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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Se conocían desde hacía tiempo, cuando las linotipias y todo eso. Los dos eran veteranos en el oficio. Habían entrado juntos en El Heraldo y, aunque cada uno aceptaba su lugar en la cadena de mando, en privado siempre habían hablado sin trabas.

– Lo único que te pido es que la dejes trabajar conmigo. Vamos a medias en esto. Al fin y al cabo fue ella quien estableció la conexión.

– Mira, si necesitas refuerzos, no hay problema. Coge a Piñeiro o a Garraigós, pero no me hables de Márquez. Acaba de aterrizar en el periódico, no tiene experiencia, y encima es más rara que un perro verde. Además, no tengo nada claro que esté en sus cabales. No tiene amigos, va a su puta bola, no habla con nadie…

– Conmigo sí que habla -le cortó Villamil con voz firme-. Además, prefiero a la gente callada a la que va dándole el parte a toda la parroquia, como Curra Miralles.

El director de El Heraldo hizo un gesto de resignación al oír el nombre de la encargada de los ecos de sociedad, una vieja gloria que el periódico arrastraba como un lastre. No había conocido a nadie más cotilla en toda su vida.

– Míralo como quieras, Moncho, pero Márquez muy normal no es.

– Si no te fías de ella, ¿por qué la has contratado?

– Sabes tan bien como yo que no tuve otro remedio. Con la baja de Marisa, nos quedamos en cuadro. Tiene un buen expediente, eso sí que te lo reconozco. Pero de la misma manera te digo que algo le pasa. -El director dejó su estilográfica en la mesa y se echó hacia atrás en la silla como si quisiera darle un nuevo rumbo a la conversación-. Y no es sólo por lo que se comenta en la redacción.

– ¿Qué es lo que se comenta? -preguntó Villamil con cara de póquer.

– Lo del altercado y todo eso…

La expresión del periodista no era simulada. En realidad no sabía nada del asunto.

– Bueno -dijo el director antes de que Villamil tuviera tiempo de reaccionar-, parece que protagonizó un incidente serio en Portugal. Estuvo detenida varios días, en Lisboa o en el Algarve, no sé bien. Debió de armar una buena… Tuvo que intervenir la embajada.

– ¿Y eso quién lo dice?, ¿Curra Miralles?

– Tiene buenas fuentes, ya lo sabes.

– ¿Cuál fue el motivo del altercado, si puede saberse? -se interesó Villamil.

– Vete a saber… -cortó el director, dando a entender que si sabía algo del asunto no pensaba soltar prenda.

Villamil frunció el ceño, no tenía ni idea de aquello. No se imaginaba a Márquez perdiendo los estribos. Precisamente lo que le había llamado la atención en ella desde el principio era su desapego, como si le diera igual ocho que ochenta. Una actitud de indolencia que no encajaba bien con montar una bronca de tanto calibre. Pero, por alguna razón, decidió aparcar el dato en la recámara de su cerebro, quizá para evaluarlo más adelante y de momento siguió en sus trece.

– Mira, si a estas alturas no eres capaz de distinguir dónde hay una buena periodista, tal vez deberías replantearte tu trabajo -dijo en un tono ostensiblemente irritado. Que alguien hubiera estado hurgando en los antecedentes penales de una chavala de veintitrés años no le había gustado ni un pelo. Apoyaba las dos manos en el filo de la mesa con toda contundencia, enseñando el colmillo-. Tienes una redacción obsoleta. Mira a Piñeiro, que se ha tomado una semana para hacer un reportaje sobre el tema de las licencias ilegales y ha escrito una mierda burocrática que aburre hasta a las ovejas. Lo sabes perfectamente. Ni una palabra sobre las escuchas telefónicas, ni de las deudas de juego del delegado de turismo, ni nada de nada. Por no hablarte de Elenita de Tomás, con sus recetas dominicales del brazo de gitano o de las críticas literarias de Luis Airoso, que va de fino estilista y cada vez que pone a caldo una novela al autor le dan el Pulitzer o el Cervantes. Lo que se dice tener ojo clínico. Si ésos son tus periodistas experimentados, estamos jodidos. El Heraldo se va al carajo. ¿Cuándo fue la última vez que agotamos la edición?

