La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
De los interrogatorios realizados el día anterior a sus compañeras de piso había sacado la conclusión de que la semana antes de su muerte sus hábitos habían cambiado radicalmente.
Hasta el momento la documentación del caso comprendía cinco dossiers, que incluían el informe de la autopsia, álbumes de fotos, objetos personales, la agenda de Patricia Pálmer, sus cuadernos de apuntes de la facultad y dos carpetas más con los resultados de los interrogatorios a las personas de su entorno, incluida la homilía del párroco de Caldas de Reis en el funeral. En total más de cien folios mecanografiados a doble espacio. La labor de investigación estaba siendo muy exhaustiva comparada con cualquier otro homicidio. Se habían seguido todas las hipótesis, tanto las más plausibles como las menos prometedoras, sin embargo los resultados dejaban bastante que desear, y no es que no hubiera hilos de dónde empezar a tirar, es que había demasiados y cada uno llevaba a un camino diferente y contradictorio con el anterior. Hacía ya tres días de la aparición del cuerpo de la chica y seguían sin tener un solo sospechoso, si se descartaba como tal al novio de la chica, Roberto Caamaño, estudiante de Biológicas, no de Filosofía como habían pensado en un principio, con el que hasta el momento nadie había conseguido dar, pese a todos los esfuerzos realizados. Desde la extraña llamada que había efectuado desde la ronda de circunvalación al teléfono de Patricia escasas horas antes de su muerte advirtiéndola de alguna clase de peligro extraño y difuso, nada se sabía de él. Su móvil estaba muerto. Castro había dado la orden de peinar los hospitales de la comarca y registrar todos los partes de ingresos del día 25 de febrero. Había escuchado la cinta más de diez veces. El mensaje de voz se interrumpía con el sonido prolongado de un claxon. Eso fue lo que le hizo pensar que el chico podría haber sufrido un accidente, un atropello o algo así. Pero no había nadie que respondiera a su descripción ni en los hospitales públicos ni en las clínicas privadas. Literalmente se lo había tragado la tierra.
Por lo que se refería al párroco de Caldas, Zárate y Romaní habían realizado un buen trabajo. Era evidente que la chica tenía una buena sintonía con el cura. Un tipo raro, sin embargo, con informes bastantes desfavorables por parte del episcopado, que en más de una ocasión había intentado quitárselo de encima destinándolo a un pueblo perdido de la sierra de O Caurel. Pero la rotunda oposición de los feligreses los había obligado a dar marcha atrás. Estaba claro que la vertiente religiosa del caso no debía desestimarse en absoluto. Al menos una de las mujeres interrogadas que asistían al rosario de la tarde en la catedral aseguraba haber visto con anterioridad a Patricia Pálmer merodeando por la sacristía en alguna ocasión. Quizá no estaría de más una entrevista con el representante del arzobispado sobre el asunto, pensó Castro mientras tomaba nota en su agenda.
Ése era otro punto oscuro de la investigación, la agenda de Patricia Pálmer, un bloc de gusanillo con papel reciclado donde apuntaba las fechas de los exámenes, los seminarios del cuatrimestre, los días de entrega de los trabajos y cosas por el estilo. Cada página empezaba con un espacio reservado al santoral, donde a veces la chica escribía un pequeño comentario sobre un libro que había leído o un diálogo de una película que había visto. Tenía su propio sistema de valoración de una a tres estrellas. Por ejemplo, a Los amantes del círculo polar, de Julio Medem, le había puesto tres estrellas; sin embargo, a La dalia negra le había puesto sólo una. A Castro le sorprendió. No había visto la película, pero había leído el libro y le había gustado bastante. El viernes 25 de febrero Patricia Pálmer no apuntó ningún título en el círculo mágico, sino unas frases extrañas:
Siempre en estado de alerta,
siempre arenas movedizas
y la ilusión hecha trizas, un día más,
si pongo un ritmo demasiado fuerte,
hoy sólo me puede parar la muerte…
Castro no sabía si aquello tenía algún significado, si respondía a su estado de ánimo o simplemente a la chica le gustaba hacer versos y escribir letras de canciones. A continuación, en la parte correspondiente al dietario, las tres primeras horas del día estaban en blanco. Castro había comprobado que coincidía con su horario de clases. Después había varias anotaciones, pero eran aparentemente cosas normales, domésticas, como una lista de la compra que solía hacer en el supermercado Froiz, que estaba a menos de cincuenta metros de su casa: pasta de dientes, compresas Evax con alas, Fairy, naranjas de zumo, huevos, y un paquete de pan Bimbo. A las 16 horas había estado en la peluquería Sheyla haciéndose la cera en las piernas. Ese dato Castro no sabía cómo interpretarlo. No tenía ni idea de las costumbres de las mujeres en relación con la depilación. No sabía si lo normal era depilarse todas las semanas, todos los meses, o dependía de tener en perspectiva alguna cita especial. Fuera como fuese, no había olvidado el dato de la autopsia que confirmaba que Patricia Pálmer había mantenido relaciones sexuales presumiblemente consentidas pocas horas antes de su muerte.
