La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– Pensé que ya no existía esa empresa -la interrumpió el comisario, que sabía que la mítica línea de transporte había pasado a mejor vida.
– Bueno, toda la vida se le ha llamado Castromil… -replicó la mujer-. No entiendo por qué hay que andar siempre cambiándoles el nombre a las cosas… Pero, a lo que iba, el caso es que por recoger el dichoso paquete tuve que ir a la misa de siete y llegué por los pelos. Apenas había nadie, cuatro o cinco personas, tal como está este tiempo… Antes ya podían caer chuzos que la gente cumplía con el precepto, pero ahora… el tiempo trae y lleva las cosas, todo el mundo está muy ocupado, qué le voy a contar. Sólo quedamos los viejos. La mujer levantó los ojos hacia el comisario, que permanecía de pie, apoyado en el borde de la mesa. No lo miraba para buscar su aquiescencia, sino como si quisiera cerciorarse del efecto que le causaban sus palabras-. Por eso me fijé en la chiquilla -continuó diciendo-. Ya le digo, no es frecuente ver a personas tan jóvenes en la iglesia. Iba vestida como van los chicos ahora, que parecen mendigos. Pero se la veía respetuosa, no como esos turistas que a veces entran en la catedral como elefantes en una cacharrería. No hizo la genuflexión, pero bajó la cabeza al cruzar por delante del altar. Parecía como si estuviera buscando a alguien, andaba mirando a un lado y a otro. Pasó varias veces junto a los confesionarios. Se ve que no estaba familiarizada con los horarios de la catedral porque, a partir de las siete, salvo excepciones, no se imparte el sacramento. Ya le digo yo que andaba un poco despistada. Si hubiera preguntado… -La mujer se detuvo como si de pronto se hubiera dado cuenta de que no procedía el comentario. Cuando se decidió a proseguir, en su voz había una especie de zozobra contenida-. Y fue ahí, junto a los confesionarios, donde se le debió de caer el teléfono, muy cerca de la pila de agua bendita. -Castro escuchaba en silencio, sin mover un solo músculo del rostro, con las pupilas muy concentradas. La mujer interpretó que en el fondo de su expectación había un punto de recelo-. Guardé el aparato en el bolso con la intención de entregárselo al padre Barcia. Yo ni siquiera sé cómo funcionan esos chismes -se excusó, como si temiera que el inspector pudiera pensar mal de ella-. Pero era ya tarde, y el padre suele retirarse pronto, así que creí que sería mejor devolverlo otro día. -La mujer se detuvo de nuevo. Iba sopesando sus palabras, como si dudase-. ¿Quién iba a pensar que ocurriría una cosa así?, pobre chiquilla. Ni siquiera a la mañana siguiente, cuando acordonaron la capilla, imaginé que pudiera tratarse de un crimen. Pensar que podría haberme cruzado con el asesino -la mujer se santiguó con aprensión-. ¡Virgen santísima! ¡Y todavía anda por ahí…!
– No se preocupe, señora -la tranquilizó Castro sobreactuando un poco-, cogeremos a ese tipo.
