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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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– ¿Crees que podía estar metida en algún lío?

El cura volvió a mirar hacia la ventana y, mientras lo hacía, sus ojos volvieron a ausentarse. Cuando se quedaba así callado, a Laura le recordaba un poco al actor negro Morgan Freeman. Tenía el mismo pelo encrespado y también algo en los ojos, una mirada de negro o de perro apaleado. Tal vez era de esa clase de personas que sólo comprenden el significado real de las cosas cuando las recuerdan.

– No lo sé -dijo el párroco encogiéndose de hombros, pero en realidad fue como si dijera «¿qué más da ya todo?»-. Todavía no puedo hacerme a la idea de que esté muerta -concluyó.

Hubo un súbito silencio, una especie de hueco de silencio que no procedía de la conversación, sino que parecía haber entrado allí desde fuera. Laura pulsó una tecla de la grabadora y la luz roja se apagó.

– Cada vez se hace tarde más temprano -sentenció Villamil poniéndose de pie. Una de sus típicas frases que lo mismo podían servir como fórmula de despedida o simple expresión de lo que le ardía dentro de la cabeza. Los periodistas veteranos suelen tener un sexto sentido para saber el momento en el que deben marcharse.

Cuando salieron al recibidor, la lluvia había amainado. Bajo el hueco de la escalera había un arcón de herramientas abierto: destornilladores, serruchos, una llave inglesa, un mazo de carpintero, una pala, una Black & Decker… Había también una caña arrumbada de mala manera con un impermeable verde y un cesto de truchas.

– ¿Te gusta pescar? -preguntó Laura tuteando al párroco con familiaridad por primera vez. Se sentía un poco obligada a compensarlo, aunque no sabía muy bien por qué.

– Antes sí -respondió-, pero desde el vertido todo el río está envenenado. Ya no hay peces.

Márquez caminaba tan ensimismada que Villamil intentó bromear, bajándole la capucha de la trenca por delante de la cara, pero ella se la sacudió de nuevo hacia atrás con cara de malas pulgas. Había dejado de llover.

Desde que salieron de la casa hasta que llegaron al coche, el perro los acompañó brincando alrededor. Ladraba, saltaba y salía disparado en cualquier dirección para girar en redondo a los pocos metros y regresar al galope. Parecía loco de contento moviendo el rabo hacia los lados, tratando de lamerle las manos a Laura y de subirle al regazo.

– Sólo lo he visto comportarse así con otra persona -dijo el párroco.

No añadió nada más, pero Márquez y Villamil entendieron que se estaba refiriendo a la chica muerta.

XI

Lois Castro estaba en su despacho, con la mesa repleta de papeles, tazas de café y envoltorios de comida rápida esparcidos por encima. No le había dado tiempo de salir a almorzar. Tenía un bolígrafo Inoxcrom en la mano y jugaba a encenderlo y apagarlo con cierta desazón, dándole al clic con el pulgar. Por fin habían conseguido localizar a la familia de Roberto Caamaño, un matrimonio mayor de Cuntis, una localidad cercana a Caldas de Reis. Los padres no habían sabido nada de él desde el día de autos. El chico vivía solo en Santiago en una pensión barata de la rúa Calderería, aunque según la dueña a veces pasaba largas temporadas sin aparecer por allí. Desde lo ocurrido no se le había vuelto a ver por ningún lado. Su foto figuraba en numerosos carteles policiales repartidos por toda Galicia, en comercios, estaciones y quioscos de prensa. Dar con él era sólo cuestión de tiempo. Nadie desaparece del mapa así como así.

