La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Un soldado muy corpulento se agarró a la perilla de la silla y se impulsó hacia arriba.
— ¡No la matéis! ¡Es la Madre Confesora! ¡No la matéis! ¡Derribad a la zorra! ¡Tiene que estar viva para cortarle la cabeza!
Kahlan le hundió el acero en el cuello y un chorro de sangre caliente se le derramó por el muslo.
— ¡No la matéis! —gritó otro d’haraniano—. ¡Derribad a la zorra!
Sus palabras fueron acogidas con entusiasmo.
Kahlan blandió la espada contra las manos que trataban de cogerla. Unos dedos le arañaban las piernas. Un mar de ojos la contemplaban con lascivia. La mujer se defendía furiosamente mientras Nick se tambaleaba lateralmente, haciendo esfuerzos para liberar la cabeza, pero los soldados lo tenían atrapado por el bocado.
Un hombre saltó sobre ella por detrás y la sujetó por el pelo. Kahlan gritó cuando tiró de ella hacia atrás, desmontándola de la silla. Manos y más manos la manoseaban mientras ella caía al suelo. Todos se abalanzaron sobre ella. Grandes manos le cogían las piernas, la cintura, los tobillos, los pechos.
Otros dedos se cerraban alrededor de la espada para arrebatársela. Kahlan giró la empuñadura y cercenó varios dedos. Seguía defendiéndose con bravura. Pero los cuerpos la oprimían contra el frío suelo, dejándola sin respiración. Mordió los dedos que le tapaban la boca. Un poderoso puño la golpeó en la mandíbula.
Finalmente lograron inmovilizarle los brazos.
Eran demasiados.
«Mi amado Richard, te quiero.»
45
Kahlan pugnó por respirar, pero con el peso de tantos hombres encima no podía. Las lágrimas le escocían en los ojos. Más hombres seguían añadiéndose al montón. Un fornido codo se le clavó en el abdomen, y Kahlan sintió como si fuera a partirla en dos. Notaba en el rostro los alientos alcohólicos.
Su campo de visión se fue reduciendo hasta quedar limitado a un punto alrededor del cual todo era negro, y el punto iba encogiendo. Tragó sangre, la suya.
Entonces oyó algo semejante a una lejana tormenta. Al principio solamente notó que el suelo vibraba bajo su espalda, pero el ruido fue creciendo y haciéndose más fuerte y penetrante. Finalmente se le unieron gritos. Algunos de los hombres que tenía encima levantaron la vista y le quitaron algo de peso, cosa que Kahlan aprovechó para inspirar hondo. Fue la bocanada de aire más dulce que jamás hubiera llegado a sus pulmones.
Cuando el gigante que la aplastaba, quien le había propinado el puñetazo, volvió la cabeza para ver de dónde procedía el estruendo y apartó su feroz mirada de ella, Kahlan se fijó en que tenía una cicatriz que le cruzaba el ojo y parte de la mejilla. Ese ojo estaba cerrado y cosido. De algún modo logró liberar la mano izquierda y la cerró en torno a la garganta del hombre.
Oía un repiqueteo metálico. De pronto cayó en la cuenta de que los truenos no eran sino cascos de caballos. Brin y Peter, montados en Daisy y Pip, surgieron de la niebla y galoparon a toda velocidad contra los d’haranianos, a los que iban segando con la cadena. Corrían hacia ella como un desprendimiento de tierra que fuese talando árboles. Los hombres se quedaron paralizados por el asombro. Los dedos de Kahlan apretaron la garganta del tuerto.
Entonces descargó su poder y la magia lo invadió. El trueno silencioso hizo vibrar la cota de malla del soldado.
Por efecto de la asombrosa sacudida los hombres se estremecieron y recularon. Todos gritaron por el dolor que les causaba estar tan cerca cuando la magia fue liberada. Un círculo de nieve se alzó y lo barrió todo hacia afuera.
También Nick, que estaba muy cerca, saltó por el dolor. Entonces descargó una de las patas traseras sobre la cabeza de un hombre situada justo junto a la oreja de Kahlan. El cráneo se quebró. Sangre caliente y otros fluidos le salpicaron una mejilla.
