La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Allá a lo lejos, a la derecha, entre la niebla divisó una línea de caballos amarrados. Brin y Peter se reunieron, sujetaron de nuevo el extremo de la cadena al otro gancho y lanzaron al galope a Daisy y a Pip. Kahlan pensó en gritarles que permanecieran con los demás, que ya habían hecho suficiente y que era el momento de huir, pero ya era demasiado tarde. Sabía que jamás volvería a verlos.
Brin soltó las vueltas de cadena y separaron a los caballos para tensar el acero al tiempo que avanzaban hacia la hilera de monturas. Los cascos de los imponentes caballos tronaban contra el suelo. Kahlan echó una última mirada a Brin y a Peter, consciente de que no volvería a verlos vivos, tras lo cual centró su atención en lo que tenía delante.
— ¡Ahí está el resto de los carros de provisiones! —gritó señalando con la espada.
Los hombres sabían qué hacer. Mientras ella se encargaba de espolear a la columna, algunos galeanos empaparon los carros con aceite de quemar, rompieron las ruedas y lanzaron antorchas. Los carros empezaron a arder violentamente. Otras antorchas se arrojaron a las tiendas. El enemigo, arrancado del sueño por el ruido y el fuego que lo rodeaba, encontró su fin en las armas de los galeanos. Conforme Kahlan y sus hombres se sumergían en la niebla e iban dejando atrás los fuegos, éstos perdían intensidad y se convertían en un resplandor naranja.
De repente estaban ya fuera del campamento, en terreno abierto. Lejos del campamento y de los fuegos, la oscuridad resultaba opresora. Los hombres que trotaban en vanguardia vacilaron y empezaron a mirar en torno.
— ¡Los exploradores delante! —gritó Kahlan—. ¿Dónde se han metido los exploradores?
Dos hombres se abrieron paso hasta la primera fila y señalaron en la dirección del paso que buscaban. Kahlan buscó con la mirada al resto de exploradores, pero no había más. Con Nick galopó hasta la vanguardia para interrogar a los dos hombres.
— ¿Dónde están los otros? ¡Tenían órdenes de ir en cabeza!
Los ojos redondos y húmedos que la miraron respondieron a su pregunta.
— Muy bien, vosotros dos conocéis el camino. Sacadnos de aquí.
Cincuenta hombres habían explorado el paso. Suficientes para estar del todo seguros que sobrevivirían los necesarios para mostrar el camino. Pero sólo quedaban dos.
Con un silencioso gruñido, Kahlan maldijo a los espíritus. Avergonzada, retiró la maldición. Al menos les quedaban esos dos. Sin ellos, estarían condenados a vagar en la niebla muertos de frío, vulnerables a los hombres de la Orden que los perseguirían.
La mujer frenó a Nick junto a la corriente de hombres desnudos y agitó un brazo frenéticamente.
— ¡Vamos, moveos, deprisa! ¡Corred, maldita sea, corred! ¡Los tenemos casi encima! —Los jinetes de los caballos de tiro, entre los que no se contaban ni Brin ni Peter, se pusieron a su altura—. ¡Conductores! ¡Seguid al explorador que va en cabeza! ¡Él os enseñará qué estacas seguir! —Todos asintieron para decir que recordaban el plan.
Hombres ataviados con el uniforme de D’Hara, pero con retazos de tela blanca cosidos a las charreteras para señalar que eran soldados de Galea infiltrados en el campamento enemigo con los uniformes de los centinelas, pasaron a todo correr.
— No os olvidéis de arrancar las estacas antes de montar.
El plan consistía en montar en parejas o en tríos sobre los caballos de tiro y encaminarse a uno de los pequeños campamentos establecidos alrededor del enemigo. Ese mismo día habían dejado rastros por todo el valle de modo que, sin las estacas clavadas en la nieve para guiarse, nadie podría localizarlos.
Claro que el enemigo podría seguir fácilmente el rastro de todos los soldados que marchaban a pie, pero también habían elaborado planes para eso.
