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Электронная книга - «Fantasmas del pasado». Краткое содержание книги:

El doctor Jock Blaxton era un estupendo obstetra y adoraba a cada niño que ayudaba a traer al mundo. Sin embargo, su pasado le impedía tener uno propio. Su relación con las mujeres era muy problemática. No solía salir más de dos veces con ninguna, pero la doctora Tina Rafter, que llegó para cuidar a los hijos de su hermana y comenzó a trabajar en el hospital de Gundowring, lo deslumbró.
¿Estropearían su relación los fantasmas del pasado?
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– No hay problema, Heather -declaró suavemente-. No hace falta que me mire así. Su cuerpo está tan acostumbrado a expulsar niños, que quiere expulsar todo lo demás. Pero no pasa nada. Sabes que cuando te quitas un calcetín, a veces se da la vuelta. Lo único que hay que hacer es ponerlo bien y meterlo en su sitio. Ese es mi trabajo ahora.

– Pero…

– ¿Cómo ha sucedido? -preguntó Jock, con una sonrisa en los labios que hizo borrar toda la tensión del cuarto-. ¿Dónde está el culpable? -el doctor buscó una cuna en la habitación-. ¿Todo este lío y no hay niño?

– La enfermera… la llevó a la incubadora -dijo Heather.

– ¿Es una niña?

– Sí.

– ¿Y cómo vais a llamarla? -preguntó, hablando como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Miró a Tina para que se diera cuenta que había que evitar que siguiera la hemorragia, pero sus actos eran firmes y tranquilos.

Jock fue hacia el lavabo y se lavó las manos para hacer un examen detenido. Luego volvió, todavía esperando una respuesta.

– ¿Cómo va a llamarla? -preguntó de nuevo, notando que el terror de los ojos de Heather había desaparecido.

– Marguerite. La vamos a llamar Marguerite -dijo la mujer-. Por la madre de Michael.

– Ese es un nombre muy bonito. Enseguida iré a conocerla, pero primero tendremos que dar la vuelta al calcetín.

– ¿Cómo…? ¿Cómo…? -comenzó Michael Wardrop, -con el rostro pálido, mientras observaba lo que sucedía a su mujer.

– Es un procedimiento sencillo, pero es más fácil, menos doloroso, si Heather se duerme mientras lo hago. Así que, si no le importa, Heather, la doctora Rafter va a anestesiarla para que yo pueda dar la vuelta al calcetín. Le daré un par de puntos para que se quede en su lugar y luego se pondrá bien. ¿De acuerdo, Heather?

– De acuerdo -dijo la mujer aliviada, cuyo terror había dado paso a un agotamiento absoluto.

– Pero creo que tengo que preguntar algo -dijo Jock, mientras examinaba el daño provocado-. ¿Está en sus planes tener más hijos? Lo coseré mejor si sé que no van a venir más hijos como éste lo ha hecho.

– Oh, doctor, no habrá más hijos -exclamó Heather sin aliento-. En realidad no habíamos planeado tener éste, pero seis… bueno, seis es un buen número y yo tengo cuarenta y tres años y Michael cuarenta y siete. Creo que ya es suficiente, ¿no te parece, Michael?

– Claro que sí -contestó su marido con fervor-. No habíamos pensado tener otro, fue un accidente. Pero ahora… -el hombre tomó la mano de su esposa y miró a Jock esperanzado-. Usted cure a mi esposa, doctor -suplicó-. ¿Lo hará?

– ¿No cree que deberíamos mandarla a Sydney? -preguntó nervioso Sam-. ¡Diablos, doctor! Esto tiene un aspecto horrible.

– Parece peor de lo que es -declaró secamente Jock.

Sam iba a ponerlos a todos histéricos si no se callaba. Jock dio la espalda a Sam y miró a Michael y su mujer con una sonrisa tranquilizadora.

– Y ahora, sé que la doctora Rafter y yo parecemos unos médicos un poco extraños, pero debajo de los trajes de fiesta y las medias de seda de la doctora Rafter, somos dos grandes profesionales. Tina es una anestesista estupenda y yo he tratado muchos partos como éste. Podemos curarla si nos lo permiten. También podemos enviarla a Sydney si quiere, Heather, pero será un viaje largo e incómodo y no hay necesidad. ¿Confía en nosotros? ¿Confía usted, señor Wardrop?

– Claro que sí -contestó el hombre.

Tina vio en la sonrisa del hombre que la ansiedad había desaparecido de sus ojos. La sólida confianza de Jock estaba surtiendo efecto. El hombre miró a Tina, con su vestido provocativo y a continuación a Jock, finalmente miró a su esposa con una sonrisa.

