El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¿Cree que es eso lo que le ha sucedido a Dillon? -preguntó Hernu.
– Es lo que me sucedió a mí, coronel -replicó Martin Brosnan con dureza.
Hubo un silencio y por último Hernu dijo:
– Es preciso que lo atrapemos, profesor.
– Ya lo sé.
– Entonces, ¿nos ayudará a cazarlo?
Anne-Marie apoyó una mano en el brazo de él, con una mueca de gran contrariedad en el rostro, y se volvió hacia los dos intrusos hablándoles casi con acritud:
– Eso es trabajo de ustedes, y no de Martin.
– Tranquila, no te preocupes -la apaciguó Martin, y volviéndose hacia Hernu añadió-: Cualquier consejo que yo pueda dar, o cualquier información útil, cuenten con ello, pero ninguna intervención personal. Lo siento, coronel. No puede ser de otra manera.
Savary terció en la discusión:
– Usted dijo que él intentó matarlos una vez, a usted y a un amigo.
– Sí, eso fue en el setenta y cuatro. Él y yo trabajábamos para ese amigo, un hombre llamado Liam Devlin. Era lo que podríamos llamar un revolucionario a la antigua. Todavía creía posible luchar como en los viejos tiempos, como un ejército clandestino contra las tropas de ocupación, un poco al modo de la Resistencia francesa durante la última guerra. Aborrecía las bombas, los atentados indiscriminados, cosas así.
– ¿Qué pasó? -preguntó el inspector.
– Que Dillon desobedeció las órdenes y que la bomba destinada a un coche patrulla de la policía mató a media docena de niños. Devlin y yo fuimos por él, y trató de liquidarnos.
– Sin éxito, como es evidente.
– Bien, nosotros no éramos exactamente unos niños de la calle -la voz reflejaba ahora un cambio sutil, más dura, más cínica-. Me dejó una marca en un hombro, y yo le hice otra en el brazo. Fue entonces la primera vez que desapareció y pasó al continente.
– ¿Y no ha vuelto a verle?
– Estuve en la cárcel durante más de cuatro años desde el setenta y cinco, inspector. En Belle-Isle. Se le olvidan a usted sus expedientes. Él trabajó durante algún tiempo con un individuo llamado Frank Barry, otro refugiado del IRA que prefirió el panorama de Europa continental. Ese Barry sí era malo, ¿lo recuerda usted?
– Ya lo creo, profesor -dijo Hernu-. Recuerdo que en 1979 trató de asesinar a lord Carrington, el secretario británico de Exteriores, en circunstancias muy parecidas a las de este caso reciente, por cierto.
– Dillon seguramente quiso emular esa operación. Idolatraba a Barry.
– A quien usted mató actuando por cuenta de los servicios de información británicos, si no estoy equivocado.
– Ustedes perdonen -dijo Anne-Marie, poniéndose en pie, y se dirigió hacia los servicios.
– La hemos molestado -dijo Hernu.
– Está preocupada por mí, coronel. Teme que las circunstancias me obliguen a empuñar otra vez un arma y me empujen por los caminos de antes.
– Lo comprendo, amigo mío -se incorporó Hernu para ponerse el abrigo-. Ya le hemos entretenido bastante. Le ruego que presente mis excusas a mademoiselle Audin.
– Sus clases en la Sorbona, profesor -dijo Savary-; estoy seguro de que sus alumnos las adoran. Apostaría a que tiene el aula muy concurrida.
– Siempre -dijo Brosnan.
Los siguió con la mirada, y luego Anne-Marie regresó.
– Lo siento, querida -le dijo.
– No ha sido por culpa tuya -parecía fatigada-. Creo que me voy a casa.
– ¿No te vienes conmigo?
– Esta noche no. Quizá mañana.
Brosnan firmó la cuenta que le presentaba el chef, quien les ayudó a ponerse los abrigos y los acompañó hasta la puerta para despedirlos. Fuera, la nieve empezaba a cuajar sobre el adoquinado. Ella sintió un escalofrío y se volvió hacia Brosnan.
– ¿Sabes una cosa, Martin? Hubo un cambio en ti allá dentro, mientras hablabas con ellos. Por un momento, volviste a ser el otro hombre.
– ¿De veras? -dijo él, aunque sabía que era verdad.
