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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Eso esperamos.

– Entonces… con el mismo porcentaje… las pérdidas por fraude serán de más de veintidós millones.

Vandervoort dijo secamente:

– Es preferible hablar de porcentajes. De ese modo no parece tanto, y los directores no se alarmarán.

– Me parece bastante cínico.

– Sí, eso creo.

Y sin embargo, razonó Alex, era una actitud que los bancos, todos los bancos, tomaban. Aceptaban, deliberadamente, el crimen en las tarjetas de crédito, y también las pérdidas, a costa de hacer negocios. Si cualquier otro departamento del banco mostraba una pérdida de siete millones y medio de dólares en un año, el escándalo estallaba en la Dirección. Pero, en lo referente a las tarjetas de crédito, «tres cuartos del uno por ciento» en la criminalidad era aceptado, o convenientemente ignorado. Las alternativas -una lucha de frente contra el crimen- serían mucho más costosas. Podía decirse, naturalmente, que la actitud de los banqueros era indefendible, porque al fin eran los clientes -los dueños de las tarjetas de crédito- los que pagaban el fraude con aumento de los costos. Pero, desde el punto de vista financiero, la actitud era consecuente para los negocios.

– Hay veces -dijo Alex- en las que el sistema de tarjetas de crédito se me atraganta, o por lo menos, en parte. Pero vivo dentro de los límites de lo que creo poder realizar en cuanto a un cambio, y sé lo que no puedo hacer. Lo mismo ocurre con las prioridades del presupuesto.

Tocó la agenda de cuero que Wainwright había puesto en el escritorio.

– Déjeme intentarlo. Ya he prometido hacer lo que pueda.

– Si no tengo noticias iré a golpear a su escritorio.

Alex Vandervoort se fue, pero Nolan Wainwright fue demorado por un mensaje. Pedían al jefe de Seguridad que se pusiera en contacto con mistress D'Orsey, gerente de la sucursal principal, inmediatamente.

7

– He hablado con el FBI -informó Nolan Wainwright a Edwina D'Orsey-. Enviarán mañana dos agentes especiales.

– ¿Por qué no hoy?

Él hizo una mueca.

– No tenemos el cuerpo del delito; ni siquiera ha habido tiroteo. Además, tienen sus problemas. Carecen de personal.

– ¿Acaso no nos pasa a todos lo mismo?

– Entonces, ¿puedo dejar que los empleados vuelvan a sus casas? -preguntó Miles Eastin.

Wainwright contestó:

– Todos menos la muchacha. Quiero hablar otra vez con ella.

Empezaba a anochecer y hacía dos horas que Wainwright había respondido a la convocatoria de Edwina y se había encargado de la investigación por la pérdida de caja. Entretanto había recorrido el mismo camino recorrido antes por los funcionarios de la sucursal, interrogando a la pagadora, Juanita Núñez, Edwina D'Orsey, al contador Tottenhoe y al joven Miles Eastin, contador ayudante.

También había hablado con otros cajeros, que trabajaban cerca de la muchacha Núñez.

No queriendo llamar la atención en la plataforma, Wainwright había elegido una sala de conferencias en la parte trasera del banco. Estaba allí ahora con Edwina D'Orsey y Miles Eastin.

Nada nuevo había surgido, fuera de la presunción de robo; por lo tanto, de acuerdo con la ley federal, había que llamar al FBI. La ley, en tales ocasiones, no siempre se aplicaba estrictamente, como Wainwright sabía muy bien. El First Mercantile American y otros bancos, con frecuencia calificaban los robos de dinero como «desapariciones misteriosas» y, de este modo, tales incidentes podían manejarse internamente, evitando los juicios legales y la publicidad. De este modo si algún empleado del banco era sospechoso de robo, era únicamente despedido, ostensiblemente por algún otro motivo. Y como los culpables no estaban inclinados a hablar, un sorprendente número de robos quedaba en secreto, incluso dentro del mismo banco.

Pero la pérdida presente -suponiendo que fuera un robo- era demasiado grande y flagrante para que pudiera quedar oculta.

