La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– No está mal -reconoció cuando ella le hizo un resumen de sus indagaciones en la red. El comentario, dicho por él, sonaba bastante halagador. No era muy dado que digamos a las alabanzas-. Como ves, el tipo fue una especie de precursor del cambio climático. Según su teoría, el Edén no era un jardín perdido, sino un auténtico paraíso terrenal que el hombre va camino de mandar a tomar por saco.
– Lo que no acabo de entender -titubeó Márquez como si pensara en voz alta- es cómo pasó de ser demonizado a convertirse en santo.
– Bueno, del martirio a la santidad no hay un trecho tan largo. Por supuesto los curas y las autoridades nunca reconocieron a Prisciliano como santo, pero los curas y las autoridades no tienen ni puñetera idea de esas cosas. El pueblo ya lo había canonizado por su cuenta y riesgo. Luego vino lo del traslado del cuerpo a Galicia para darle cristiana sepultura, las luces misteriosas en su tumba, la capilla y todo lo demás. Así se construyen los mitos.
Era cierto. No es que en Galicia no tuviera predicamento la religión oficial. Pero si algo caracterizaba a los gallegos era una actitud de perro escaldado que los llevaba a encomendarse con una vela a Dios y con otra al diablo. Por si acaso. De ahí venía el culto a los exvotos, a los difuntos, a las almas en pena. Ya los muertos.
Pasaban por una calle con edificios de cuatro alturas. La mayoría de las ventanas lucían crespones negros. Cruzaron un puente con la barandilla de hierro forjado, la corriente gris del Umia bajaba crecida, casi a la altura de los pontones. A la izquierda se veía un antiguo molino; a la derecha, el balneario de aguas termales.
– Ya estamos cerca -dijo Villamil.
– ¿Estás seguro de lo que vamos a hacer?
– Absolutamente -respondió él-. Si hay alguien que puede darnos la conexión entre los dos únicos cabos que tenemos, es él -se refería a la persona que iban a entrevistar-. Probablemente conocía a Patricia. En Caldas nos conocemos todos. Mira, allí está la capilla -dijo señalando un edificio románico de piedra con el tejado a dos aguas y un pequeño campanario porticado que daba al cementerio.
– ¿Le has adelantado algo de lo que sabemos?
– Algo, sí, claro. Lo justo para ponerlo un poco al corriente. Prisciliano, el manuscrito desaparecido y poco más. Supongo que piensa que estamos haciendo un reportaje cultural para el suplemento del domingo. Nos espera en la casa rectoral. Es un pazo precioso, ya verás. Lo ha restaurado él solo, bueno, con la ayuda de algunos vecinos. Está ahí, a la vuelta del camino de tierra.
– No me gustan los curas.
– Éste te gustará -sonrió Villamil-. Es amigo mío.
– ¿Cómo has dicho que se llama?
– Antón.
La radio autonómica acababa de emitir unas declaraciones del padre de Patricia Pálmer pidiendo justicia. A continuación, la locutora hizo un balance de los acontecimientos sin ahorrarse detalles: «Los investigadores aún no han localizado el objeto que presuntamente causó la muerte de la estudiante. La policía sólo tiene la certeza de que la muerte se produjo con un objeto contundente pero no punzante. El inspector encargado del caso, Lois Castro, declinó hacer declaraciones a la prensa…»
– Nadie sabe lo que nosotros sabemos -el tono de Laura Márquez era neutro, pero contenía una nota casi inapreciable de desafío. Miraba a través de la ventanilla como si se desentendiera del asunto-. Podrían acusarnos de ocultación de pruebas. Quizá deberíamos contárselo a la policía.
– Lo haremos a su debido tiempo -respondió el periodista-. ¿O no quieres saber qué pintaba Patricia Pálmer en la biblioteca de la universidad consultando un libro de Prisciliano pocas horas antes de que la asesinaran?