La incredulidad de la mujer no tenía que ver con el asesino, fuera quien fuese, ni con Patricia Pálmer ni con los detalles escabrosos de su muerte, sino con la evidencia de que un crimen de esas características hubiese ocurrido en plena catedral, y en una ciudad como Santiago, bendecida por el apóstol, donde nunca pasaba nada. Eso situaba el crimen en el mismo plano de la realidad en que todos vivían, y no en la televisión, en la sombra de una película de cine negro, ni en uno de esos reportajes de sucesos que se ven a veces, sino en las mismas calles de piedra por las que todos caminaban a diario: rúa de Válgame Dios, el Franco, el callejón de las Trompas, las Algalias, el Preguntoiro, Tránsito de los Gramáticos, Sal si Puedes…, calles siempre llenas de estudiantes vinculados desde entonces a aquel misterio, a la crueldad abstracta que había aniquilado a Patricia Pálmer. Muchos la conocían, otros le habían dado clase o habían sido sus compañeros, o habían tomado café con ella. Así, el tejido del crimen abarcaba las aulas de la universidad, los bares: El Gato Negro, O Galo, el Tumba a Dios, donde servían unas tapas de patatas bravas y tigres rabiosos que cortaban el aliento; el palacio de Fonseca, los comercios de ropa, las tiendas de ultramarinos, donde no se hablaba de otra cosa. Lo mismo ocurría en Caldas de Reis, el lugar donde había nacido la chica. Esa clase de sobrecogimiento que reina en los lugares golpeados por un aldabonazo brutaclass="underline" puertas con crespones negros, lluvia en los tejados, campanadas de funeral en la torre de la iglesia cuya resonancia lenta se va extendiendo como una sombra por toda la explanada del cementerio con sus cruces de piedra, mujeres de luto, paraguas abiertos, coronas de flores, coches mal aparcados en el arcén todo a lo largo de la carretera principal. Un día de entierro en un pueblo pequeño conmocionado por la muerte violenta de una chica muy joven, conocida por todos. Una de los suyos. Las palabras del párroco, recordándola, miles de rostros callados y cabizbajos que hacían sus propias cábalas en el camino seguido por el cortejo fúnebre. Gestos de recelo ante cualquier desconocido en la confusión de coches, paraguas y cámaras de televisión. Miradas furtivas, palabras pronunciadas en voz muy baja junto al nicho cubierto por un tejadillo bajo en el que figuraba el nombre de la familia, casas cerradas a cal y canto. Amigos, sospechosos, policías, cada uno en su lugar, pero todos cobijados bajo la misma intemperie invernal. La cercanía de una desgracia alienta un curioso sentimiento de pertenencia que no tiene que ver con la compasión, sino más bien con un sórdido afán de notoriedad. Cualquiera se sentía inmiscuido y presumía de tener información confidencial, o de conocer a la familia, o de saber de buena tinta. Así se extendían los rumores. Eso Castro lo sabía de sobra.
Pero había también otra parte, una parte que le atañía directamente porque estaba relacionada con la investigación, con el análisis de las huellas, con las tres bolsas de plástico herméticamente cerradas. Era verdad que los avances científicos habían facilitado considerablemente el trabajo policial en los últimos años, pero Castro opinaba que el mundo no había cambiado tanto, y sabía por experiencia que la mayor parte de los casos seguía resolviéndose, no por la vía de la investigación, sino por la delación. Pensaba en Roberto Caamaño, el novio de la chica, del que no se sabía nada. Lo del método analítico o deductivo para descubrir al criminal era cosa de escritores, Conan Doyle, Agatha Christie y todos los que vinieron después. De eso precisamente hablaba con Arias al abandonar el edificio de los laboratorios.
– Las novelas son las novelas y la vida es la vida. Además, Sherlock Holmes no es un policía, es un adivino, un descifrador de secretos. Jamás se ha capturado a un solo criminal utilizando sus métodos. Ningún policía ha recurrido nunca a ellos.
– Así os va -le respondió Arias. El forense era un holmesiano convencido. Bajaban por la travesía de Fonseca hacia la comisaría, alentados por la niebla de aquel invierno que tenía algo de londinense por la chica muerta y el asesino fantasma que había actuado impunemente sin dejar señales materiales ni huellas que pudieran ser rastreadas-. No me has dicho qué opinas de la cinta.
– ¿Qué voy a opinar? Está claro que hay que investigar el ámbito más próximo de Patricia Pálmer. Una persona al menos, si no dos, sabía el riesgo que corría. -Castro pensaba sin duda en la última llamada realizada inteligible sólo a tramos, la voz implorante, alterada, como coaccionada por una amenaza inminente: «Por favor, Patri, por favor, por favor, por favor…»-. ¿En qué demonios andaría metida esa niña?
VIII
– Pero, bueno, no puedo creer que me estés hablando en serio -el director de El Heraldo permanecía sentado en el despacho, jugando con la estilográfica entre los dedos. Villamil le había explicado el descubrimiento de Laura Márquez en la biblioteca y llevaba diez minutos intentando convencerlo para que dejara a la chica entrar en el caso-. ¿De verdad me estás pidiendo que deje un asunto como éste en manos de una becaria? Por el amor de Dios, Moncho.