Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
A pesar de haber conseguido subirla a un caballo, Alice no terminaba de ver cómo narices iba a funcionar aquello. Esa muchacha no quería estar ahí. No podía caminar sin la prótesis ortopédica. Estaba claro que no le gustaban los caballos. Por lo que sabían, ni siquiera le gustaban los libros. Alice se preguntaba si aparecería al día siguiente y, cuando alguna vez cruzó la mirada con Margery, supo que ella se preguntaba lo mismo. Echaba de menos cuando cabalgaban juntas, los cómodos silencios, la forma de sentir como si estuviese aprendiendo algo con cualquier cosa que dijera Margery. Echaba de menos los estimulantes galopes por los senderos más llanos, lanzándose gritos de ánimo la una a la otra sobre sus caballos, mientras buscaban la forma de cruzar ríos y vallas y también la satisfacción que producía saltar un hoyo lleno de piedras. Quizá sería más fácil si la chica no se mostrara tan huraña: su mal humor parecía empañar la mañana y ni la espléndida luz del sol ni la suave brisa podían aliviarla. «Lo más probable es que mañana volvamos a la normalidad», se dijo Alice, tranquilizada con esa idea.
Eran casi las nueve y media cuando se detuvieron en la escuela, un pequeño edificio de madera con una sola habitación, no muy diferente de la biblioteca. Fuera tenía una pequeña zona de césped casi pelado por el uso constante y un banco debajo de un árbol. Había unos niños sentados en la puerta con las piernas cruzadas y agachados sobre unas pizarras mientras en el interior otros repetían las tablas de multiplicar en un coro exaltado.
—Yo espero aquí fuera —dijo Isabelle.
—No —respondió Margery—. Entra en el patio. No tienes que bajarte del caballo si no quieres. ¿Señora Beidecker? ¿Está ahí?
Apareció una mujer en la puerta abierta seguida por un clamor de niños.
Mientras Isabelle, con expresión de fastidio, las seguía al interior del patio, Margery desmontó de su caballo y presentó a las dos a la maestra, una mujer joven con un cuidado cabello rubio rizado y con acento alemán que, según explicó después Margery, era la hija de uno de los capataces de la mina.
—Allí tienen a gente de todo el mundo —dijo—. De todos los idiomas que os podáis imaginar. La señora Beidecker habla cuatro idiomas.
La maestra, que se mostró encantada de verlas, sacó a los casi cuarenta niños de la clase para que saludaran a las mujeres, acariciaran los caballos y les hicieran preguntas. Margery extrajo de su alforja varios libros infantiles que habían llegado esa misma semana y les fue explicando el argumento de cada uno de ellos mientras se los iba entregando. Los niños se daban empujones para cogerlos, y agachaban las cabezas mientras se sentaban para examinarlos en grupos sobre la hierba. Uno de ellos, aparentemente sin miedo ante el mulo, metió el pie en el estribo de Margery y miró en el interior de la alforja vacía por si se había dejado alguno.
—¿Señorita? ¿Señorita? ¿Tiene más libros? —preguntó una niña de dientes mellados y el pelo recogido en dos trenzas con la mirada levantada hacia Alice.
—Esta semana no —respondió—. Pero te prometo que os traeremos más la semana que viene.
—¿Me puede traer un libro de historietas? Mi hermana leyó uno y era muy bueno. Tenía piratas, princesas y de todo.
—Haré lo que pueda —contestó Alice.
—Usted habla como una princesa —dijo la niña con timidez.
—Pues tú pareces una princesa —respondió Alice y la niña se rio y se alejó corriendo.
Dos niños de unos ocho años pasaron junto a Alice en dirección a Isabelle, que esperaba junto a la valla. Le preguntaron su nombre y ella se lo dijo, sin sonreír y sin añadir nada más.
—¿Es suyo el caballo, señorita?
—No —contestó Isabelle.
—¿No tiene caballo?
—No. No me gustan mucho. —Frunció el ceño, pero no pareció que los niños se dieran cuenta.
—¿Cómo se llama?
Isabelle vaciló.
—Patch —respondió por fin antes de mirar hacia atrás, como si se preparara para que le dijeran que se había equivocado.
