La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– Sí, pero de doble filo -le rebatió el cura-. Probablemente a la Iglesia siempre le quedó la duda de si no estaría contribuyendo con todo aquello a ensalzar de algún modo a un hereje ajusticiado. En el fondo temían que algún día todo el asunto se les pudiera volver en su contra.
A Laura le vinieron a la cabeza unos misteriosos versos atribuidos al hereje: «Soy lámpara para ti, que me ves. / Soy puerta para ti, que llamas a ella. / Tú ves lo que hago. No lo menciones. / La palabra engañó a todos, pero yo no fui completamente engañado.» No le extrañaba que el episcopado no las tuviera todas consigo.
– Imaginaos cómo sería la cosa -continuó el párroco con sorna-, que hasta hace nada la Iglesia condenaba como lacra priscilianista el pecado muy extendido entre la clerecía gallega de no cortarse el pelo.
Efectivamente, Antón Fraguas, con su melena leonada, era un buen ejemplo de ello. Villamil se rió bajito y aprovechó el comentario para darle un giro a la conversación y llevarla a su terreno.
– Entonces, ¿crees que la desaparición del Liber apologeticus puede tener que ver con la antigua pretensión episcopal de enterrar en el olvido los escritos priscilianistas? -El periodista pensaba en el comunicado de monseñor Souto Gadea reclamando que el incunable volviera a los fondos del archivo diocesano.
– A estas alturas, no creo, pero siempre puede haber algún venado que emprenda una cruzada por su cuenta…
– Quizá tenga más sentido que el robo haya sido obra de algún priscilianista -apuntó Márquez, pensativa, mientras se acercaba a los labios la taza de café-. Al fin y al cabo, para ellos es una especie de libro sagrado.
Villamil la miró de reojo. Aquello se salía de lo pactado. Se suponía que era él quien debía llevar las riendas. Últimamente Márquez no dejaba de sorprenderlo. Hacía las cosas a su manera, era orgullosa e indisciplinada, y no se parecía en nada a las mujeres que a lo largo de la vida le habían hecho perder el sueño; sin embargo, le gustaba su manera de improvisar. Jovencita y todo, demostraba tener el instinto bien adiestrado, con su trenca y su aire de escolar indefensa. La jodida niñata.
El cura también la observó unos instantes, silencioso, reflexivo, con las manos apoyadas en la pernera del pantalón.
– Podría ser -concedió-, pero no me parece lo más probable.
– ¿Qué es entonces, según usted, lo más probable? -quiso saber ella.
– Pues, teniendo en cuenta los tiempos que corren, yo pensaría en el mercado de incunables, un coleccionista de códices o algo así… Y no me trates de usted, que no soy tan mayor. -Los ojos del párroco brillaron con un reflejo extraño, y Márquez tuvo la impresión de que no estaba diciendo ni mucho menos todo lo que sabía.
– Tal vez tenga razón… -admitió ella antes de cambiar de tercio-. Pero, en cualquier caso, lo que nos preocupa no es quién pudo hacer desaparecer el manuscrito, sino por qué estaba interesada en él Patricia Pálmer.
Tocado y hundido. El nombre de la chica muerta actuó como un cortocircuito. Fue como si el sol se hubiera escondido detrás de una nube. El semblante del párroco se transformó por completo. Se incorporó en el asiento, y Villamil advirtió que por primera vez desde que habían iniciado la conversación mostraba síntomas de cierto nerviosismo, tamborileando en el brazo de la silla.
– A Patricia siempre le interesaron los temas bíblicos, desde niña -dijo. El tono irrisorio y la impostura habían desaparecido de su voz. Sus palabras sonaban vacilantes, como si estuviera hablando sin estar convencido de querer hacerlo. Hablaba con tiento-. Le llamaban la atención las sectas raras y esas cosas. Supongo que es normal a una edad. Aunque a ella el interés le duró más. Quería estudiar la especialidad de teología en Roma cuando acabara sus estudios en Santiago.
– ¿La conocías bien, entonces? -quiso saber Villamil.
Una ráfaga de viento hizo tintinear los cristales de la galería. Sonó como un dientecito de leche dentro de una caja de lata. Márquez se levantó y miró hacia afuera. El cielo tenía el color de un calcetín desteñido por muchos lavados. Le pareció ver una sombra moviéndose entre los árboles, pero no estaba segura.