Kahlan vio que se libraba en la lejana retaguardia una batalla campal. Se suponía que el teniente Sloan debía evitar justamente que eso ocurriera y mantener la retaguardia en movimiento. Maldiciendo, regresó al galope. Sin detenerse, cargó entre las dos fuerzas, giró y cargó a través de ellas de nuevo para separarlas. Los d’haranianos, vestidos con uniforme de cuero, retrocedieron al ver al fantasma de la Confesora sobre un caballo blanco.
Kahlan caminó entre los galeanos, gritándoles:
— Pero ¡qué os ocurre! ¡Ya sabéis las órdenes! ¡Corred o no podréis escapar!
Los soldados galeanos empezaron a moverse, tratando de arrastrar un cuerpo.
— ¿Dónde se ha metido el teniente Sloan? ¡Se supone que debería estar aquí!
Los hombres señalaron con la cabeza el cuerpo que arrastraban. Le faltaba la mitad de la cabeza y Kahlan pudo ver el cerebro al descubierto. Era el teniente Sloan. Los d’haranianos se disponían a atacar de nuevo. Kahlan tiró de las riendas y Nick reculó.
— ¡Está muerto! ¡Dejadlo! ¡Corred, corred, idiotas! ¡Si alguno de vosotros se vuelve a parar por algo, os obligaré a luchar el resto de esta guerra desnudos! ¡Vamos, corred!
Esta vez emprendieron la huida en serio, corriendo tan deprisa que levantaban nieve con los pies. Nuevamente Kahlan pasó como una exhalación junto a la hilera de d’haranianos bebidos, que se tambalearon hacia atrás y cayeron unos encima de otros, aterrorizados. Tenía que entretenerlos para dar tiempo a sus hombres a que cogieran ventaja.
Así pues, condujo a Nick al galope entre el enemigo, pisoteando a quienes le cortaban el paso. Presos de un pánico momentáneo por el fantasma blanco, los hombres se dispersaban. Algunos invocaban la protección de los espíritus, pero otros pasaban a la acción blandiendo armas. Si herían a Nick en una pata…
Kahlan reprimía su avance con la espada y su caballo de batalla, pero la rodeaban. Los galeanos desaparecían tragados por la niebla. «Corred —les pidió en silencio—. Corred.» Blandió la espada hacia los hombres que se le acercaban demasiado. La siguiente vez que echó un vistazo hacia atrás no vio más que oscura niebla y bruma. Mientras daba vueltas a Nick iba perdiendo el sentido de la orientación, embistiendo a los soldados, tratando de ganar para sus hombres el tiempo que necesitaban para escapar.
Quiso huir, pero el enemigo la tenía completamente cercada y cada vez eran más los soldados. Algunos gritaban a sus compañeros que no era más que una mujer desnuda, no un espíritu, y que no iban a permitir que una mujer se les escapara. Kahlan se sentía más desnuda de lo que se había sentido en toda la noche.
Los d’haranianos se lanzaban alrededor de las patas de Nick y aunque éste se encabritaba y les lanzaba coces, otros ocupaban su lugar, tratando de desequilibrar al enorme caballo con su peso. Kahlan daba cortes a diestro y siniestro, cercenando brazos, hendiendo cráneos y apuñalando cuerpos.
Pero rodeada como estaba por un mar de hombres, de pronto se dio cuenta de que su situación era insostenible. Era consciente de que, si la desmontaban, estaría perdida y Nick también. Por mucho que lo intentaba no lograba quitárselos de encima.
Por primera vez en esa noche tuvo realmente miedo de no lograrlo. Pensó que iba a morir allí, en la nieve, en ese valle envuelto en un velo de bruma. No volvería a ver a Richard nunca más.
Súbitamente sintió un dolor gélido en la mordedura del cuello, en la mordedura de Rahl el Oscuro, y le pareció que en el aire flotaba una queda risa.
Dando tajos con la espada apartó a los hombres que intentaban agarrarla. Unos dedos como garras le aprisionaban las piernas. El dolor que le causaban la instó a arreciar las estocadas. Nick logró girar, y los pies de los hombres volaron en el aire, pero no soltaban a su presa. Kahlan apuñalaba y cortaba brazos. Pero otros agarraban el bocado del caballo, arrebatándole así el control de la montura. Un caballo era un botín muy valioso y, mientras se creyeran al mando de la situación, no iban a permitir que muriera.