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Электронная книга - «Fantasmas del pasado». Краткое содержание книги:

El doctor Jock Blaxton era un estupendo obstetra y adoraba a cada niño que ayudaba a traer al mundo. Sin embargo, su pasado le impedía tener uno propio. Su relación con las mujeres era muy problemática. No solía salir más de dos veces con ninguna, pero la doctora Tina Rafter, que llegó para cuidar a los hijos de su hermana y comenzó a trabajar en el hospital de Gundowring, lo deslumbró.
¿Estropearían su relación los fantasmas del pasado?
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Antes de que alcanzaran la cima Jock sacó su teléfono móvil del bolsillo para avisar del incendio. Tina no pudo oír lo que decía debido al estruendo de las llamas.

– Kate… soy el doctor Blaxton. Estoy en la carretera de Slatey Creek, cerca de Black Hill. Ha habido un gran accidente. Necesito que venga una ambulancia y los bomberos. Varios coches. Hay un incendio enorme. Y avisa a la policía también, Kate. No. Ha debido haber heridos, pero no sé cuántos. Pero ponte en lo peor. Date prisa, Kate.

Jock cortó la comunicación y se dirigió a la cima, a la que Tina ya había llegado. Lo que vio al llegar le dejó horrorizado. Ambos se quedaron sin aliento. Había un camión cisterna que llevaba gasolina cubierto por las llamas. Debía de haberse salido de la autopista antes de estallar porque estaba como a treinta metros de la carretera.

También se veía un coche al pie de la colina. Estaba iluminado por las llamas, pero no se había incendiado, ya que estaba al otro lado de la autopista y de él estaban saliendo tambaleantes los adolescentes que pocos minutos antes habían visto Tina y Jock.

Tina se volvió hacia el camión de nuevo y se quedó mirándolo fijamente. De pronto, aunque resultara increíble, le pareció ver un hombre. ¿Sería el conductor? Lo cierto era que se podía ver a un hombre iluminado por las llamas. Un hombre que había sobrevivido a ese infierno.

Jock ya lo había visto y había echado a correr hacia él a toda velocidad. Tina le siguió. Milagrosamente, el hombre estaba prácticamente ileso. Le sangraba una herida en su rostro, pero se podía mantener en pie por sí mismo. Y de hecho, la camisa estaba intacta por lo que las quemaduras debían de ser poco importantes.

Tina resopló aliviada cuando lo vio de cerca. Jock le estaba ayudando a alejarse del fuego. El calor resultaba insoportable. Tina se puso al otro lado del hombre y entre ella y Jock le ayudaron a llegar a la carretera.

– ¿Hay alguien más en el camión? -le preguntó Jock a través del estruendo de las llamas. El calor apenas le dejaba hablar-. ¿Alguien más?

El hombre sacudió la cabeza, incapaz de ni siquiera decir «no». Apenas podía sostenerse en pie. Sólo Dios sabía el esfuerzo que debía haber hecho para salir del camión. Luego oyeron otra explosión y la onda expansiva les empujó hacia delante.

Tina se tambaleó, aunque pudo recuperar el equilibrio. Sintió el calor a través de sus finas ropas, que evidentemente no eran las de un bombero. Y el calor cada vez era mayor. Finalmente, Jock y ella consiguieron conducir al hombre hasta el otro lado de la carretera, donde estaba el coche de los adolescentes, suficientemente alejado del incendio como para no correr peligro.

Dejaron al conductor sobre la hierba que había al lado de la carretera y Jock se arrodilló para examinarlo. Tina se quedó de pie, observándolo todo a su alrededor, sin perderse detalle. Estaba trazando el plan de acción, estudiando cuáles eran las prioridades.

Vio cómo Jock se rasgaba la chaqueta para vendar la herida del conductor, que sangraba profusamente. El hombre temblaba corno una hoja y no paraba de sollozar, pero aparte del corte de la cara y de unas' quemaduras no parecía que hubiera sufrido más daños. Así que la atención de Tina se desvió hacia los adolescentes.

¿Cuántos eran? Uno, dos, tres, cuatro. Había cuatro chicos fuera del coche. Tina trató de imaginárselos antes de entrar en el coche y, efectivamente, había visto a cuatro.