– Voy a buscar un taxi.
– Te acompaño.
– Prefiero que no lo hagas.
La siguió con la mirada mientras ella se alejaba, y luego se volvió hacia la dirección opuesta. Pensaba en Dillon, en dónde se hallaría y qué estaría haciendo.
La barcaza de Dillon estaba amarrada en un pequeño recodo del muelle de St. Bernard. Era un amarradero reservado principalmente a lanchas motoras, embarcaciones de placer en aquellos momentos recubiertas con toldillos de lona para el invierno. Por dentro era sorprendentemente lujosa, la sala revestida de caoba tenía espacio para dos cómodos sofás y un televisor. La cabina estaba amueblada con un sofá cama y comunicaba con una ducha. Enfrente la cocina, pequeña pero muy moderna, y dotada de todos los enseres que pudiera desear un buen cocinero. Acababa de poner agua a hervir cuando oyó pasos en la cubierta. Abrió un cajón, extrajo una Walther y después de armarla se la guardó debajo del cinto, a la espalda. Luego salió.
Era Makeiev, que se sacudió la nieve del abrigo antes de entrar en la salita diciendo:
– Vaya nochecita. Hace un tiempo de perros.
– Peor estarán en Moscú -le recordó irónico Dillon-. ¿Un café?
– Cómo no.
Makeiev abrió una alacena y sacó la botella de coñac, mientras el irlandés regresaba con un tazón en cada mano. -Y bien, ¿qué pasa?
– En primer lugar, mis informantes me dicen que los hermanos Jobert han aparecido por ahí bastante difuntos. ¿Crees que eso es prudente?
– Citando el inmortal diálogo de una de aquellas películas rancias de James Cagney, lo tenían merecido hace tiempo. ¿Qué más ha sucedido?
– ¡Ah! Que ha aparecido otra vez un fantasma de tu viejo pasado. Un tal Martin Brosnan.
– ¡Virgen Santísima! -por un momento, Dillon pareció consternado-. ¿Martin Brosnan? ¿De dónde diablos habrá salido ése?
– Pues resulta que está viviendo aquí en París, río arriba de donde estamos ahora, en Quai de Montebello. En esa manzana de la esquina que se halla frente a Nôtre Dame. Un portal con una decoración barroca. Desde aquí son cuatro pasos, no tienes pérdida. Además están restaurando la fachada y la tienen cubierta de andamios.
– Cuántos detalles -sacó Dillon una botella de Bushmills y se sirvió-. ¿Por qué?
– Acabo de pasar por delante de la casa, de camino hacia acá.
– ¿Y qué tiene que ver conmigo todo eso?
Makeiev se lo explicó todo, lo de Max Hernu, Savary, Tania Novikova en Londres, sin omitir detalle.
– Al menos, sabemos lo que pretenden nuestros amigos -dijo a guisa de conclusión.
– Esa chica, la Novikova, podría serme muy útil -dijo Dillon-. ¿Estás seguro de que se ajustará a nuestros planes?
– Sin ninguna duda. Trabajó para mí hace algunos años. Es una chica muy lista, y lo mismo que yo, no está contenta con el giro que han tomado los asuntos en nuestro país. El jefe de ella es diferente. El coronel Yuri Gatov es uno de ésos, un partidario del cambio.
– Sí, podría ser muy importante -repitió Dillon.
– ¿Significa eso que piensas ir a Londres?
– Cuando lo tenga decidido te lo diré.
– ¿Y Brosnan?
– Si me lo tropezase en la calle no me reconocería.
– ¿Estás seguro?
– Mira, Josef, podría tropezarme contigo y no me reconocerías. En realidad nunca has visto cómo cambio, ¿verdad? ¿Has traído tu coche?
– Claro que no. He venido en taxi. Confío en poder encontrar otro ahora.
– Voy por alguna prenda de abrigo y te acompaño un momento.
Salió mientras Makeiev se ponía el abrigo y apuraba otro coñac. Entonces oyó un roce a su espalda y cuando se volvió, Dillon estaba frente a él en chaquetón y gorra de marinero, algo más bajo y contrahecho, e incluso la cara parecía diferente. Aparentaba unos quince años más. El cambio, realizado exclusivamente mediante el dominio del lenguaje corporal, era increíble.