Otra cuestión que preocupaba a Castro era el caso Ferticeltia. Se había pasado la mañana revisando el dossier de Medio Ambiente, y allí no acababa de ver ningún indicio que permitiera solicitar una nueva inspección. El asunto del vertido parecía agua pasada. Y la cruzada de Patricia Pálmer y sus amigos de El Arca de Noé no aparentaba tener mucho fundamento. La empresa había entonado el mea culpa y había corrido con todos los gastos derivados de la depuración de los residuos tóxicos. Además estaba catalogada entre las más dinámicas del sector. Invertía una parte importante de los beneficios en I + D y recibía una subvención de la Xunta. Sólo había una pequeña cuestión que a Castro no acababa de encajarle: un sulfato fitosanitario para vides llamado Agromax, el producto estrella de la firma. La empresa había conseguido registrar el producto y agilizar todos los trámites administrativos para su comercialización en el tiempo récord de un día. Tanta rapidez resultaba mosqueante en un país donde lo habitual era que la gente que solicitaba una fe de vida no la obtuviera hasta después de muerta.

El cartel del producto podía verse en grandes vallas publicitarias en todas las carreteras gallegas. Consistía en una fotografía de un viñedo realizada con gran angular y un primer plano de un vendimiador en mangas de camisa con un sombrero de paja y un racimo de uvas soleadas en la mano. El nombre del producto estaba escrito en la parte inferior con letras de imprenta de color verde intenso: AGROMAX. Con tan escaso margen de tiempo era imposible que se hubieran realizado los análisis necesarios que marcaba la Ley de Productos Químicos, con vistas a su eventual peligrosidad. Castro comprobó que según esa normativa todos los productos químicos fabricados a partir de los años noventa debían ser analizados y sometidos a un período de prueba por sus posibles efectos secundarios, pero los anteriores a esa fecha estaban exentos. Agromax pertenecía a la segunda categoría, aunque había un sulfato anterior a la prohibición, de composición y nombre muy similar que tal vez podría haberle servido a la empresa para burlar la norma. El lobby de la industria química se las sabía todas. Hecha la ley, hecha la trampa, pensó Castro, que conocía el percal.

De todas formas el asunto le parecía demasiado tangencial. Estaba investigando el posible asesinato de una estudiante, no una trama de corrupción administrativa. No había nada que hiciera pensar que entre esos dos acontecimientos pudiera existir alguna clase de relación. Cerró el dossier, cansado, y miró al otro lado de la ventana, donde se alineaban las luces verdes de los taxis.

Luego volvió a mirar el dossier. No sabía muy bien por qué, pero de pronto le vino a la cabeza un pensamiento fugaz. El hilo que unía a Patricia Pálmer y a su chico con la empresa Ferticeltia era demasiado débil. Sin embargo Castro sintió una repentina emoción. Los polis suelen tener extraños cables dentro de la cabeza. Se levantó de golpe, cogió las llaves del coche del cajón de su escritorio y salió disparado hacia el garaje.

Siguió la carretera nacional rumbo a Padrón. Pasó la fábrica de paraguas, un cementerio, el pazo de Escravitude y después tomó la desviación por una carretera comarcal estrecha y medio cubierta de vegetación, con el firme en mal estado. La fábrica Ferticeltia se hallaba a veintisiete kilómetros de Santiago, en las proximidades de Caldas de Reis. Conducir le ayudaba a pensar. Sabía que, tratando con sus paisanos, la distancia más corta entre dos puntos no siempre era la línea recta. Si empezaba a hacer preguntas directamente a los operarios de la fábrica, no conseguiría más que levantar la liebre y ponerlos en guardia. Eso, en caso de que realmente tuvieran algo que ocultar. Así que optó por echar un vistazo por los alrededores de las naves y preguntar a los campesinos de la zona.

La fábrica no era muy grande, quedaba en la margen izquierda del río. Los almacenes se hallaban situados en dos naves en forma de L con estructura de hormigón y cubierta de uralita. También formaba parte del complejo un depósito de agua y un poste de alta tensión. Rodeaba todo el recinto una alambrada de espino y una verja negra cerrada con una cadena de hierro de varias vueltas y un candado. A varios metros de distancia, en el meandro del río, se veía un cobertizo abandonado que podría haber sido en tiempos una granja de animales. Castro detuvo el coche junto a un matorral que ocultaba su vista desde el camino. Buscó el paquete de tabaco que guardaba en el bolsillo trasero de los tejanos y empezó a caminar por la orilla del regato. A cincuenta metros había un paisano pescando con caña.

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