El hombre tuerto que tenía encima la contemplaba embobado.
— Mi ama —susurró—. ¿Qué deseáis de mí?
— ¡Protégeme! —gritó ella.
El hombre se incorporó bruscamente y sus poderosos músculos se le marcaron. Sostenía a un hombre en cada mano por el pelo. Acto seguido los arrojó hacia atrás como si no fuesen más que peleles.
Kahlan logró liberar el brazo derecho. Con la espada describió un arco hacia el otro lado, desfigurando así el rostro de un soldado. El tuerto soltó un rugido mientras iba apartando a sus compañeros. Daisy y Pip seguían galopando hacia ella a toda velocidad.
Por fin tenía ambas manos libres. Se puso de pie de un salto. Los caballos y la cadena se les echaban encima.
— ¡Ayúdame a montar!
El hombre tuerto la agarró por el tobillo con una de sus manazas y con un solo brazo la subió a la silla. Sin saber cómo, Kahlan empuñaba aún la espada. Se inclinó hacia adelante y la blandió contra el hombre que sostenía el bocado y se negaba a renunciar a su trofeo. La punta del acero le abrió un tajo desde la mejilla hasta el codo. El hombre retrocedió lanzando un chillido. Inmediatamente Kahlan asió las riendas. Mientras cortaba cabezas y desgarraba pechos con una enorme hacha de guerra, el hombre tuerto bramó:
— ¡Marchad, ama! ¡Escapad! ¡Orsk os protegerá!
— ¡Me voy! ¡Corre, Orsk! ¡No dejes que te atrapen!
Los d’haranianos la olvidaron a ella y al caballo para centrar toda su atención en las nuevas amenazas: Orsk y la cadena. Kahlan espoleó al caballo con los talones y lo puso al galope justo cuando Brin y Peter la alcanzaban. Kahlan encajó los pies desnudos en los estribos, y los tres escaparon a toda velocidad.
La mujer distinguió el rastro que cientos de pies habían dejado en la nieve y lo siguió por el valle, entre la bruma, dejando que los hombres de la Orden Imperial se recuperaran de la sorpresa. No les costó más que unos segundos emprender la persecución. Quedaban aún muchos vivos. Miles.
Peter desenganchó la cadena que debía de haber roto centenares de huesos y cuellos. El extremo de la cadena rebotaba detrás. Los huesudos dedos de Brin la recogieron y la arrollaron sobre los horcates.
Mientras se internaba en la noche al galope, a Kahlan le pareció que dejaba atrás el suave sonido de una risa y se estremeció al recordar el beso que Rahl el Oscuro le diera en el cuello. De pronto volvió a sentirse muy desnuda.
Aunque la bruma era gélida y Kahlan se sentía rodeada por una lluvia de salpicaduras, sudaba. Tenía el labio hinchado y le sangraba.
— Creí que jamás volvería a veros —gritó para hacerse oír por encima de los cascos.
Brin y Peter, cubiertos con guerreras demasiado grandes para ellos, sonrieron ampliamente en la oscuridad.
— Ya os dijimos que podíamos hacerlo —replicó Brin.
Kahlan esbozó su primera sonrisa de la noche.
— Sois increíbles. —Al distinguir a duras penas los cuartos traseros de otros caballos de tiro que desaparecían en la niebla, señaló. —Ahí están vuestros hombres. Buena suerte. —Se despidió con un ademán.
Siguió avanzando al galope sola y, a corta distancia, alcanzó a los soldados de infantería. En un primer momento sólo vio a uno, que se había retrasado mucho debido a una terrible herida en la pierna. Kahlan sabía que debía dejarlo. Sabía que debía hacerlo, pues los d’haranianos le iban pisando los talones.
Al llegar a la altura del soldado, éste alzó la cabeza sin dejar de avanzar penosamente sobre la nieve. También él sabía que Kahlan debía dejarlo allí. Ésas eran las órdenes; quien no pudiera seguir el ritmo, se quedaría atrás. Sin excepciones.
Cuando pasó junto a él Kahlan le tendió una mano. Una vez cogido de las muñecas, lo alzó junto a ella.