Renuncia por amor
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Renuncia por amor». Краткое содержание книги:
Blaire jamás le había dicho la verdadera razón por la que había suspendido la boda y comprendió que debía negarse a ir a vivir con él. Sin embargo, al ver cómo disfrutaba Alik de la compañía de su hijo, se sintió incapaz de decirle que no… y tampoco pudo evitar alimentar la esperanza de que, algún día, formarían una verdadera familia.
Blaire dirigió unas cuantas miraditas hacia ellos mientras fregaba los platos de la comida. Cada vez que veía a Nicky responder con una sonrisa su corazón se derretía. Si alguien que no los conociera hubiera estado observándolos habría pensado que eran una familia feliz.
La noticia de que iban a mudarse a Laramie la había mantenido despierta toda la noche. Blaire estaba segura de que Alik podía esperar a que pasaran los treinta días que iban a estar juntos para atravesar medio país y mudarse a Wyoming. Sospechaba que el repentino deseo de trasladarse no provenía sino de otro deseo, más profundo aún, de humillarla ante sus amigos. Era cruel colocarla en semejante situación.
Hasta para los Giraud resultaría violento. ¿Es que no se daba cuenta Alik de que su actitud los obligaría a mostrarse amables con ella cuando, en el fondo, tenían que despreciarla por haberle hecho daño a Alik? La sola idea le resultaba insoportable, pero era Alik quien mandaba. Tendría que reunir todo su coraje y soportarlo.
Pero no iba a ser fácil. Tener a gente alrededor significaba verse interrogada, contar más mentiras para contestar a sus preguntas. Una vez más Rick sería el tema principal de conversación.
Cuando se le ocurrió la idea de inventarse un novio, Blaire jamás pensó que aquello pudiera terminar por volverse contra ella. Tras el nacimiento de Nicky, lo único en lo que pensaba era en contarle a Alik que tenía un hijo. Poco podía imaginar que él le daría la vuelta a la tortilla para obligarla a hacer exactamente lo que quería.
Blaire comenzó a preparar un pastel para la cena y vio a Alik dejar al niño en el corralito y cerrar una de las cajas que había llenado.
– Voy a darle esto al profesor Fawson -anunció sin mirarla-. Me llevaría a Nicky, pero hace demasiado frío, y está lloviendo. Enseguida vuelvo. Cierra la puerta cuando me vaya.
Alik levantó la caja y salió del remolque, y su desaparición repentina causó el inmediato llanto de Nicky. Aquella era la primera vez que Blaire lo vería hacer eso. Alik se mostraría encantado cuando supiera que su hijo había llorado porque se marchaba.
– Tranquilo, cariño, papá volverá enseguida -se apresuró Blaire a consolarlo tomándolo en brazos.
Aliviada de verse sola unos instantes, Blaire se acercó a la puerta a cerrar con el niño en brazos. Luego se sentó en el sofá y alargó la mano para alcanzar el teléfono. Necesitaba oír una voz amiga. Era sábado, así que sus padres estarían en casa. Tenía que informarles de que iba a abandonar el estado de Nueva York.
Tras ponerse cómoda, el timbre del teléfono en la mano la sobresaltó. La pantalla mostraba que se trataba de una conferencia a través de una empresa telefónica que Alik utilizaba habitualmente. Blaire creyó que se trataría de una llamada sin importancia, de modo que contestó mientras trataba de hacer callar a Nicky con sus besos.
– Residencia del profesor Jarman.
Se hizo el silencio. Blaire pudo escuchar a alguien respirar al otro lado de la línea. La sensación de estar haciendo algo prohibido la alertó.
– ¿Qué quiere decir eso de residencia del profesor Jarman? ¿Quién está al teléfono?
Era la madre de Alik.
Blaire podría haber reconocido aquel tono perentorio de voz en cualquier parte. Sintió que algo la atenazaba los pulmones, que no podía respirar. El malestar de la noche anterior no era nada comparado con el modo en que el corazón le taladraba el pecho en ese momento. Su primera reacción fue colgar, pero enseguida se dio cuenta de que era el mejor modo de alertarla. Blaire sintió que le sudaban las palmas de las manos mientras buscaba inspiración.
¿Por qué no lo habría dejado sonar y sonar?
Nicky siempre notaba si le ocurría algo. Sabía adivinar su estado de ánimo. Su llanto comenzó a hacerse más fuerte. Blaire lo meció, rogando por que se callara.