Después de pasar por el salón de belleza, la chica todavía tuvo tiempo de fotocopiar los apuntes sobre teoría de los mitos y los símbolos que había tomado esa mañana en clase. Castro suponía que las fotocopias podían ser para la estudiante que había dejado el primer mensaje en su buzón de voz, una tal Elena, que por algún motivo no había podido asistir a la facultad. Tampoco Patricia pudo llevarle nunca los apuntes al Moore's, como seguramente se había propuesto. A juzgar por su agenda, no parecía que Patricia hubiera previsto una jornada tan complicada como la que finalmente acabó siendo. Nadie, sabiendo que tiene problemas serios, se toma muchas molestias en comprar pan Bimbo o en pasarle los apuntes a una amiga. A las 18.30 recibió la última llamada desde la ronda de circunvalación, y media hora más tarde fue vista en la catedral. Desde entonces hasta las 21.15, hora aproximada de la muerte, había una laguna completa en sus movimientos. Dos horas largas y decisivas en las que nadie la había vuelto a ver y en las que, además, había estado incomunicada, sin su móvil, y probablemente se había acostado con alguien que tal vez fuera su asesino.
El juez instructor del caso había encargado también un rastreo de los foros de Internet en los que la chica participaba como estudiante de filosofía. Pero no había nada especialmente reseñable, a excepción de su conciencia por la defensa del medio ambiente, que a veces, en opinión de Castro, rozaba tintes un poco exagerados o apocalípticos. No obstante, junto a eso había también datos científicos que demostraban que la chica se había tomado al menos la molestia de investigar el asunto, por ejemplo, cuando aseguraba que la cantidad de cadmio en la patata cultivada superaba el doble de los límites permitidos por la OMS, o que el nivel de plomo en la población había aumentado un 98,7 por ciento en los últimos años, en su mayor parte a través de la alimentación. Castro había tenido la prevención de contrastar los datos, y sus cálculos eran asombrosamente precisos.
Al principio no le dio más importancia. ¿A ver quién, a esa edad, no ha querido salvar el mundo? Pero de pronto se acordó de que, según sus informes, Patricia Pálmer había tomado parte en las protestas contra el vertido tóxico, así que pensó que, aunque ya había transcurrido más de un año, tal vez no estaría de más pedirle a la Consellería de Medio Ambiente el dossier completo del caso Ferticeltia. Al parecer, la empresa disponía de todos los permisos legales para la utilización de sustancias químicas y de todas las certificaciones necesarias en materia de control medioambiental. Además, poseía una póliza de seguros que incluía daños al medio ambiente. La propia aseguradora fue la encargada de llevar a cabo la depuración de las aguas con un tratamiento de carbón activo. Castro sabía que el asunto no había llegado a la fiscalía, así que no esperaba grandes resultados del dossier pero, tal como estaban las cosas, cualquier información relacionada con Patricia Pálmer, por tangencial que fuera, era mejor que nada.