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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—¿Cómo dice?

—Parecías más contenta. En la escuela. —Alice sonrió, vacilante—. He pensado que a lo mejor te ha gustado esa parte del día.

El rostro de Isabelle se nubló. Cogió las riendas y se giró un poco.

—Perdona —añadió Alice un momento después—. Mi marido siempre me reprocha que digo las cosas sin pensar. Está claro que he vuelto a hacerlo. No quería parecer… entrometida ni grosera. Perdóname.

Tiró del caballo hacia atrás hasta quedar, de nuevo, por detrás de Isabelle Brady. Se maldijo en silencio y se preguntó si alguna vez iba a conseguir alcanzar un buen equilibrio con estas personas. Era evidente que Isabelle no quería comunicarse. Pensó en la pandilla de Peggy compuesta por mujeres jóvenes, a la mayoría de las cuales solo las reconocía en el pueblo por su forma de mirarla con el ceño fruncido. Pensó en Annie, quien la mitad de las veces la miraba como si hubiese robado algo. Margery era la única que no le hacía sentir como una extraña. Y eso que, a decir verdad, ella misma ya era un poco rara.

Habían recorrido menos de un kilómetro cuando Isabelle giró la cabeza por encima del hombro.

—Es Izzy —dijo.

—¿Izzy?

—Mi nombre. La gente que me gusta me llama Izzy.

Alice apenas había tenido tiempo de asimilar aquello cuando la muchacha volvió a hablar.

—Y he sonreído porque… ha sido la primera vez.

Alice se inclinó hacia delante mientras trataba de distinguir sus palabras. La muchacha hablaba con voz muy baja.

—¿La primera vez de qué? ¿De ir a caballo por las montañas?

—No. —Izzy enderezó un poco la espalda—. La primera vez que voy a una escuela y nadie se ríe de mí por mi pierna.

—¿Crees que va a volver?

Margery y Alice estaban sentadas en el escalón más alto de la puerta, espantando moscas y viendo cómo el calor se elevaba sobre el centelleante camino. Habían lavado a los caballos y les habían dejado sueltos en el pasto y las dos mujeres estaban tomando café a la vez que estiraban las piernas y los brazos haciéndolos crujir y trataban de recuperar energías para comprobar y anotar los libros del día en el registro.

—Es difícil de saber. No parece que le guste mucho.

Alice hubo de admitir que probablemente tenía razón. Vio cómo un perro jadeante caminaba por la calle y, después, se tumbaba cansado a la sombra de una leñera.

—Al contrario que tú.

—¿Yo?

—La mayoría de las mañanas eres como una prisionera que ha salido de la cárcel. —Margery le dio un sorbo a su café y miró hacia la calle—. A veces, pienso que amas estas montañas tanto como yo.

Alice dio una patada a una piedrecita con el tacón.

—Creo que me gustan más que ningún otro sitio del mundo. Me siento… más yo aquí arriba.

Margery la miró con una sonrisa cómplice.

—Es lo que la gente no ve, encerrada en sus ciudades, con el ruido y el humo y las diminutas cajas que tienen por casas. Allí arriba se puede respirar. No se oyen las continuas conversaciones de las ciudades. No hay ojos mirándote, salvo los de Dios. Solo estás tú, los árboles, los pájaros, el río, el cielo y la libertad… Lo que hay allí arriba es bueno para el alma.

«Una prisionera que ha salido de la cárcel». A veces, Alice se preguntaba si Margery sabía más sobre su vida con los Van Cleve de lo que parecía. Un estridente pitido la sacó de sus pensamientos. Bennett conducía el coche de su padre en dirección a la biblioteca. Se detuvo con una sacudida, de tal forma que el perro dio un salto, con el rabo entre las piernas. Le estaba haciendo señas con las manos, con una sonrisa ancha y relajada. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa: era tan atractivo como una estrella de cine en un anuncio de cigarrillos.

—¡Alice! Señorita O’Hare —dijo al verla.

—Señor Van Cleve —respondió Margery.

