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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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«Vaya -pensó-, nunca se sabe… Realmente nunca se sabe.» Recogió sus cosas. Apagó el monitor y se dirigió al mostrador del registro con la intención de comprobar quién o quiénes habían consultado el manuscrito en las semanas anteriores a su desaparición.

El mostrador de registro se hallaba en un extremo del pasillo, frente a los ascensores. La secretaria era una mujer de mediana edad con unas uñas artificiales de porcelana.

– Hola, me llamo Laura Márquez. Estoy trabajando en una tesis de historia medieval -mintió-, y me vendría bien consultar los fondos protegidos. ¿Podría informarme de los requisitos necesarios para acceder a la planta baja?

– Lo primero es un informe de tu director de tesis, después tienes que rellenar el formulario que figura en la página web y cursar una solicitud al director del archivo.

– ¿No podría proporcionarme usted una fotocopia del impreso? -preguntó con la esperanza de hacerla abandonar su puesto durante unos minutos, los suficientes, esperaba, para que le diese tiempo a consultar el registro.

La secretaria la miró de arriba abajo con ojos escrutadores, pero finalmente accedió a su petición. Mientras se dirigía de mala gana a las oficinas de administración, Laura miró hacia uno y otro lado del pasillo. Le faltaba el aire como si hubiera estado corriendo, pero estaba demasiado emocionada para darse cuenta. El taconeo de la funcionaría marcaba su tiempo como la banda sonora de una película de suspense. No podía permitirse perder un solo compás. Se inclinó sobre el teclado del ordenador con el corazón latiéndole en el pecho como una ranita enjaulada y pulsó el código de Liber apologeticus, C 407 PR. La lista parecía larga. Tuvo que cliquear varias veces, temiendo que no le diera tiempo de llegar al final. Oyó en la estancia contigua el lento chirrido de una manilla al girar y luego el clic de la puerta. El tiempo se detuvo un instante. Alguien parecía estar manteniendo una charla sobre la reparación del tóner en la sala de fotocopias. Hizo clic de nuevo y por fin aparecieron los datos relativos al último mes. Fue entonces cuando sintió el estallido de un relámpago en el centro mismo del cerebro, como si de pronto se hubiera iluminado una ciudad entera dentro de su pensamiento.

– ¡Hostia! -exclamó casi en voz alta antes de apuntar a toda velocidad los datos y salir de allí corriendo tan de prisa que casi se estampa de narices contra el tipo con pinta de Indiana Jones, que se hallaba en ese momento en la puerta de los ascensores.

– ¿Se encuentra bien, señorita?

– Sí -balbuceó sin detenerse. Pero todo le daba vueltas. La sorpresa le había producido una sensación de vértigo, parecida a cuando un barco da un bandazo.

Afuera el cielo estaba gris y bajo, lo que acentuaba su sensación de hallarse en el interior de un naufragio. No sabía qué hacer. Desde la marquesina de un café hizo una llamada al móvil de Villamil.

– El número marcado no se encuentra disponible. Si quiere dejar un mensaje…

La sensación de inestabilidad iba a más, como si al alargar la mano en busca de un asidero no lo encontrara donde se suponía que debía estar. De modo que tomó aire y procuró tranquilizarse recordando la máxima del capitán del Nan-Shan en Tifón: lo fundamental es poner proa al viento y no perder la cabeza, se dijo. Si a un personaje de Conrad le había servido para dominar un barco con doscientos culis chinos a bordo, a ella también le debería funcionar para controlar sus emociones. Entró en el café y se sentó en una esquina, tratando de poner orden en sus ideas. Al otro lado de la cristalera unos estudiantes charlaban animadamente. Miró el reloj: las 13.05. Volvió a llamar a Villamil sin éxito. Dejó un mensaje en su buzón de voz.

Al fin, pasados diez minutos, sonó su móvil.

– Aleluya, ¿dónde te habías metido? -le espetó, desabrida, por todo saludo.

– En una sauna balinesa, si te parece -respondió Villamil-. ¿No ves los telediarios o qué, Márquez? Estoy hasta arriba con el asunto de la muerta.

– Pues de eso quería hablarte.

– ¿Qué pasa?