– ¿Confiamos en esta pareja, Heather? Parece que salen de una revista de moda.

– Sí -respondió Heather, sonriendo débilmente. Luego echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos-. Siempre he tenido debilidad por los hombres con traje oscuro. Me resultan muy atractivos. Así que deja que el doctor Blaxton haga lo que quiera conmigo, Michael Wardrop.

Pareció sumergirse en un sueño profundo antes de que Tina ni siquiera preparara la anestesia.

No era un caso tan sencillo como Jock estaba diciendo. Tardó dos horas en terminar y asegurarse de que el daño había sido rectificado. Jock se alegró de que los Wardrop hubieran dicho que no iban a tener más hijos.

– Porque con esta cantidad de puntos el próximo tendrá que ser con cesárea. Puede que éste debiera de haber sido también así, por el tamaño del bebé. Sam debería de haber pedido el consejo de un especialista. No necesariamente a mí, pero sí a alguien de la especialidad.

El enfado de Jock era palpable. Tina se dio cuenta desde el momento en que el doctor Sam Hopper había bostezado, cuando metieron a Heather en el quirófano, y anunció que se iba a la cama y dejaba a Tina y Jock que se hicieran cargo de todo.

– No le interesa nada -dijo Jock, con los dientes apretados-. Sam cerró los libros cuando terminó la carrera y no hace ningún intento de seguir aprendiendo.

Esas fueron sus únicas palabras mientras las enfermeras se ocupaban de Heather, pero cuando ésta fue llevada de nuevo a la sala y estaba a solas con Tina, Jock no hizo ningún esfuerzo por disimular su furia.

– Ese hombre es un incompetente. Un incompetente que trata de atender partos. ¿No sabe el daño que puede hacer? ¿No se da cuenta de las consecuencias? -gritó con rabia.

– Ya ha salido del peligro, ¿verdad? -preguntó suavemente Tina-. Gracias a que tú…

– ¿Pero qué pasa si el útero se rasga? O sucede… cualquier otra cosa. ¿No sabe que las madres que han tenido ya hijos suelen ser casos más delicados que las primerizas? De acuerdo a las notas de Sam, Heather ha tenido cinco hijos… Cada uno con más de tres kilos y medio y los dos últimos de cuatro. Éste pesaba cuatro y medio. Sam tenía que haber previsto que era un bebé grande en las ecografías. ¿Y sabes qué habría pasado si hubiera muerto? Sam se habría encogido de hombros y habría dicho: estas cosas pasan. Pero estas cosas no pasan. Ya no. No con las precauciones que deberían de haberse tomado. Pero yo no puedo estar en todas partes a la vez para asegurarme, y si los doctores no me…

– ¿Es eso lo que quieres hacer? -preguntó Tina-. ¿Estar a la vez en todas partes?

Eso hizo que Jock se callara. Levantó los ojos hacia Tina y la miró fijamente. Luego hizo un movimiento negativo con la cabeza, como si quisiera olvidar una pesadilla. Finalmente consiguió sonreír.

– Parezco un arrogante.

– Porque eres un gran médico -dijo la muchacha, sentándose en un banco que había al lado del lavabo.

Llevaba una bata de quirófano sobre el vestido rojo y tenía aspecto casi recatado. Sólo se le veían las piernas, sugiriendo la sensualidad de la ropa que llevaba debajo.

– Jock…

– ¿Qué? -respondió, todavía nervioso.

Miró hacia arriba, pero Tina sabía que no la estaba viendo. Estaba imaginando la catástrofe de seis hijos sin una madre. A Michael Wardrop sin su esposa. Veía a su propia madre. El corazón de Tina dio un vuelco. Notó la angustia en los ojos de Jock. ¿Quién lo habría imaginado? Pensó Tina. ¿Quién imaginaría que el gran Jock Blaxton tenía un corazón lo suficientemente grande como para acoger al mundo entero? ¡Demonios, estaba empezando a enamorarse de él!

¿Enamorarse? La palabra quedó en su mente como una chispa encendida, iluminando el cielo. Aquel pensamiento tan sencillo liberaba cosas que siempre habían estado en ella, pero habían permanecido escondidas en la oscuridad hasta ese momento. Y le hacían ver que se estaba enamorando de alguien que no tenía ninguna intención de comprometerse con una mujer, y mucho menos con ella.

– Jock…

Tina, sin darse cuenta de lo que hacía, acarició el cabello de Jock. Sus dedos se deslizaron sobre la masa oscura en un gesto de consuelo.

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