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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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No es que a ella el asunto de la chica muerta no le despertase interés periodístico o morboso, como a los demás; lo único que ocurría era que su pensamiento ya había tomado una determinada dirección y no le apetecía variar el rumbo. Una chica de piñón fijo. Su particular concepción del azar incluía respetar el orden natural de las cosas, y si el manuscrito de un hereje gallego se había cruzado en su camino, por algo sería. Además, le gustaban los enigmas que le obligaban a pensar en cosas sobre las que nunca había pensado antes.

Metió en la mochila su bloc de notas, una grabadora Sony y un pendrive. Se subió la capucha de la trenca y, con el sigilo de un fraile benedictino, se dirigió directamente a la biblioteca de la universidad. La movía una nostalgia extraña de tierras sin ley.

Lo más probable era que el manuscrito desaparecido nunca hubiera estado a disposición del público general. Los fondos especiales se hallaban en el piso de abajo, en una dependencia contigua al laboratorio en el que se realizaban los trabajos de encuadernación y restauración de los códices, un cuarto cerrado con poca luz para no dañar los pergaminos al que sólo tenían acceso los especialistas acreditados. Sin embargo, confiaba en que hubiera versiones digitales de algunas de sus páginas en los estudios monográficos realizados por otros autores. Fue a esa información a la que Laura intentó acceder desde uno de los ordenadores de la biblioteca.

La sala era amplia, rodeada por dos pisos de estanterías con vitrina y unas veinte hileras de sólidas mesas de castaño con sillas tapizadas de color verde musgo. Había poco más de una docena de usuarios a aquella hora, la mayoría estudiantes con sus apuntes y su lata de coca-cola encima de la mesa; también había una mujer de mediana edad con suéter gris y aspecto de monja teresiana, un erudito de pelo blanco algo estrafalario que consultaba vehementemente sus reseñas bibliográficas, y un individuo alto de cuarenta y tantos con pinta de profesor que Laura no dudó en calificar como un tipo bastante sexy. Gafas con montura dorada, camisa azul celeste, chaqueta de ante y barba corta de perilla. Estaba en una de las mesas laterales donde se hallaban los monitores de consulta, a menos de metro y medio de donde ella se encontraba. Visto de perfil, tenía un aire a Indiana Jones que a Laura no le desagradaba en absoluto.

Después de demorarse unos segundos en la contemplación del paisaje, decidió centrarse en la pantalla. La imagen que ahora tenía delante correspondía a una de las páginas centrales del Liber apologeticus, el tono del soporte recordaba el color de la piel de una pandereta. «Vitela de agnus nonato», explicaba una nota a pie de página. El texto en latín estaba distribuido en dos anchas columnas de treinta y dos líneas cada una y comenzaba con una profesión de fe: «Peregrinus ego sum…» Los márgenes eran amplios y se distinguían claramente las letras de inicio de párrafo por el color dorado en contraste con el resto del texto escrito con tinta negra. En algunos tramos había palabras desvaídas de color humo, apenas comprensibles, que, probablemente debido al deterioro, la luz infrarroja no había logrado digitalizar.

Por lo que pudo averiguar, no se trataba del ejemplar original del siglo IV, sino de una copia renacentista, impresa en Alcalá en 1670. Llevaba el sello del impresor, Miguel de Eguía, en la página del título con una serpiente enroscada que se mordía su propia cola. Contaba con dos apéndices que aportaban algunos textos eclesiásticos donde se rebatía su doctrina, entre ellos el de su enemigo acérrimo, el obispo Itacio de Ossonoba, y otro en el que se incluía una transcripción de las actas del Concilio de Burdeos (Burdigalia), donde fue acusado de herejía. En total, setenta y siete páginas incluida la cubierta y las ilustraciones. Sin embargo, la copia complutense no incluía el opúsculo que, según sus datos, debía de figurar en la versión original. A Laura le sorprendió que el libro hubiera podido imprimirse en pleno auge de la Inquisición, especialmente cuando todas las obras del autor formaban parte del índice de títulos prohibidos desde hacía más de un siglo. Un privilegio que, al parecer, Prisciliano había compartido con Descartes, Galileo, Pascal, Voltaire y otros pensadores insignes.

