Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Al fin Wainwright dijo:
– Bien, por ahora esto es todo. Mañana haremos la prueba con un detector de mentiras. El banco se ocupará de arreglarlo.
Lo dijo casualmente, aunque esperaba una reacción. Pero no había esperado que fuera tan brusca y feroz.
La carita morena de la muchacha se puso colorada. Se irguió en la silla.
– No lo haré. No acepto esa prueba.
– ¿Por qué no?
– Porque es un insulto.
– No es un insulto. Mucha gente se somete a esa prueba. Si usted es inocente la máquina lo probará.
– No confío en esa máquina. Ni en usted. ¡Basta con mi palabra!
Él ignoró el castellano, sospechando que podía ser insultante.
– No tiene usted motivo para no confiar en mí. Lo único que me importa es conocer la verdad.
– ¡Ya ha oído la verdad! ¡Y no la reconoce! Usted, igual que los otros, cree que yo he cogido el dinero. Es inútil decirle que no lo he hecho.
Wainwright se puso de pie y abrió la puerta del pequeño despacho para hacer pasar a la muchacha.
– Entre hoy y mañana -aconsejó- le sugiero que reconsidere su actitud acerca de la prueba. Si rehúsa hacerla, las cosas se presentarán mal para usted.
Ella le miró directamente a la cara.
– No estoy obligada a someterme a esa prueba, ¿verdad?
– No.
– Entonces no lo haré.
Se alejó del despacho con pasitos breves y cortos. Un momento después, sin prisa, Wainwright la siguió.
En la zona de trabajo del banco, aunque algunas personas estaban todavía ante sus escritorios, la mayoría de los empleados se había ido, y las luces de arriba eran menos intensas. Afuera la oscuridad había descendido sobre el crudo día de otoño.
Juanita Núñez se dirigió al vestuario para buscar su ropa de calle, después volvió. Ignoró la presencia de Wainwright. Miles Eastin, que había estado esperando con una llave, la hizo salir a la calle por la puerta principal.
– Juanita -dijo Eastin-, ¿puedo ayudarla en algo? ¿Quiere que la lleve a su casa?
Ella movió la cabeza sin hablar y salió.
Nolan Wainwright, que miraba desde la ventana, la vio cruzar para tomar un autobús al otro lado de la calle. Si contara con más cantidad de empleados de Seguridad, se dijo, la habría hecho seguir, aunque dudaba que la cosa diera resultado. Mistress Núñez era inteligente y no iba a comprometerse dando el dinero a otra persona en público o guardándolo en algún lugar predecible.
Además estaba convencido que la muchacha no llevaba el dinero encima. Era demasiado astuta para correr el riesgo; por otra parte, la cantidad era demasiado voluminosa para que pudiera ocultarla. La había observado atentamente cuando hablaron y después, y había notado que las ropas se ajustaban a su cuerpecito, y que no había bultos sospechosos. La cartera que llevaba al salir del banco era pequeña, y no llevaba paquetes.
Wainwright tenía la certeza de que había un cómplice.
Le quedaban escasas dudas, si es que le quedaba alguna, de que Juanita Núñez era culpable. La negativa a someterse a un detector de mentiras, junto con otros hechos e indicaciones, le habían convencido. Al recordar el estallido emocional de hacía unos minutos, sospechó que había sido planeado, quizás ensayado. Los empleados bancarios estaban enterados de que, en caso de sospecha de robo, se usaba un detector de mentiras; probablemente la muchacha Núñez también lo sabía. Por lo tanto sabía que la cosa iba a surgir y había estado lista para enfrentarla.
Al recordar el desprecio con que lo había mirado y, antes de eso, su tácita presunción de una alianza entre ellos, Wainwright sintió una oleada de furia. Con desusada intensidad deseó que mañana el FBI le hiciera pasar un mal momento y que le hiciera perder el control. Pero no iba a ser fácil. Era dura.
Miles Eastin había vuelto a cerrar la puerta principal y volvía ahora.
– Bueno -dijo con alegría-, se vienen todos los aguaceros.