Tampoco era buena idea aguardar, esperando nuevas informaciones. Wainwright sabía que el FBI iba a enojarse si lo llamaban varios días después del hecho, para investigar en una huella fría. Hasta que llegaran los agentes del FBI, él iba a hacer todo lo que pudiera hacer.

Cuando Edwina y Miles Eastin dejaron la pequeña oficina, el ayudante contador dijo, para cooperar:

– Mandaré a mistress Núñez.

Un momento después la figura pequeña, delgada de Juanita Núñez apareció en la puerta de la oficina.

– Adelante -dijo Nolan Wainwright, y ordenó-: Cierre la puerta. Siéntese.

Su tono era oficial y directo. El instinto le decía que una amistad fingida no iba a engañar a la muchacha.

– Quiero oír de nuevo toda la historia. Vayamos paso a paso.

Juanita Núñez parecía enfurruñada y desafiante, como había estado antes, aunque ahora había en ella huellas de fatiga. Con un súbito relámpago de ira, objetó sin embargo:

– Por tres veces he hecho esto. Lo he dicho todo.

– Tal vez haya olvidado algo las tres veces.

– No he olvidado nada.

– Entonces esta vez será la cuarta y, cuando llegue el FBI será la quinta, y tal vez haya una sexta -siguió mirándola a los ojos y mantuvo la autoridad en la voz, pero no la levantó. Si yo fuera un funcionario policial, pensó Wainwright, tendría que prevenirle de cuáles son sus derechos. Pero no lo era, y no iba a hacerlo. A veces en una situación como ésta, las fuerzas de Seguridad privadas tenían ventajas de las que no disponía la policía.

– Ya sé lo que piensa -dijo la muchacha-. Usted cree que voy a decir algo diferente, para poder probar que estoy mintiendo.

– ¿Y está mintiendo?

– No.

– ¿Entonces por qué se preocupa?

La voz de ella tembló.

– Porque estoy cansada. Quisiera irme.

– Yo también quisiera. Y si no fuera porque faltan seis mil dólares… que usted reconoce haber tenido antes en su poder… terminaría hoy el trabajo y me iría a casa. Pero el dinero falta y queremos encontrarlo. Por eso debe contarme otra vez lo que pasó esta tarde… cuando vio por primera vez que algo andaba mal.

– Es como le he dicho… sucedió veinte minutos después del almuerzo.

Él leyó el desprecio en los ojos de ella. Más temprano, al empezar a interrogarla, había sentido que la actitud de la muchacha era más dócil hacia él que hacia los otros. Sin duda porque él era negro y ella era portorriqueña y, por esto, suponía que podían ser aliados o, quizá que él sería más blando. Pero ella no sabía que, cuando se trataba de una investigación, él era ciego para los colores. Tampoco le importaban los problemas personales que la muchacha pudiera tener. Edwina D'Orsey los había mencionado, pero ninguna circunstancia personal, ante los ojos de Wainwright, justificaba jamás el robo o la deshonestidad.

Naturalmente, la muchacha Núñez no se había equivocado al pensar que él quería cogerla en alguna variante de la historia. Y podía suceder, pese a su obvia precaución. Se había quejado de estar cansada. Como investigador experimentado, Wainwright sabía que la gente culpable cuando estaba cansada, solía cometer errores en el interrogatorio, un pequeño error primero, después otro y otro, hasta quedar atrapados en una red de mentiras e inconsistencias.

Preguntándose si esto iba a pasar ahora, apremió.

Pasaron tres cuartos de hora en los cuales la versión de los hechos dada por Juanita Núñez siguió siendo idéntica a la que había dado antes. Aunque quedó desilusionado por no haber descubierto nada nuevo, Wainwright no se impresionó abiertamente con la coherencia de la muchacha. Su origen policial le hizo comprender que tal exactitud sólo podía tener dos interpretaciones: o bien ella decía la verdad, o bien había ensayado tan cuidadosamente el relato que lo repetía a la perfección. Lo último parecía más probable, porque la gente inocente generalmente cometía alguna leve variación entre uno y otro relato. Era un síntoma que los detectives habían aprendido a buscar.

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