Al fondo de la sala se oyó un sonido gripado, como si el motor de los montacargas que servían para trasladar los pedidos del sótano a la primera planta no acabara de arrancar. Laura apenas prestó atención, estaba absolutamente encandilada con la lectura del texto en castellano que aparecía en la introducción.

Quiero desatar y quiero ser desatado. / Quiero salvar y quiero ser salvado. / Quiero ser engendrado… / Soy lámpara para ti, que me ves. / Soy puerta para ti, que llamas a ella. / Tú ves lo que hago. No lo menciones. / La palabra engañó a todos, pero yo no fui completamente engañado.

Parecía una especie de himno o cántico de fuerte inspiración gnóstica, dedicado quizá a Jesucristo, a juzgar por los párrafos que venían a continuación.

El autor del texto decía haber constituido en Burdeos una comunidad de pensadores que se dedicaban entre otras muchas labores a la recolección de piedras abraxas en las antiguas cuevas prehistóricas de Aquitania, y utilizaban una concha de vieira como símbolo de hermandad. Vestían de blanco y oraban a la luz de la luna para incrementar la luminaria del fuego, tal como hacían los antiguos celtas, que adoraban el plenilunio. Tenían una visión panteísta de la naturaleza y en ello se consideraban descendientes directos de los druidas. «Dios asienta su trono sobre los bosques y sobre las lluvias, alimenta su espíritu de las aguas calmas o tempestuosas; del corazón del roble, del silencio de la nieve y del arco iris…» Esos salmos le trajeron a Laura recuerdos infantiles muy lejanos. Tendría seis o siete años y estaba sentada en un trineo con una boina de cuadros escoceses durante una excursión a los Alpes con su abuelo. Se acordaba de la boina porque le daba mucha vergüenza ponérsela debido a la borla de color rojo chillón; temía que se rieran de ella en el patio del colegio. Se obligaba a llevarla como un reto, igual que aguantar la respiración bajo el agua. Al final se había dado cuenta de que era una de esas prendas con poderes especiales como la capa de Superman: le daba valor para ser diferente. Recordaba un bosque de abetos y delante una llanura resplandeciente, blanca e inmensa como nunca antes había visto ninguna. Jamás había sentido tanto frío. Dentro de los mitones de lana le crujían los dedos. La sensación era parecida a tener una mano enterrada en el hielo durante mucho rato. El color azul del cielo tenía un matiz metálico. De las matas colgaban hilos de escarcha que captaban la luz y la descomponían en extraños arco iris. La claridad le hacía lagrimear. Estaba deslumbrada, pero también sobrecogida ante aquella extensión inmensa, pura y vacía. Probablemente entonces no había alcanzado a entender aquella sensación, pero ahora no le cabía ninguna duda. Se trataba de pánico. Simple y verdadero pánico. En algún libro había leído que los griegos temían al dios Pan, que se manifestaba en plena naturaleza. Pánico y panteísmo tenían a fin de cuentas la misma raíz. «El cosmos y la naturaleza tienen sus leyes inmutables y necesarias dentro de un orden de Dios. Si el hombre quiere actuar en contra de este orden, no es un Dios ofendido y furioso quien le castigará, sino el mismo orden de la naturaleza.» Aquella vinculación de Dios con la naturaleza le resultó realmente curiosa. Laura siempre había relacionado la conciencia sobre el medio ambiente con organizaciones ecologistas surgidas a partir de los años setenta como Greenpeace, pero nunca había contemplado la posibilidad de que la defensa de la «madre tierra» pudiera formar parte de un testimonio cristiano tan antiguo. «Dios asienta su trono sobre los bosques…»

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