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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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– Menudo día habéis escogido.

Cincuenta y pocos años le calculó Laura al verlo inclinarse sobre la ventanilla. Debía de medir más de un metro ochenta. Llevaba un suéter grueso de color crudo, unos vaqueros viejos manchados con pequeñas gotas de pintura y botas de agua. Villamil y él se saludaron con una palmada campechana en la espalda. Parecía cualquier cosa menos un cura. Llevaba el pelo canoso demasiado largo y rizado, un poco a lo afro, y tenía una sonrisa jovial que mantuvo mientras observaba a Laura de arriba abajo con curiosidad.

– Te presento a Laura Márquez, el nuevo fichaje de El Heraldo -dijo Villamil una vez que estuvieron a resguardo de la lluvia en la entrada de la casa-. Es la chica de la que te hablé.

– No me esperaba que fuese tan joven -dijo con amabilidad pero sin dejar de observarla.

Márquez le tendió la mano sin mucha convicción, no le había hecho gracia el comentario sobre su edad, pero él se la estrechó con firmeza. No era la mano blanda de un seminarista, sino una mano curtida de dedos ásperos y grandes en los que se podía percibir la fuerza del trabajo físico. Desde que se apearon del coche hasta que llegaron al porche, el perro los siguió sin dejar de ladrar.

– Calla, Nelson -le ordenó el cura. Y el animal obedeció.

– Lo tienes bien adiestrado -dijo Villamil mientras intentaba ganarse su confianza con unas carantoñas.

Pero el animal retrocedió precavido. Sin embargo, cuando Laura le tomó la cabeza entre las manos, el perro se dejó acariciar moviendo el rabo y lamiéndole las manos.

– Veo que te llevas bien con los animales -le dijo el cura, sorprendido-. Éste no hace migas con cualquiera.

– Me gustan los perros -respondió ella.

– Pues como lo dejes, te va a poner perdida.

Laura subió la escalera, sacudiéndose los vaqueros que las patas del animal habían llenado de barro. Tampoco la casa parecía por dentro una residencia rectoral, sino más bien una antigua comuna hippy, techos altos con bonitas molduras de escayola en las puertas y un balcón que daba a una galería modernista con cristales emplomados haciendo dibujos geométricos. Un círculo rojo en el centro, de un tono rubí muy fuerte con rombos verdes y amarillo limón formando un aspa o una cruz. La composición remataba con pequeños triángulos de color añil en las esquinas. A Laura le recordó los rosetones de las iglesias góticas, que creaban una atmósfera sobrenatural en el interior. Cuando diera el sol seguramente los listones de madera del suelo se iluminarían como un caleidoscopio. Uno de los cristales de la galería estaba roto y pegado con esparadrapo. En la salita a la que los había dirigido a través de una escalera de piedra había varios carteles de Greenpeace clavados con chinchetas en las paredes, un póster de Manu Chao firmado por el cantante, estanterías llenas de libros y una gran estufa ferroviaria en el centro alrededor de la cual se disponían varias colchonetas a modo de asientos cubiertos con mantas portuguesas y cojines de distintos colores. El ambiente estaba caldeado allí dentro y olía al café que empezaba a borbotear encima de la plancha de hierro de la estufa. Laura pidió permiso para colocar la grabadora encima de la mesita moruna. Una concha de vieira hacía las veces de cenicero. Tenía los bordes amarilleados de nicotina. Había varias distribuidas por todo el cuarto. Márquez la cogió con curiosidad.

– El símbolo del peregrinaje jacobeo -dijo sopesándola en la mano-. Según tengo entendido, también fue el emblema de los seguidores de Prisciliano.

– Veo que estás bien informada -sonrió el párroco-. Puestos a señalar coincidencias, sabrás también que el camino de vuelta a Galicia emprendido por los discípulos de Prisciliano con el cuerpo del mártir sigue el mismo itinerario que con el paso de los siglos se convertiría en la ruta jacobea.