– Soy… soy la señora Hammond. El profesor Jarman acaba de marcharse, pero enseguida volverá -contestó tratando de que su voz sonara «oficial».
– ¿Y qué estás haciendo tú en su remolque?
Blaire estaba tan tensa que, sin querer, apretó a Nicky más de la cuenta. El niño rompió de nuevo a llorar.
– Soy su… su secretaria.
– ¡Pero si no tiene ninguna! -exclamó la madre de Alik tras una violenta pausa.
– Me… me contrató la semana pasada -alegó Blaire colgando casi el teléfono.
– ¡No te creo! ¿Y qué hace ahí ese bebé? No irás a decirme que te deja llevarlo contigo a trabajar, ¿verdad? -continuó furiosa, escandalizada.
No servía de nada abrazar a Nicky, era imposible hacerlo callar. El niño se daba cuenta de que algo no andaba bien, y reaccionaba del único modo en que sabe reaccionar un niño. Aquella conversación tenía que terminar.
– ¿Quiere que le de algún mensaje? Le devolverá la llamada en cuanto vuelva.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio, un silencio que no presagiaba nada bueno.
– ¿Cómo dijiste que te llamabas?
¿Sería posible que hubiera reconocido su voz?
Blaire sintió que la boca se le quedaba seca. Nicky estaba llorando a pleno pulmón, pero el miedo la tenía paralizada. Justo en ese instante apareció Alik. Un simple vistazo a su rostro pálido fue suficiente para que todos sus rasgos se ensombrecieran.
– Ah… aquí está, un momento.
Blaire le tendió el teléfono, pero antes de que él pudiera agarrarlo se le cayó de las manos. Alik lo recogió con un rápido gesto, mirándola con ojos verdes inquisitivos.
– Es tu madre -dijo Blaire-. Por favor, no me descubras -rogó agarrando el biberón de Nicky y corriendo al dormitorio.
Blaire cerró la puerta y cruzó el estrecho espacio libre. Tras unos minutos, Nicky se calmó y terminó el biberón, pero sus ojos siguieron fijos sobre el rostro de su madre como si no confiara en que ella no volviera a ponerse nerviosa.
– ¡Oh, Nicky, Nicky! -susurró Blaire besándolo en lo alto de la cabeza-. Tengo tanto miedo… tengo que arreglar esta situación antes de que la cosa vaya a peor. ¡Ayúdame, cariño!
Aquella era la segunda vez, en el plazo de doce horas, en que la mera mención del nombre de su madre hacía palidecer a Blaire. Alik, en absoluto inmune a sus ruegos, tomó el auricular y contestó con el ceño fruncido.
– Al fin, cariño. ¡Hace falta todo un Congreso para seguirte la pista! -exclamó su madre.
La señora Jarman estaba exaltada, pero era su estado habitual. ¿Qué podría haberle dicho a Blaire para alterarla de ese modo? Minutos antes de aquella llamada, el estado de guerra latente que ambos mantenían continuaba su curso normal sin cambio alguno.
La noche anterior Blaire se había mostrado tan endiabladamente bella y atractiva, sentada en la cama con el niño en brazos, que la urgente necesidad de saber hasta qué punto estaba enamorada de Rick lo había obligado a besarla.
No hubiera debido hacerlo. Era un estúpido, debía saber que lo peor que podía hacer era acercarse a ella. Sin embargo, tratándose de Blaire, jamás podría mantener el control.
Claro estaba, aquel experimento había demostrado que Blaire era incapaz de amar a ningún hombre. Y sin embargo, una vez más, le había salido el tiro por la culata. Aquellas ascuas guardadas en lo más hondo de su ser habían cobrado vida y habían estallado de tal modo que ninguna ducha iba a poder apagarlas.
– ¿Mamá?, ¿qué tal estás? -preguntó Alik impaciente.
– Si te hubieras molestado en llamarme no habría malgastado todo el día tratando de localizarte en ese tugurio que llamas tu casa.
– No hay ningún otro lugar que pueda satisfacerme más que este -contestó Alik, harto de discutir con su madre sobre ese tema-. ¿Cómo es que llamas?
– ¿Es que necesito alguna razón especial para llamar por teléfono a mi hijo favorito?
Le había pedido que no lo llamara así desde pequeño. En una ocasión se le había escapado y lo había llamado de ese modo delante de su hermano mayor, Reed. Aquel desliz imperdonable había creado todo un mundo nuevo de sufrimiento para todos.