—He venido para llevarte a casa. Se me ha ocurrido que podríamos ir a esa excursión de la que hablabas.

Alice parpadeó.

—¿En serio?

—Ha habido un par de problemas con el volquete de carbón y no va a estar arreglado hasta mañana y papá está en el despacho tratando de organizarlo. Así que he ido corriendo a casa y le he dicho a Annie que nos prepare una merienda. He pensado que puedo llevarte rápidamente a casa en el coche para que te cambies y así salir directamente mientras aún sea de día. Papá dice que podemos quedarnos toda la noche con esta vieja señora que tiene por coche.

Alice se puso de pie, encantada. Entonces, su expresión se nubló.

—Ay, Bennett, no puedo. No hemos apuntado los libros ni los hemos ordenado y vamos muy retrasadas. Acabamos de terminar con los caballos.

—Vete —dijo Margery.

—Pero eso no es justo para ti. No después de que Beth se haya ido y luego Izzy haya desaparecido nada más volver.

Margery movió una mano en el aire.

—Pero…

—Vete ya. Nos vemos mañana.

Alice la miró para comprobar que lo decía en serio y, a continuación, recogió sus cosas y soltó un aullido mientras bajaba los escalones a toda velocidad.

—Es probable que huela otra vez como un vaquero —le advirtió mientras subía al asiento del pasajero y daba un beso en la mejilla a su marido.

Él sonrió.

—¿Por qué crees que llevo abierta la capota? —Dio marcha atrás a toda velocidad para hacer un cambio de sentido provocando que el polvo de la calle se levantara en el aire y Alice lanzó un chillido cuando el motor rugió de camino a casa.

No era un mulo dado a exageradas muestras de mal genio o mucha emotividad, pero Margery llevó a Charley a casa a paso lento. Él había trabajado duro y ella no tenía prisa. Margery suspiró al pensar en el día que había tenido. Una inglesa caprichosa que no conocía la zona, de la que quizá no fuera a fiarse la gente de la montaña y que probablemente fuese apartada por ese rebuznador fanfarrón que era el señor Van Cleve, y una niña que apenas podía andar, que no sabía montar a caballo y que no quería estar allí. Beth trabajaba cuando podía, pero su familia la necesitaría para la cosecha durante buena parte de septiembre. No era el comienzo más favorable para una biblioteca itinerante. No estaba segura de cuánto tiempo duraría ninguna de ellas.

Llegaron al destartalado establo donde el camino se dividía y dejó caer las riendas sobre el estrecho cuello del mulo, consciente de que este encontraría sin ayuda el camino a casa. Al hacerlo, su perro, un joven ejemplar de caza con manchas y ojos azules, salió corriendo hacia ella, con la cola entre las patas y la lengua colgando por el placer de verla.

—¿Qué narices haces aquí afuera, Bluey? ¿Eh? ¿Por qué no estás en el patio?

Llegó a la pequeña valla del cercado y bajó del mulo, notando un dolor en la parte inferior de la espalda y en los hombros, probablemente debido más a subir y bajar a Izzy Brady del caballo que a la distancia que había recorrido. El perro daba brincos alrededor de ella y no se calmó hasta que ella le arrugó el cuello entre las manos y le confirmó que sí, que era un buen chico, que sí, que lo era, momento en el cual volvió a entrar corriendo en la casa. Dejó suelto a Charley y vio cómo este caía al suelo doblando las patas por debajo de él y después se balanceaba hacia delante y hacia atrás sobre la tierra con un gruñido de satisfacción.

No le culpó: ella también sentía que le pesaban los pies mientras subía los escalones. Llegó a la puerta y, entonces, se detuvo. El pestillo no estaba echado. Se quedó mirándolo un momento, pensando, y, a continuación, se acercó despacio al barril vacío que había junto al establo y donde guardaba su otro rifle bajo un trozo de arpillera. Alerta, levantó el seguro y se lo llevó al hombro. Luego volvió a subir de puntillas los escalones, respiró hondo y, en silencio, abrió la puerta con la punta de la bota.

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