Márquez sonrió de medio lado sin responder. Un gesto cómplice que en su caso equivalía casi a una rendición en toda regla. Con Villamil no le valían trucos. Se los sabía todos, como si la viera pensar. Por eso se hallaban en un pueblo de veinte mil habitantes con balneario de aguas termales, mientras el resto de los periodistas permanecían congregados a la puerta de la comisaría y en los alrededores de la catedral. Estaban a treinta kilómetros del lugar de los hechos. Aquello empezaba a parecerse a Bernstein y Woodward.
IX
La cría estaba sentada en un cojín con la cabeza inclinada sobre la libreta, concentrada en el dibujo. Todo el espacio de la mesa estaba ocupado por sus cosas, el estuche rosa de Hello Kitty con sus lápices, la goma de borrar, las tijeras, el sacapuntas, cada cosa en su sitio. Castro la observaba desde el sofá mientras leía el periódico, el pelo rubio sujeto en una cola de caballo, el suéter de rayas marineras, el peto vaquero, la lengua curvada sobre el labio superior, como siempre que estaba muy concentrada en algún trabajo, el lápiz apretado con fuerza entre los dedos para no salirse de las dos rayas del cuaderno.
– A ver qué estás escribiendo, Candela.
– Un cuento -respondió la niña.
– ¿Ah, sí? ¿Y cómo es ese cuento?
– Pues es un cuento de un mago -contestó la niña sin levantar la cabeza del cuaderno, ensimismada, sin concederle mucha atención a su padre.
Castro pensó en todas las veces que él también se había desentendido de sus asuntos. «Ahora no, Candela, que papá está ocupado», le decía. Llevaba varios días sin prestarle atención, absorbido por el asunto de la estudiante muerta, y la cría le pasaba factura.
– Me encantan los magos -insistió tratando de recuperar el terreno perdido-. ¿Por qué no me lo cuentas?
La niña lo miró condescendiente, mordisqueando el extremo del lápiz entre los dientes.
– Bueeeeno… -dijo, poniendo cara de infinita paciencia, y empezó su relato-: Éste era un mago, tan mago, tan mago, tan mago que hasta lo perseguía la policía…
Castro sonrió débilmente con una expresión extraña en la comisura de los labios y permaneció en el sofá con las piernas cruzadas atendiendo al cuento como el buen padre que nunca había logrado ser, mientras en el tocadiscos sonaba Tears in heaven, de Eric Clapton, y él pensaba en los laberintos de la vida. Le gustaba aquella canción. El hijo de Clapton había muerto a los cinco años al caerse por la ventana de un rascacielos, y la canción hablaba de un hombre que pierde a su hijo y quiere saber cómo sería reencontrarse con él en el cielo. «Would you know my name, if I saw you in heaven…» No debía de ser fácil superar la pérdida de un hijo. No quería ni imaginar lo que él sería capaz de hacer si alguna vez le ocurriese algo a Candela. Volvió a mirarla con su suéter marinero y los ojos agrandados, moviendo mucho las manos al contar la historia del mago. Pero nadie puede proteger siempre a otra persona. Algún día dejaría de ser una niña y tendría que aprender a enfrentarse al mundo sola. Muchas veces lo pensaba cuando veía a esos adolescentes de diecisiete años que salían deshidratados de las discotecas, con la mirada perdida, igual que si salieran de un túnel y el mundo fuera un lugar desconocido y hostil, o a las cuadrillas de chavales de instituto que los sábados se juntaban para hacer botellón junto a la explanada de la estación de autobuses y dejaban el terraplén lleno de litronas de cerveza. ¿En qué momento exactamente dejaba de haber magos en la cabeza de los niños y su rastro era reemplazado por todos los atributos abstractos de la noche o del crimen? Tal vez Patricia Pálmer había tenido también su mago con un vestido verde, como el que había pintado Candela, y una chistera llena de estrellas. Castro no tenía ni idea de cuáles eran los laberintos por los que podía perderse una estudiante de filosofía, pero de lo que no le cabía ninguna duda a aquellas alturas era de que la chica se había metido por propia voluntad en la boca del lobo.