Un niño empezó a hablarle animadamente al otro sobre el caballo de su tío que, al parecer, podía saltar por encima de un camión de bomberos sin esfuerzo y el otro le dijo que una vez había montado en un unicornio de verdad en la feria del condado y que tenía cuerno y todo. Después, tras acariciar el hocico lleno de pelos de Patch durante un rato, parecieron perder el interés y, tras despedirse de Isabelle con un movimiento de la mano, se fueron a mirar los libros con sus compañeros de clase.
—¿No os parece estupendo, niños? —gritó la señora Beidecker—. ¡Estas buenas señoras nos van a traer libros nuevos cada semana! Así que tendremos que asegurarnos de cuidarlos, de no doblarles los lomos y, William Bryant, de no tirárselos a nuestras hermanas. Aunque nos pinchen en el ojo. ¡Hasta la semana que viene, señoras! ¡Os estamos muy agradecidos!
Los niños se despidieron alegres, levantando las voces en un crescendo de adioses y, cuando Alice miró hacia atrás un rato después, aún había algunas caras blancas mirando desde las ventanas y moviendo las manos con entusiasmo. Alice vio que Isabelle les miraba y notó que tenía una media sonrisa en la cara. Era algo lenta y melancólica, casi sin alegría, pero una sonrisa al fin y al cabo.
Se alejaron en silencio hacia el interior de las montañas, siguiendo los estrechos senderos que bordeaban el arroyo y permaneciendo en fila india, Margery al frente y manteniendo un ritmo deliberadamente constante. De vez en cuando, decía algo y señalaba hacia los puntos de interés, quizá con la esperanza de que Isabelle se distrajera o, por fin, expresara un poco de entusiasmo.
—Sí, sí —dijo Isabelle con desdén—. Es la Roca de la Doncella, ya lo sé.
Margery se giró sobre su silla de montar.
—¿Conoces la Roca de la Doncella?
—Mi padre me obligaba a pasear con él por las montañas cuando empecé a recuperarme de la polio. Varias horas al día. Decía que si usaba mis piernas lo suficiente se igualarían.
Se detuvieron en un claro. Margery desmontó y sacó de su silla una botella de agua y unas manzanas, se las pasó y, después, dio un trago a la botella.
—Y no funcionó —dijo señalando con la cabeza la pierna de Isabelle—. Lo de los paseos.
Isabelle la miró con los ojos bien abiertos.
—Nada va a funcionar —contestó—. Soy una lisiada.
—Qué va. No eres eso. —Margery se frotó una manzana en la chaqueta—. Si lo fueras no podrías andar ni montar a caballo. Es evidente que puedes hacer las dos cosas, aunque eres un poco terca. —Margery le ofreció el agua a Alice, que bebió con ansia y, después, se la pasó a Isabelle, que negó con la cabeza.
—Debes de estar sedienta —señaló Alice.
Isabelle apretó la boca. Margery se quedó mirándola fijamente. Al final, sacó un pañuelo, limpió el cuello de la botella de agua y, después, se la pasó a Isabelle, a la vez que miraba brevemente a Alice con los ojos ligeramente en blanco.
Isabelle se la llevó a los labios y cerró los ojos mientras bebía. Le devolvió la botella, se sacó un pequeño pañuelo de encaje del bolsillo y se limpió la frente.
—Hoy hace un calor espantoso —admitió.
—Sí. Y no hay mejor lugar en el mundo que el frescor de las montañas. —Margery bajó hasta el arroyo para rellenar la botella y volvió a apretarle bien el tapón—. Concédenos a mí y a Patch dos semanas, señorita Brady, y te prometo que, con piernas o sin ellas, no vas a querer estar en ningún otro sitio de Kentucky.
Isabelle no parecía convencida. Las mujeres se comieron las manzanas en silencio, dieron a los caballos y a Charley los corazones y, después, volvieron a montar. Esta vez, advirtió Alice, Isabelle subió sola y sin quejarse. Estuvo un rato cabalgando detrás de ella, observándola.
—Te han gustado los niños. —Alice avanzó para colocarse a su lado cuando volvieron a ponerse en camino junto a un largo campo de hierba. Margery iba a cierta distancia por delante, cantando en voz baja para sí o quizá para el mulo. A menudo, costaba saberlo.