– Supongo que sí -continuó el cura mirando de refilón hacia la ventana como si al otro lado se difuminara un horizonte muy lejano-. Todo lo bien que se puede conocer a una chica de veinte años. Antes de irse a Santiago, venía por aquí con mucha frecuencia. Me ayudaba con las actividades de la parroquia, organizábamos excursiones con los chavales del pueblo, partidos de futbito… Una vez trajimos a los Violadores del Verso. Le encantaba ese grupo. -Al decir eso cayó durante unos minutos en el mutismo, como si se hubiera abismado en el pozo de los recuerdos, pero se recobró enseguida-. Le gustaba participar en todo -continuó-. Era muy entusiasta. Y valiente.
– ¿Valiente?
– Sí. No se arredraba ante nada ni ante nadie. No tenía noción del peligro.
A Márquez se le encendió el piloto automático.
– ¿Insinúa que debería haber tenido miedo de algo?
– Bueno, hubo una época en que sufrimos algunas amenazas en la parroquia. Siempre hay alguien a quien no le gusta lo que haces: te pinchan las ruedas del coche, pintadas en las paredes y esa clase de cosas… En una ocasión casi queman la iglesia, tiraron un trapo envuelto en gasolina por la ventana… Pero afortunadamente la cosa no pasó de ahí.
– ¿Y no lo denunciaron?
– Hace mucho tiempo que dejé de ir a la policía a poner denuncias. No sirve de gran cosa. Nunca se puede demostrar nada por mucho que sepas quién ha sido. Pero tendríais que haber visto a Patricia entonces, parecía Agustina de Aragón, yo creo que, si los coge por banda, los hace picadillo. -El párroco hizo un gesto con la mano ahuyentando el recuerdo, como quien tira una piedra a un pozo y después se aleja-. La mayoría de los cristianos buscamos desligarnos de nuestras responsabilidades concretas, pero ella no. Creía que todas las iglesias debían encargarse de lo más urgente.
– Tengo entendido que militaba en una organización ecologista -terció Villamil.
– Sí, El Arca de Noé -confirmó el cura-, bueno, más que una organización era un club de amigos. A veces celebraban aquí sus reuniones o en algún cobertizo que les dejaban. Muchos jóvenes consideran que el ahorro energético debería ser doctrina de fe. Quizá tengan razón. Es una generación que se educó en el respeto al medio ambiente. Ya en la guardería les enseñaban a plantar pinos y a ahorrar agua. Patricia era toda una activista del reciclaje. Hace mucho tiempo que ya no organizamos nada de eso -se lamentó-. Todos los de su quinta se han ido. Me he quedado sólo con los viejos.
El cura se interrumpió, posiblemente para tomar aliento o para medir lo que había contado hasta entonces. Tal vez le pareció que había hablado más de la cuenta.
– ¿Y no has vuelto a verla desde entonces? -La conversación había entrado en terreno sensible, y ahora Villamil no estaba dispuesto a soltar las riendas.
– Sí, claro que sí. Siempre que volvía al pueblo venía a verme. -El tono del párroco se había vuelto ahora marcadamente melancólico, como si hablara para sus adentros. Márquez advirtió que podía pasar de un estado de ánimo a otro con suma rapidez sin parecer fingido, aunque tampoco totalmente franco-. A veces venía también su novio -dijo-, un chaval flaco e introvertido, se quedaba siempre jugando en la canasta mientras nosotros hablábamos de lo divino y lo humano; Robin, creo que se llama el chico. Algún fin de semana los invité a quedarse en la rectoral, pero les daba reparo dormir aquí por los vecinos, supongo, preferían irse al galpón que tiene la familia de Patricia en Sietecoros. Desde luego, es un lugar más preservado. La última vez que Patricia vino a verme fue esta Navidad. Ya se lo dije a la policía. Se disfrazó de rey Melchor en la cabalgata que organizamos para los críos, pero estaba con la cabeza en otra cosa. Yo se lo notaba. Había algo que le preocupaba. Era muy impaciente, como cualquiera a los veinte años. Le faltaba esa templanza de saber esperar. «No se hizo el mundo en un día», le decía yo para meterme con ella cuando la veía así. Pero cada edad tiene su punto, y ella estaba en la edad de no hacer concesiones.