El jefe de Seguridad asintió.
– Ha sido un día bravo.
Eastin pareció a punto de decir algo, después aparentemente decidió otra cosa.
Wainwright preguntó:
– ¿Pasa algo?
Nuevamente Eastin vaciló, después reconoció:
– Bueno, sí, hay algo. Es algo que no he mencionado a nadie porque puede ser una trampa brava.
– ¿Tiene algo que ver con el dinero que falta?
– Podría ser.
Wainwright dijo con firmeza:
– Entonces, esté seguro o no, tiene que decírmelo.
El contador ayudante asintió.
– Bien.
Wainwright esperó.
– Creo que ya le dijeron a usted… se lo dijo mistress D'Orsey… que Juanita Núñez es casada. Su marido la ha abandonado. La dejó con una hija.
– Recuerdo.
– Cuando Juanita vivía con su marido, él acostumbraba a venir aquí a veces. Para buscarla, supongo. He hablado con él una o dos veces. Estoy casi seguro que se llama Carlos.
– ¿Y qué hay con él?
– Creo que hoy estuvo en el banco.
Wainwright preguntó bruscamente:
– ¿Está seguro?
– Casi seguro, aunque no como para jurarlo ante un tribunal. Vi a alguien, creí que era él, después lo olvidé. Estaba ocupado. No tenía motivo para pensar en eso… por lo menos no lo tuve hasta mucho tiempo después.
– ¿A qué hora cree haberlo visto?
– A mitad de la mañana.
– Ese hombre que usted creyó era el marido de la muchacha Núñez… ¿lo vio acercarse al mostrador cuando ella estaba trabajando?
– No, no lo vi -la hermosa cara de Eastin estaba turbada-. Como he dicho, la cosa no me llamó la atención. Lo único es que, si lo vi, no puede haber estado muy lejos de Juanita.
– ¿Y eso es todo?
– Así es -y Miles Eastin añadió, como excusa-. Lamento que no sea más.
– Ha hecho bien en decírmelo. Puede ser importante.
Si Eastin no estaba equivocado, pensó Wainwright, la presencia del marido encajaba con su teoría de un cómplice de afuera. Probablemente la muchacha y su marido habían vuelto a juntarse, o habían llegado a algún acuerdo. Tal vez ella le había pasado el dinero en el mostrador, y él lo había sacado del banco, para dividirlo con ella más tarde. La posibilidad era en verdad algo que haría trabajar al FBI.
– Fuera del dinero que falta -dijo Eastin- todo el mundo en el banco está hablando de míster Rosselli… nos enteramos ayer del anuncio de su enfermedad. Todos estamos muy tristes.
Fue un brusco y doloroso recuerdo, que llegó cuando Wainwright miraba al joven, generalmente tan lleno de bromas y de jovialidad. En aquel momento el jefe de Seguridad vio que había inquietud en los ojos de Eastin.
Wainwright comprendió que la investigación había borrado en su mente toda idea sobre Ben Rosselli. Ahora, al recordarlo sintió nuevamente rabia de que el robo hubiera dejado su fea marca en un momento como este.
Murmuró un agradecimiento, dio las buenas noches a Eastin, y atravesó el túnel de la sucursal, usando su propia llave de paso para volver a entrar a la Torre Principal del FMA.
8
Al otro lado de la calle, Juanita Núñez -una figura diminuta contra el encumbrado complejo ciudadano del First Mercantile American y la Plaza Rosselli- seguía esperando el autobús.
Había visto la cara del funcionario de Seguridad espiándola desde una de las ventanas del banco, y tuvo una sensación de alivio cuando la cara desapareció, aunque el sentido común le dijo que el alivio era sólo momentáneo, y que la desdicha del día de hoy iba a continuar y que sería tan mala, o peor, mañana.
Un viento frío cortante entre las calles del centro, penetraba el delgado sobretodo que llevaba, y temblaba mientras esperaba. El autobús que cogía siempre ya había pasado. Esperaba que llegara pronto otro.