– Precisamente por eso -replicó el director-. Ahora tenemos un buen tema, y ¿qué se te ocurre? Ni más ni menos que darle cancha a la nueva. Acojonante. Si no fuera porque le doblas la edad, pensaría que la chica te pone.

– No me jodas -rió Villamil, sarcástico, aflojándose el nudo de la corbata de color azul con dibujos de Pixie y Dixie-. Te equivocas con Márquez. Puede que no sea la persona más indicada para enviar a una recepción diplomática, pero es capaz de averiguar lo que sea, escribe como Dios y tiene olfato. Además, podría camuflarse perfectamente entre los amigos de Patricia Pálmer como una estudiante más. Solamente te pido que le des una oportunidad. Ahora bien, si quieres seguir desperdiciando sus facultades y teniéndola de chica de los recados o poniendo ladillos, bien, allá tú… -dijo con énfasis. Era su última carta, y la jugó con cuidado, intercalando un silencio significativo-. Pero no cuentes conmigo entonces para el asunto. Tengo mis reglas. Ella descubrió la relación entre la chica muerta y el manuscrito. O vamos a medias, o yo también estoy fuera.

El director de El Heraldo permaneció en silencio un par de minutos, con los dientes apretados y los ojos fijos en la primera página de la edición impresa con la foto de Patricia Pálmer. Era la misma foto de carné que había aparecido en TVG y en el resto de los medios. Al final levantó la mirada.

– Vale -dijo blandiendo la estilográfica en alto como si estuviera amonestándolo-. Tenéis cinco días. Ni uno más. Si en ese tiempo no conseguís material para una edición especial, os envío a los dos a galeras. Además, te hago responsable de lo que le pueda pasar a Márquez. Y ahora, lárgate.

Villamil sonrió sin decir palabra, como un zorro viejo.

Media hora más tarde Laura Márquez y él se dirigían a Caldas de Reis en un Fiat Punto de color gris por una carretera comarcal con muchas curvas entre campos flanqueados por muros de piedra. Había vacas pastando a uno y otro lado, y algunas casas dispersas. El limpiaparabrisas marcaba el compás de la lentitud, que es el tiempo de la espera. Dejaron atrás una fábrica de leche. Márquez parecía ensimismada. Villamil la miraba de reojo, el pelo mojado, el ceño fruncido, la rodilla huesuda al lado de la caja de cambios. No es que tuviese pinta de mosquita muerta, pero tampoco se la imaginaba batiéndose con la Guardia Nacional portuguesa en plan Lara Croft. A lo lejos asomaba la silueta azulada de los montes de Saiar.

– Nunca me cuentas nada.

Márquez se giró y lo observó con recelo instantáneo. Luego volvió a mirar hacia el frente con determinación.

– ¿Y eso a qué viene ahora? -Su rostro, vuelto hacia la lluvia, resultaba insondable-. No hay nada que contar -zanjó al tiempo que subía el volumen de la radio.

– Vale. Sólo preguntaba -se defendió él.

No tenía ni idea de por qué, pero Márquez le caía de puta madre. Envuelta siempre en aquella especie de albur que le iba y le venía. En las últimas semanas había descubierto que tenerla cerca despertaba en él una sensación insólita, no exactamente agradable, pero inesperada. Como sentirse algo tierno por dentro, lo que por otro lado no dejaba de fastidiarle un poco.

La carretera transcurría ahora entre bosques de acacias y eucaliptos. «Todos tenemos nuestro propio abismo», pensó Villamil. Al cabo de unos segundos de silencio incómodo, levantó la mano del volante y le revolvió el pelo en son de paz.

– Quita, quita… -lo apartó ella de un manotazo-. A veces eres un poco capullo -le soltó sin rencor.

Villamil sonrió y decidió que lo mejor sería cambiar de tercio.

– Pontecesures -dijo imitando el tono de un guía turístico y señalando el valle que se extendía a un lado de la carretera-, la cuna del priscilianismo.

No esperaba que Márquez estuviera muy puesta en el asunto. Al fin y al cabo la chica era de fuera, y para los no gallegos Prisciliano era un perfecto desconocido. Sin embargo, tuvo que reconocer que se había hecho una composición de lugar bastante aproximada sobre el autor del liber apologeticus y todo el corpus ideológico de su doctrina.

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