La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
Se le había pasado el día sin enterarse. Afuera habían empezado a encenderse las luces de la calle. Miró con indiferencia el semáforo del cruce, los edificios del otro lado, bloques de pisos con balcones cerrados de aluminio. Había alquilado aquel apartamento después de su divorcio. Un espacio cómodo y funcional, pero aún no había conseguido darle un aire propio. Todavía olía un poco a pintura y a barniz de muebles nuevos. Se sentía bien teniendo un territorio suyo por donde andar descalzo, ver películas en blanco y negro de madrugada y preparar huevos fritos con beicon a las cinco de la mañana, cosas todas ellas bastante difíciles de compatibilizar con la vida en pareja. La libertad de elección conlleva siempre una cierta idea de la soledad. Sin embargo era feliz cuando Candela se quedaba a dormir.
Castro fue a la cocina y preparó la cena de la niña. Una tortilla francesa con jamón de York, un Petit Suisse de fresa y un tazón de Cola Cao con Krispies. Luego le puso su pijama favorito de Pocahontas, se la llevó a caballito a la cama y se quedó sentado en el borde, leyéndole un cuento hasta que se durmió con ese olor a yogurcito tierno que tienen los críos cuando están soñando.
Después volvió a la salita y sacó una cajetilla de tabaco del cajón que había bajo el estante de los CD. Se dejó caer en el sofá, buscó el mechero y se colocó el cigarrillo entre los labios. Era el primero de la tarde y lo saboreó con placer. «Si uno fuera capaz de fumar solamente los cigarrillos que le apetecen…», pensó.
En la pared de enfrente había un fotomural magnífico del puente de Brooklyn de noche, bajo la nieve, con los edificios iluminados de Manhattan al fondo y un tipo fumando en primer plano. La fotografía era en blanco y negro y estaba envuelta en esa neblina que tienen algunas películas de los años cincuenta. Medía 150 x 110, y estaba firmada por Eddie Sheridan. Se la había regalado un famoso abogado que había llevado un caso relacionado con el narcotráfico, César Sueiro. El tipo había metido en la trena a varios peces gordos y estaba seriamente amenazado por uno de los clanes más peligrosos de Vilagarcía, por eso había pedido protección policial. Castro estaba destinado entonces en la unidad de vigilancia. Se convirtió en su ángel de la guarda. Después de ser su sombra durante más de dos meses, una noche de confidencias ambos hablaron y bebieron más de la cuenta. El resultado acabó siendo una amistad sellada con Jack Daniel's en la que juraron ser hermanos de sangre hasta que la muerte resolviera el asunto. Afortunadamente no hubo que llegar hasta ese extremo. El abogado acabó trasladándose a un famoso bufete de Nueva York, desde donde le envió aquel regalo enmarcado. Fue lo único que Castro quiso salvar de sus gananciales. Le gustaba aquella foto. Un farol encendido y solitario, los copos de nieve cayendo despacio, un tipo fumando en el puente… La imagen se aproximaba bastante a su idea de la amistad, al menos hasta donde recordaba.
«Las oraciones interrogativas son siempre subordinadas -le había dicho Sueiro en una ocasión-. Cuando hay demasiadas incógnitas, lo que hay que buscar es la oración principal.» Pero en el caso que ahora le preocupaba a Castro el interrogante más flagrante afectaba a la propia víctima: ¿quién demonios era en realidad Patricia Pálmer?
Cuantas más vueltas le daba al caso, más importante le parecía conocer la psicología de la víctima y de su entorno más próximo. Era como si los presentimientos se fueran imponiendo sobre los datos objetivos y las reflexiones. Castro era un tipo metódico, reflexivo. Nunca antes le había ocurrido algo así. Lo único que tenía claro era que el asesinato de Patricia Pálmer no había sido espontáneo ni fruto del azar, y que la persona que lo había llevado a cabo, por propia iniciativa o cumpliendo órdenes, no había sido un loco, ni un violador, ni un delincuente habitual, sino alguien con una razón concreta y probablemente poderosa para hacerlo. Si supiera el motivo, no tendría el menor problema en dar con el asesino. Pero ¿por qué una chica de apenas veinte años, una simple estudiante, iba a suponer para alguien una amenaza tan seria que acabase llevando al asesinato?
Desde la ventana de su apartamento Castro vio las luces encendidas de los edificios de enfrente. Cada ventana iluminada representaba un enigma, igual que en el universo los planetas desconocidos. La llegada de la noche solía provocarle un cansancio gradual que no era únicamente físico. Tenía que ver con cierto desaliento y el olor a nuevo de la casa en la que vivía solo. Apagó con cuidado el cigarrillo en el cenicero que sostenía en la mano izquierda y se puso a revisar de nuevo las carpetas con los informes de los interrogatorios realizados a los amigos y las compañeras de piso de Patricia Pálmer. Lo hizo con suma concentración, con un lápiz rojo en la mano, para que no se le escapara ningún detalle. Al cabo de diez minutos volvió atrás, a la segunda hoja del informe, como si hubiera encontrado allí algo relevante. Se trataba de un párrafo que ya conocía con las declaraciones de una compañera de piso, Nerea Pintos, a las que en principio no había dado mucha importancia porque no aportaban nada sobre el día del asesinato, pero sí en cambio sobre el carácter de Patricia. «¿Habías notado algún cambio en su comportamiento durante los últimos días?», rezaba la encuesta policial. «No, bueno, no sé… Ella era así. Siempre procuraba mantenerse a la altura de… a la altura de todo lo que afirmaba.» «¿Qué quieres decir?» «Era algo que últimamente se interponía de repente entre tú y ella, una forma de estar por encima o marcar las distancias. Yo creo que era por Robin. Desde que salía con él estaba como en otro mundo. Todas cambiamos cuando nos enamoramos de un tío.» Ésa fue la frase que subrayó el comisario. O sea, que Patricia Pálmer había cambiado, y ese cambio supuestamente tenía que ver con Roberto Caamaño, estudiante de biológicas, hasta la fecha en paradero desconocido. Y, a falta de algo mejor, principal candidato a encabezar la lista de sospechosos.
Rastreó el resto de los informes, buscando más datos subliminales sobre el muchacho, pero lo único que consiguió sacar en limpio es que no gozaba de muchas simpatías entre el grupo de amistades de Patricia. Al parecer era un chico que la acaparaba demasiado, bastante guapo y un poco friki, según la expresión utilizada por otro de los interrogados. Coleccionaba culebras, salamandras y otros reptiles. Castro enarcó una ceja. «Excelentes mascotas para alguien que ha decidido desaparecer del mapa -pensó-. No hay que preocuparse de a quién dejárselos cuando uno se larga una temporada.» Los ofidios se las apañan muy bien solos. Tal como están los precios de los hoteles para animales, no deja de ser una ventaja.
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La casa rectoral era un antiguo pazo de granito con un palomar y un enorme portón de madera. Una motocicleta vieja estaba arrumbada encima de los escalones de la entrada. A un lado del edificio había un poste con una canasta de baloncesto pintada de rojo. Al otro, un huerto con árboles frutales y un gallinero. El camino de acceso era muy estrecho, lo justo para que cupiera el coche. Aparcaron al lado de una especie de leñera. Un tipo alto les salió al encuentro con uno de esos paraguas negros que pueden albergar debajo a una parroquia entera. Le acompañaba un perro labrador que ladraba empapado bajo la lluvia.