Respiró aliviada. Parecía que no iba a haber ningún herido grave. Si el conductor del camión estaba bien y los cuatro adolescente estaba fuera de peligro…

Pero luego… Tina miró más de cerca al coche y la invadió el miedo. No tenía sentido, no podía ser… No. Quizá se equivocara. Y Dios sabe cuánto le hubiera gustado equivocarse.

– ¿Estás bien? -preguntó al adolescente que había más cerca de ella. Su novia estaba vomitando un poco más allá. Mitad por la borrachera, mitad por la impresión, pensó Tina-. ¿Hay alguien herido?

– Doctora…

El chico la reconoció. Al verle más de cerca, Tina reconoció a un muchacho al que había atendido la semana anterior, al haberse lastimado jugando al fútbol.

– ¡Oh, doctora…!

– ¿Hay algún herido, Simon? -le preguntó, agarrándole de los hombros, forzándolo a centrar la atención.

– Andrew cree que se ha roto el brazo y Syl… Syl se lastimó el pecho y está enferma. Pero el coche… La gente del coche…

– ¿Hay alguien más en el coche? -preguntó Tina, tratando de bloquear el miedo que había sentido momentos antes. Se dirigió hacia el coche, pero Simon la detuvo.

– No, doctora, no este coche. El coche que chocó contra el camión.

Hay momentos en la vida que más valdría olvidar. Y ese era uno de ellos.

Tina se volvió lentamente y se quedó mirando fijamente al camión, deseando que Simon estuviera equivocado. Deseando que se lo hubiera imaginado. Tina no podía ver ningún otro coche. Sólo podía ver el camión, ardiendo. Pero… Pero…

Volvió a mirar a Simon y se dio cuenta de que el chico no se lo había imaginado. Simon estaba tan pálido como debía estar ella. Tina se había dado cuenta de que el coche de los chicos no estaba tan mal como para haberse chocado con el camión. La única explicación era que el camión se hubiera chocado con otro coche y por eso se había incendiado al otro lado de la carretera.

Sintió que el estómago se le revolvía, mientras trataba de adivinar dónde podía estar ese otro coche. En realidad, ya lo sabía. Sólo había una posibilidad. Así que echó a correr hacia el otro lado de la carretera.

Se dirigió hacia el camión, a pesar de que el calor era casi insoportable. Escuchó cómo la llamaba Jock. Pero lo ignoró. Aunque de estar en lo cierto, no habría nada que hacer. Estaba segura.

Pero tenía que asegurarse…

Rodeó el camión a cierta distancia para ver el otro lado. Iba corriendo a pesar de que se le salían las sandalias continuamente. Iba con la mano tapándose la boca para no respirar los escombros que flotaban a su alrededor, así como la ceniza y la gasolina evaporada. Y allí estaba. Un completo horror. Los hierros retorcidos que una vez fueron un coche familiar, empotrados contra el lateral del camión y cubiertos por las llamas.

Y luego lo pudo ver… Tina se echó sobre la hierba y cerró los ojos. Y le llevó un largo tiempo recuperar el coraje suficiente como para abrirlos de nuevo.

Jock y Tina trabajaron sin parar, a pesar de la fuerte impresión. Y el resto del equipo sanitario de Gundowring también trabajó de firme.

El conductor tenía quemaduras de segundó grado en el rostro y las manos. Había perdido algo de pelo y mucha sangre, pero estaba vivo.

– Se lo merece -le dijo el jefe de policía a Tina cuando llegaron al hospital para tomar declaración a los muchachos-. El conductor del camión chocó con el coche, pero no frenó. Si hubiera frenado, ahora estaríamos hablando de siete muertos, en vez de tres. El coche de los chicos se habría quemado también. Pero por las huellas de los neumáticos, sabemos que el hombre aceleró al darse cuenta de que la carga que llevaba explotaría por el golpe, y así se alejó del coche de los chicos. Consiguió desviarse unos treinta metros y luego saltó. No fue culpa suya que el otro coche se chocara contra el lateral y se viera arrastrado por el camión.

– ¿Estaban…? -preguntó Tina.

El policía sacudió la cabeza al adivinar lo que ella quería preguntar.

– Creo que la muerte debió de ser inmediata, aunque los cuerpos estaban carbonizados.

– Pero ¿cuál fue la causa de todo? -preguntó Tina, horrorizada.

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