Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Alice trataba de no pensar demasiado en la noche anterior. Su tía preferida le había dicho una vez que la mejor forma de pasar por la vida era no obsesionarse con las cosas, así que había almacenado esos sucesos en una maleta y la había guardado en el fondo de un armario de la mente, como había hecho con muchas otras maletas antes. No tenía sentido darle más vueltas al hecho de que Bennett simplemente se había ido a tomar unas copas mucho después de que terminara su partido de béisbol y, al regresar, se había quedado dormido en el sofá del vestidor desde donde le habían llegado sus convulsivos ronquidos hasta el amanecer. No tenía sentido darle muchas vueltas al hecho de que ya habían pasado más de seis meses, tiempo suficiente para que ella reconociera que quizá no fuera este el comportamiento normal en un recién casado. Como tampoco tenía sentido darle muchas vueltas al hecho de que resultaba evidente que ninguno de los dos tenía ni idea de cómo hablar de lo que estaba pasando. Sobre todo, porque ella no estaba segura de qué era lo que estaba pasando. Hasta entonces, nada en su vida le había aportado las palabras o la experiencia que habría necesitado. Y no había nadie a quien se lo pudiera confiar. Su madre consideraba que hablar de cualquier asunto del cuerpo —aunque fuera sobre limarse las uñas— resultaba vulgar.
Alice respiró hondo. No. Sería mejor concentrarse en el camino que la esperaba, en la larga y ardua jornada, con sus libros y sus anotaciones en el registro de la biblioteca, sus caballos y sus frondosos y verdes bosques. Sería mejor no darle muchas vueltas a nada que no fuera el largo y duro viaje a caballo, centrarse diligentemente en su nueva tarea, en la memorización de las rutas, en tomar nota de direcciones y nombres y en la clasificación de los libros para que a la hora de regresar a casa lo único que pudiese hacer fuera permanecer despierta el tiempo suficiente hasta la cena, darse un largo baño en la bañera y, por fin, caer dormida rápidamente.
Sabía que era una rutina que parecía venirles bien a los dos.
—Ha venido —dijo Frederick Guisler al pasar junto a ella cuando entró. Se alzó el sombrero en un gesto de saludo y arrugó los ojos.
—¿Quién? —preguntó ella mientras dejaba el balde con el almuerzo y miraba hacia la ventana de atrás.
—La señorita Isabelle. —Cogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta—. Dios sabe que dudo mucho de que vaya a participar en el derby de hípica de Kentucky próximamente. Hay café haciéndose ahí atrás, señora Van Cleve. He traído nata, pues he visto que es así como a usted le gusta.
—Es todo un detalle, señor Guisler. Tengo que decirle que no puedo tomarlo tan espeso como Margery. En el suyo casi puede quedarse clavada la cuchara.
—Llámeme Fred. Y, bueno, Margery hace las cosas a su modo, como ya sabe. —Se despidió con un gesto de la cabeza y cerró la puerta.
Alice se ató un pañuelo alrededor del cuello para protegérselo del sol, se sirvió una taza de café y, a continuación, dio la vuelta hasta la parte trasera, donde estaban atados los caballos en un pequeño cercado. Allí pudo ver a Margery doblada por la cintura, sujetando la rodilla de Isabelle Brady mientras la muchacha se agarraba a la silla de montar de un caballo zaino de apariencia robusta. Estaba quieto, moviendo la quijada de forma pausada alrededor de una mata de hierba, como si ya llevara un rato allí.
—Tienes que dar un pequeño brinco, Isabelle —decía Margery con los dientes apretados—. Si no puedes meter el zapato en el estribo, vas a tener que saltar hacia arriba. ¡Uno, dos, tres y arriba!
Nada se movió.
—¡Salta!
—Yo no doy brincos —respondió Isabelle con tono airado—. No estoy hecha de goma.
—Échate hacia mí y, después, uno, dos, tres y lanzas la pierna por encima. Vamos. Yo te agarro.
Margery tenía bien sujeta la pierna rígida de Isabelle. Pero la muchacha parecía incapaz de saltar. Margery levantó los ojos y vio a Alice. Su gesto era deliberadamente inexpresivo.
—No me sale —dijo la muchacha enderezándose—. No puedo hacerlo y no tiene sentido seguir intentándolo.
