo!

— ¡Pues corre más rápido! ¡Si esperamos más, también ellos pasarán!

Kahlan golpeó la roca tres veces más. El aire oscuro y húmedo se encargó de transportar el sonido. Ojalá que funcionara. Por razones obvias no había sido posible hacer una prueba. Los cascos de Nick resbalaban sobre la roca cubierta de nieve.

Al principio solamente lo sintió; era como un ruido sordo en lo más profundo de su pecho, demasiado bajo para ser oído, pero demasiado poderoso para que las fibras de su ser no lo acusaran. Kahlan alzó la mirada hacia la roca resbaladiza por la bruma que desaparecía en la oscuridad y la niebla. Aún no podía verlo pero ya lo sentía.

Y entonces lo oyó. Un retumbante estruendo, como si el mismo suelo se moviera. Oía cómo los troncos de los árboles se partían. El retumbante rugido reverberaba en las paredes de las montañas vecinas. El suelo temblaba.

— ¡Corred! ¿No podéis ir más rápido? ¿Es que queréis ser enterrados vivos? ¡Corred, corred!

Kahlan sabía que ya no podían correr más rápidamente, pero a lomos de Nick le parecía que iban a paso de tortuga. No podían salvarse.

Por encima de sus cabezas el retumbo fue creciendo más y más a medida que un número incalculable de toneladas de nieve se precipitaba hacia ellos. Kahlan se sintió muy orgullosa de los hombres de la vanguardia, que habían conseguido provocar una avalancha en el momento justo, pero le atenazaba el temor de haber dado la orden demasiado pronto.

Una informe bola de nieve húmeda le cayó en la cara y luego otra en el hombro. Pequeños terrones sacudían los árboles por encima de ellos, rebotaban y caían al precipicio. Una nube de nieve esponjosa le empañó el rostro. El retumbo era ensordecedor.

Por la cornisa superior se precipitaba una atronadora avalancha blanca. La atravesaron como quien atraviesa una cascada. Detrás de ella un árbol rebotó en la senda y cayó luego al abismo girando sobre sí mismo. Se habían salvado del alud por los pelos.

Los perseguidores de la Orden Imperial no fueron tan afortunados; recibieron de lleno la avalancha de nieve, troncos y peñas cada vez más imparables. La muerte blanca los enterró a todos. El estruendo del alud ahogó los gritos de los hombres a los que sepultaba vivos.

Kahlan hundió los hombros profundamente aliviada. Ahora ya no podrían seguirlos. El paso había quedado sepultado.

Los jadeantes galeanos aflojaron un poco el paso, pero no demasiado o se morirían de frío. La rápida marcha les mantenía calientes. Pero Kahlan sabía que, pese a que llevaban los pies desnudos envueltos en tela blanca para protegerlos mínimamente, debían de tenerlos casi congelados. Habían dado lo mejor de sí a ella y a la Tierra Central, y muchos habían perdido la vida.

Kahlan se sentía tan agotada por la falta de sueño, los estragos de la batalla, el esfuerzo de usar su poder, así como por la carga emocional del miedo, que apenas podía mantenerse en la silla. Se dio ánimos diciéndose que muy pronto podría descansar.

— Lo hemos logrado, soldado —le dijo, dándole una palmadita en la mano que notaba en el estómago—. Ahora estamos a salvo.

— Sí, Madre Confesora —susurró como si estuviera medio ido—. Madre Confesora, lo siento.

— ¿Qué sientes?

— Sólo he matado a diecisiete. Lo siento. Me había prometido que mataría a veinte. Sólo han sido diecisiete.

— Conozco a héroes de batallas, a hombres condecorados, que no han vencido ni a la mitad que tú en combate. Estoy orgullosa de ti. La Tierra Central está orgullosa de ti. Puedes estar satisfecho, soldado.

El joven masculló algo ininteligible.

Kahlan le palmeó de nuevo la mano.

— Tranquilo, pronto te curarán. Aguanta. Todo irá bien.

El soldado no respondió. Kahlan miró hacia atrás y vio solamente nieve. Todo estaba en silencio. En las lejanas y oscuras montañas un lobo aulló.

Poco después llegaron al campamento montado en una altiplanicie. Los hombres que iban en cabeza trataban de entrar en calor envueltos en mantas alrededor de hogueras y se calentaban los pies. Otros se vestían bajo las mantas, mientras que otros hombres arrojaban mantas a los que llegaban y atendían a los heridos. Algunos de ellos gruñían de dolor a causa de heridas que en el furor del combate y la huida no habían notado. Kahlan empezó a sentir que el labio le latía.

A la titilante luz de las pequeñas hogueras vio a Prindin y a Tossidin a una cierta distancia, que corrían de un lugar a otro, examinando a los recién llegados. Cuando la vieron sobre el caballo, ambos suspiraron aliviados y esbozaron idénticas sonrisas.

El capitán Ryan, vestido con el uniforme de D’Hara y la mano izquierda vendada, corrió a recibirla. Unos se hicieron cargo de las riendas y otros alargaron los brazos para recibir al desmadejado soldado que Kahlan ayudaba a bajar sujetándolo por un codo.

Prindin corrió hacia ella con su manto en la mano. Entonces se quedó quieto y se lo abrió, esperando a que desmontara y pudiera cubrirse con él. La miraba con una sonrisa en los labios.

Kahlan, sin moverse de la silla, extendió lentamente una mano.

— He notado suficientes ojos en mi carne desnuda por el resto de mi vida. ¡Lánzamelo!

Prindin se encogió de hombros un tanto avergonzado y le arrojó el manto. Tossidin propinó un pescozón a su hermano. Todos los presentes guardaron silencio y apartaron la vista, incómodos, mientras ella se cubría con el manto y se lo ataba.

Kahlan se deslizó al suelo y descubrió que las piernas apenas la sostenían. Tuvo que usar la espada, que seguía empuñando, a modo de bastón y detenerse un momento hasta que el mundo dejó de girar. Entonces miró al soldado yaciente en la nieve a sus pies.

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