– No, no lo sabía…

– Aunque también hay quien piensa que el camino reproduce una ruta druida anterior -añadió el cura como quien no quiere la cosa-. Como ves, hay teorías para todos los gustos. Respecto a lo que dices de la concha de vieira -continuó-, fue su discípula, Prócula, quien adoptó ese símbolo cuando los priscilianistas tuvieron que refugiarse en Galicia después de ser expulsados de Aquitania.

– De poco debió de servirles el refugio. También aquí fueron perseguidos.

– Desde luego -convino el párroco, moviendo la cabeza un par de veces arriba y abajo-, pero nunca consiguieron acabar con ellos. Todo el noroeste era suyo, y la Iglesia lo sabía. La hermandad se transformó en una sociedad secreta con un enorme poder. Tanto que el papa Inocencio I, en el año 404, tuvo que pedir ayuda al emperador Honorio para evitar su expansión.

El cura se concedió una pausa para mirar a la chica con atención, intentando catalogarla en alguna de las especies de periodistas conocidas por éclass="underline" la detective aficionada, la aprendiz de historiadora, la cazadora de primicias… Cogió el paquete de Winston de encima de la mesa. Villamil vio cómo deshacía minuciosamente el envoltorio de plástico y se llevaba un cigarrillo a la boca. El cura se tomó su tiempo para saborear la primera calada y, antes de continuar, expulsó todo el humo de golpe. Se le veía a sus anchas; parecía estar disfrutando con la conversación.

– El priscilianismo era la bestia negra de la Iglesia -afirmó con el rostro iluminado-. No se contentaron con perseguir a sus seguidores; querían borrar su rastro de la historia, como si nunca hubieran existido. Intentaron destruir todos sus escritos, empezando por el Liber apologeticus. Precisamente aquí, en Caldas de Reis, Aquis Caelenis, tuvo lugar un sínodo donde a los heterodoxos no les quedó más remedio que aparentar admitir la doctrina oficial para salvar el pellejo, pero en privado continuaron con sus creencias. Fue un grave error de cálculo por parte de la Iglesia.

– ¿Por qué lo dice?

– Lo único que consiguieron así fue que la herejía se hiciera fuerte en Galicia y fuera cerrándose en su concha como una sociedad secreta que acabó atrapando dentro a la propia curia. Desde mi punto de vista, habría sido mejor para ellos dejar a los priscilianistas fuera que tenerlos camuflados dentro de los seminarios. La prueba es que ya nunca volvieron a estar tranquilos. Tenían el enemigo en casa.

– Antón es de los que creen que quien está enterrado en la catedral es Prisciliano, y no Santiago -dijo Villamil mirando a Laura con connivencia.

El cura inclinó los hombros hacia adelante, esbozando una sonrisa maliciosa de complicidad.

– Todo el mundo sabe que el apóstol Santiago fue decapitado por Herodes en Jerusalén en el año 42 y enterrado en Palestina -afirmó el párroco-. Con la prueba del carbono 14 sería muy fácil probar que los restos de la catedral no pertenecen a un hombre del siglo I, pero nunca se ha hecho. Nos cargaríamos el negocio. Santiago es un santo turístico. ¿Cuántos peregrinos pueden llegar a Santiago en un año normal? ¿Un millón? ¿Dos millones? Si es año santo, la cifra se dispara hasta cinco millones. ¿A ver quién es el valiente que se atreve a mover los cimientos que sostienen todo ese tinglado económico, espiritual o como queráis llamarlo?

– La historia del hereje y la del apóstol se solaparon -intervino Villamil mirando a Laura como si quisiera refrendar las palabras del párroco.

– De hecho al principio fue la propia Iglesia quien negó que Santiago pisara jamás tierras españolas -continuó el cura-, pero poco a poco el mito compostelano fue ganando adeptos entre los obispos, supongo que por el beneficio que generaba una multitud de peregrinos que debían comer, beber, dormir, comerciar, etc. Hasta que, por fin, en el siglo XIX, el papa León XIII decidió respaldar oficialmente la leyenda del apóstol. Así se consuma la estafa. Los huesos del líder espiritual de la heterodoxia se santifican y el hereje se convierte en santo.

– Una jugada maestra -comentó Villamil.

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