La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– Hemos limpiado el fondo para identificar desde dónde se hizo la llamada -explicó Arias-. Y debió de ser desde una de las rondas de circunvalación. Hay sonidos de camiones y vehículos pesados.
– Los de la científica ya están rastreando las llamadas a través del estudio de los repetidores BTS. Dentro de unas horas la tendremos localizada casi al milímetro.
El comisario consultó el gráfico donde figuraba el horario de llamadas, con el número registrado y la compañía. La primera llamada relacionada con los apuntes se había realizado el 25 de febrero a las 13.05 desde un móvil de la compañía Amena. Castro subrayó el número. La segunda se produjo una hora después y correspondía a un teléfono fijo de Caldas de Reis, que, tal como el comisario había supuesto, correspondía al número del domicilio familiar. El tercer mensaje, el de las buenas noticias sin firma, tuvo lugar a las 16.28 desde un móvil Movistar. Castro también lo subrayó. Y el último número era el 628 828 532 de la compañía Amena, la llamada había tenido lugar apenas tres horas antes del momento probable de la muerte según el informe de Arias. O sea, a las 18.30. Castro rodeó el número con un círculo rojo.
– Al parecer, la chica mantuvo el móvil apagado o fuera de cobertura al menos desde el mediodía. -El comisario se pasó la mano por el mentón, tratando de deducir en la serie de llamadas alguna señal que arrojara luz sobre el día fatídico.
No había muchas cosas en claro, pero sí unos cuantos cabos por dónde empezar a tirar.
– Será mejor que vayamos a mi despacho -sugirió Arias después de darle las gracias a la agente-. ¿Seguro que no quieres ver por última vez el cadáver? -propuso al pasar por delante de la cámara frigorífica-. Enseguida pasarán a recogerlo para devolverlo a la familia.
– No hace falta -dijo Castro-. Pero me gustaría echarles un vistazo a sus objetos personales.
– De acuerdo.
Era una sala muy aséptica con un zócalo de azulejos sanitarios. Suelo enlosado. Dos mesas de acero inoxidable. Cajones clasificadores de varios tamaños. Un lavabo y una mesa de disección en perfecto estado de revista iluminada por un foco fluorescente como el de los quirófanos y varios estantes con tarros de cristal etiquetados. La camiseta con la cara del Che, la falda y los leggings de rayas que Patricia Pálmer llevaba puestos cuando la mataron estaban cuidadosamente doblados sobre una de las mesas metálicas de la Unidad de Inspección Ocular. La cazadora de cuero se hallaba extendida a un lado, junto al sujetador, unas braguitas tipo tanga en las que todavía se distinguía la etiqueta de H &M y los botines Converse.
Los agentes de la científica eran en su mayoría mujeres. A Castro le gustaba trabajar con ellas, eran meticulosas hasta el extremo, profesionales, y tenían un instinto que las llevaba a reparar en detalles que normalmente a los hombres les pasaban inadvertidos.
Julia Barrios era de las más eficientes. Castro le sonrió mientras ella se acercaba con una bandeja metálica. En ella había varias bolsitas de plástico cerradas herméticamente. Una contenía una pinza del pelo con forma de mariposa y algunos cabellos sueltos como hilos largos de cobre. Tenía una pequeña etiqueta identificativa escrita con rotulador que decía «cabellos víctima». Otra contenía un solo pelo negro, duro y muy corto, que al parecer no respondía a ningún ADN humano. En la tercera bolsa había dos llaves unidas por una arandela de metal. La llave más grande parecía de un armario o de una vitrina antigua con la cabeza formando un dibujo de tréboles entrelazados. La pequeña podría haber sido de un trastero o un garaje. Y todavía había otra bolsa, con una correa de cuero y un pequeño colgante de porcelana blanco y azul, de la fábrica Sargadelos. Era una figura rara, una especie de búho con cresta de gallo y cuerpo de gladiador con una serpiente enroscada en el brazo.
– Es un amuleto -aclaró la agente Barrios-. Para el mal de ojo y cosas así, ya sabe que aquí…
– Sí, ya sé… -convino Castro.
– Aunque ahora la gente joven lo lleva más bien por adorno -especificó la agente. Luego se llevó la bandeja a un estante y regresó con otra bolsa hermética de un tamaño mayor que las anteriores. Contenía únicamente un teléfono móvil, modelo Samsung X510-. Éste es el hallazgo del día -dijo-. Ya ha escuchado la grabación.
– Sí -asintió Castro-. Vamos a necesitar una copia de las llaves y de momento nos quedamos el teléfono. El resto de los objetos personales puede devolverlos a la familia cuando vengan a recoger el cuerpo.
La agente Barrios le entregó un dossier con la transcripción de las llamadas.
– Buen trabajo -dijo Castro a modo de despedida.
– No lo hemos encontrado nosotros -contestó ella refiriéndose al teléfono móvil.
– Estaba en una nave lateral -intervino el forense, que hasta ese momento había permanecido en silencio-, junto a la pila de agua bendita, a bastante distancia de donde apareció el cuerpo. Acaba de traerlo una mujer que vino de parte del padre Barcia. Es una señora mayor y está bastante nerviosa -añadió con voz queda mientras abría la puerta para salir al pasillo. Había un vago olor a productos químicos que recordaba la atmósfera de un quirófano-. He pensado que sería mejor que la entrevistases aquí, en mi despacho, en lugar de en la comisaría, ya sabes cómo es la gente…
El forense tenía razón. La mujer estaba sentada en los asientos del pasillo, una de esas sillas de plástico de color anaranjado, atornilladas a la pared, como las de las salas de espera de los hospitales. Sostenía en el regazo un bolso negro con las manos anudadas como raíces. Castro siempre había sentido cierta lástima por esas mujeres enlutadas de aspecto insalubre que se pasan la vida en la iglesia, rezando el rosario o rogando por sus difuntos, siempre de negro, enlazando una desgracia con otra, cada vez más encorvadas, con los nudillos artríticos. La vio allí empequeñecida y asustada y le pareció conocerla de toda la vida. Estaba habituado a tratar con las mujeres de los pueblos cuando iban a renovar el carné de identidad o a sacar un certificado para un hijo, los zapatos de punta roma, con los tacones muy desgastados, las rodillas juntas, el rostro bajo con esa actitud concentrada de las personas que están habituadas a rezar y a esperar, y que sienten un respeto reverencial hacia cualquier clase de autoridad. Cada vez que se abría la puerta acristalada de la calle, la mujer giraba la cabeza y veía aparecer siluetas de funcionarios que entraban cerrando el paraguas y maldiciendo el tiempo, pero ninguno era policía. Cuando vio aparecer al comisario acompañado por el forense, lo reconoció por la televisión. Le sorprendió que fuera vestido de paisano, pero se levantó y se dirigió hacia él sin dejar de apretar el bolso, obstinada y nerviosa.
– Pase conmigo -le dijo Castro con la mayor amabilidad de que fue capaz, cediéndole el paso en la puerta hacia el interior del despacho de Arias.
– Verá -empezó diciendo la mujer cuando el forense los dejó a solas-, el viernes yo estaba en la catedral y vi a esa chiquilla como lo estoy viendo a usted ahora mismo. Dios mío, cuando ayer reconocí su cara en los telediarios casi me da un vuelco el corazón. -La mujer se santiguó. Parecía estar realmente afectada por lo sucedido-. Siempre suelo ir al oficio de las cinco, pero el viernes no me dio tiempo, porque tuve que ir a la estación de autobuses a recoger un paquete que me envió mi hermana por el Castromil.