– Adivina quién fue la última persona que solicitó consultar el Liber apologeticus… -Laura prolongó el silencio todo lo que pudo-. ¡Patricia Pálmer! -exclamó al cabo de unos segundos tratando de controlar la adrenalina-. Tengo el número de su carné de biblioteca: B-5326/Y.

– ¡No puede ser! -respondió Villamil, incrédulo-. ¿Estás segura? ¿Cuándo?

– Yo tampoco me lo podía creer. Fue el 25 de febrero a las 17.35. El mismo día en que murió.

– La hostia puta, niña. ¿Hay alguien más que sepa esto?

– Nadie. Bueno, eso creo.

– Vale. Tardo menos de media hora en llegar al periódico. Espérame allí. Y no hables con nadie. ¿De acuerdo?

– Bien.

Laura se quedó un rato con el móvil en la mano después de cortar. Al otro lado de la calle había una pequeña iglesia románica con el portón verde. Sobre la clave de la triple arquivolta destacaba una escultura sedente de la Virgen en avanzado estado de gestación. Había pasado cientos de veces por delante, pero nunca hasta ahora se había fijado en ese detalle.

VII

El instituto anatómico forense era un edificio nuevo y anodino que se hallaba detrás de la Facultad de Medicina, a diez minutos de la comisaría, y allí se encontraban también algunas de las dependencias de la policía científica. En un cuartito del segundo piso, al lado del laboratorio, estaba el locutorio de sonido, en el mismo pasillo que los despachos, una habitación pequeña e insonorizada como los estudios de una emisora de radio. De un gancho colgaban los cascos de audición y una bolsa amarilla de supermercado llena de cables. Castro se colocó los auriculares.

– Rebobina otra vez -dijo el forense. Estaba de pie, al lado de la mesa de grabación, con los zuecos blancos que usaba siempre en el laboratorio.

Una agente rubia y atractiva con los labios delicadamente pintados de un tono rosa transparente subió el mando del ecualizador y pulsó la tecla roja. El forense había encendido un cigarrillo, su expresión era grave, pero mantenía la mirada serena tras el humo.

Lo primero que se oyó fue una voz de mujer joven, una estudiante sin duda: «Patri, soy Elena. Que no he ido hoy a clase de Fidelius. Ya te contaré… Pero necesito que me pases los apuntes. Si puedes, tráemelos al Moore's esta noche, ¿vale? Un beso.» A continuación vino una voz de hombre, grave, con un marcado acento gallego, que preguntaba si había recibido ya la transferencia para el piso.

– Ése es su padre -dijo Castro reconociendo la voz.

El siguiente mensaje también procedía de una voz masculina, pero más joven e irónica: «¿Dónde te has metido? ¿Vas a volar el planeta o qué? Llámame, tengo buenas noticias.» No se despedía, ni decía quién era, como si no hiciese falta. Alguien de confianza, sin duda.

– Atento ahora -dijo Arias mientras le hacía un gesto a la agente para que subiera el volumen.

Al principio se oyó un sonido que podía ser el chasquido de una lengua, y luego una voz rara, difícil de identificar en cuanto a edad o sexo, ya que forzaba artificialmente los agudos, como suele hacer todo el mundo de un modo inconsciente cuando está asustado o implora algo: «No vayas, no sabemos de qué va ese tío. Por favor, déjame hablar contigo.» Castro se apartó un poco el auricular del oído y entonces le pareció que la persona que había dejado el mensaje respiraba de un modo entrecortado, como si estuviera corriendo o haciendo algún esfuerzo físico que le debilitaba la voz, o quizá estuviera llorando: las lágrimas también consumen gran cantidad de energía y modifican el tono haciéndolo más estridente e infantil. Durante unos segundos la comunicación entró en una zona de interferencias o baja cobertura en la que resultaba imposible comprender nada. Se trataba de palabras fragmentadas, inconexas: «…-amos…, -ave», aunque también podía ser «sabe», o tal vez «cabe». Al final la conexión volvió a restablecerse: «Por favor, Patri, por favor, por favor, por favor…», continuaba la voz implorante como una letanía cada vez más débil, hasta quedar completamente oculta por un claxon de tráfico tan estridente que a Castro le sonó como un trallazo en el oído.

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