—Pues es una larguísima caminata por esas montañas, así que vas a tener que buscar la forma de subirte a él. —Disimuladamente, Margery se frotó la rabadilla.
—Le he dicho a mi madre que era una mala idea. Pero no me hace caso. —Isabelle vio a Alice y eso pareció enfadarla aún más. Se sonrojó y el caballo se movió. La muchacha soltó un grito al ver que casi le pisaba un pie y tropezó al tratar de apartarse—. ¡Qué animal más estúpido!
—Vaya, eso ha sido un poco grosero —dijo Margery—. No le hagas caso, Patch.
—No puedo subirme. No tengo fuerzas. Todo esto es ridículo. No sé por qué no me hace caso mi madre. ¿Por qué no puedo quedarme en la cabaña?
—Porque necesitamos que salgas a repartir libros.
Fue entonces cuando Alice vio las lágrimas en los ojos de Isabelle Brady, como si aquello no fuese solo una pataleta, sino algo que surgía de una angustia real. La muchacha se dio la vuelta y se secó la cara con una mano pálida. Margery también las había visto. Las dos intercambiaron una breve e incómoda mirada. Margery se frotó los codos para quitarse el polvo de la camisa. Alice dio un sorbo a su café. El sonido de la boca de Patch al masticar, sin parar y ajeno a lo demás, fue lo único que rompió el silencio.
—Isabelle, ¿puedo hacerte una pregunta? —preguntó Alice un momento después—. Si estás sentada o si caminas solo distancias cortas, ¿tienes que llevar la prótesis?
Hubo un repentino silencio, como si esa palabra estuviese prohibida.
—¿Qué quiere decir?
«Vaya, lo he vuelto a hacer», pensó Alice. Pero ya no había marcha atrás.
—Ese aparato ortopédico. Me refiero a que, si te lo quitamos, y las botas también, podrías ponerte… unas botas de montar normales. Podrías subirte desde el otro lado de Patch usando la otra pierna. Y quizá dejar caer los libros junto a las puertas en lugar de estar montando y desmontando, como nosotras. ¿O tal vez da igual si no tienes que caminar mucho?
Isabelle frunció el ceño.
—Pero nunca me quito la prótesis. Se supone que debo llevarla todo el día.
Margery la miró con gesto reflexivo.
—Pero no vas a tener que estar de pie, ¿no?
—Pues… no —respondió Isabelle.
—¿Quieres que mire si tenemos otras botas? —preguntó Margery.
—¿Quiere que me ponga las botas de otra persona? —contestó Isabelle, recelosa.
—Solo hasta que tu madre te compre un buen par en Lexington.
—¿Qué número tienes? Yo tengo un par de sobra —dijo Alice.
—Pero, aunque me las ponga, mi… En fin, una pierna es… más corta. No voy a estar bien equilibrada —dijo Isabelle.
Margery sonrió.
—Para eso tienen los estribos unas tiras de cuero ajustables. La mayoría de las personas de por aquí montan medio torcidas de todos modos, vayan borrachas o no.
Quizá fuera porque Alice era británica y se había dirigido a Isabelle con el mismo acento entrecortado con el que hablaba a los Van Cleve cuando quería conseguir algo, o quizá fuese por la novedad de que le dijeran que no tenía por qué llevar la prótesis, pero, una hora después, Isabelle Brady estaba sentada a lomos de Patch, con los nudillos blancos de apretar las riendas y el cuerpo rígido por el miedo.
—No va a ir rápido, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa—. De verdad que no quiero ir rápido.
—¿Vienes tú, Alice? Creo que es un buen día para que demos una vuelta por el pueblo, incluida la escuela. Mientras podamos evitar que nuestro Patch se nos quede dormido nos irá bien. ¿Estáis listas, chicas? Vámonos.
Isabelle no dijo apenas nada durante la primera hora de trayecto a caballo. Alice, que iba detrás de ella, oía algún que otro chillido cuando Patch tosía o movía la cabeza. Margery se echaba hacia atrás en su silla y le gritaba algo para animarla. Pero hicieron falta más de seis kilómetros para que Alice pudiera ver que Isabelle se permitía respirar con normalidad y, aun en esos momentos, parecía furiosa y triste, con lágrimas brillándole en los ojos, aunque apenas dejaron de avanzar a un ritmo adormecedor.