El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
El viaje a la Sombra Nocturna pasó rápido, quizá porque temía lo que se iba a encontrar al llegar. El trío se pasó inconsciente la mayor parte del vuelo para ahorrar la energía del traje; eran realistas y sabían que no había nada que pudieran hacer si Skade lanzaba un ataque.
Clavain y sus compañeros se despertaron al entrar dentro del campo visual de la tullida abrazadora lumínica.
Estaba oscura, por supuesto (estaban en el auténtico espacio interestelar), pero Clavain la veía porque la Luz del Zodíaco alumbraba su casco con uno de sus láseres ópticos. No podía distinguir todos los detalles que hubiera querido, pero veía lo suficiente para sentirse más que inquieto. Era el efecto de la luz de la luna sobre un edificio gótico, y no presagiaba nada bueno. El trasbordador lanzó una tracería de sombras móviles por la nave mayor, haciendo que pareciera que se movía y retorcía.
Las extrañas extensiones parecían incluso más raras de cerca. Su complejidad real no había sido aparente hasta entonces, ni tampoco se había percibido hasta qué punto el accidente las había enroscado y partido. Pero Skade había tenido una suerte notable, dado que el daño se había limitado en su mayor parte a la ahusada parte posterior de su nave. Los dos motores combinados, que sobresalían a ambos lados del casco con pinta de tórax, solo habían sufrido un daño superficial. Clavain acercó el trasbordador un poco más, convencido de que cualquier tipo de ataque se habría lanzado ya. Maniobró con toda delicadeza para meter la reducida nave entre las curvas y arcos que, como aguijones, descollaban del estropeado motor hiperluz.
—Estaba desesperada —les dijo a sus compañeros—. Tenía que saber que no había forma de que llegásemos a Resurgam antes que ella, pero eso a Skade no le bastaba. Quería llegar allí años antes que nosotros.
Escorpio dijo:
—Tenía los medios, Clavain. ¿Por qué te sorprende que los usara?
—Tiene razón en sorprenderse —interpuso Remontoire antes de que Clavain pudiera responder—. Skade era muy consciente de los riesgos que implicaba juguetear con la transición al estado cuatro. Negó cualquier interés en ella cuando se lo pregunté, pero tuve la impresión de que estaba mintiendo. Lo único que deben de haber revelado sus propios experimentos son los riesgos.
—Una cosa es segura —dijo Escorpio—: quería esas armas con todas sus fuerzas, Clavain. Para ella deben de significar muchísimo.
Clavain asintió.
—Pero en realidad no nos estamos enfrentando a Skade, creo. Estamos tratando con lo que fuera que le afectó en el Cháteau. La Mademoiselle quería las armas, y se limitó a plantar la idea en la mente de Skade.
—La Mademoiselle me interesa mucho —dijo Remontoire. Le habían contado algo de lo que había pasado en Ciudad Abismo—. Me hubiera gustado conocerla.
—Demasiado tarde —dijo Escorpio—. H tenía su cuerpo metido en una caja, ¿no te lo dijo Clavain?
—Tenía algo en una caja —dijo Remontoire malhumorado—. Pero es evidente que no la parte de ella que importaba. Esa parte alcanzó a Skade. Por lo que sabemos, ahora es Skade.
Clavain hizo deslizarse el trasbordador por el último par de hojas afiladas como tijeras y volvió a salir al espacio abierto. Ese lado de la Sombra Nocturna estaba negro como la boca de un lobo, salvo por donde los faros del trasbordador resaltaban los detalles. Clavain recorrió despacio el casco, observó que las armas antinave estaban todas almacenadas detrás de sus escotillas de junturas invisibles. Eso no significaba nada: solo hacía falta un instante para desplegarlas, pero no se podía negar que era tranquilizador ver que no apuntaban ya al trasbordador.
—¿Vosotros dos os manejáis bien por esta cosa? —dijo Escorpio.
—Por supuesto —dijo Remontoire—. Antes era nuestra nave. Tú también deberías reconocerla. Es la misma que te sacó del crucero de Maruska Chung.
—Lo único que recuerdo de eso es que intentaste que me cagara de miedo, Remontoire.
Con cierto alivio, Clavain se dio cuenta de que habían llegado a la cámara estanca que había estado buscando. Seguía sin haber señales de ninguna reacción por parte de la tullida nave: nada de luces ni indicaciones de que los sensores de proximidad estuvieran cobrando vida. Clavain los acercó al casco con fijaciones de punta epoxídica y contuvo el aliento mientras los pies de las fijaciones se adhirieron como ventosas a la ablativa armadura del casco. Pero no pasó nada.
—Esta es la parte más difícil —dijo Clavain—. Rem, quiero que te quedes aquí, en el trasbordador. Escorpio entra conmigo.
—¿Se me permite preguntar por qué?
—Sí, aunque esperaba que no lo hicieras. Escorpio tiene más experiencia en combate cuerpo a cuerpo que tú, casi más que yo. Pero la razón principal es que no confío en ti lo suficiente para tenerte dentro.
—Confiaste en mí para venir hasta aquí.
—Y estoy listo para confiar en que te quedarás sentado en el trasbordador hasta que nosotros salgamos. —Clavain comprobó la hora—. En treinta y cinco minutos estamos fuera del alcance de regreso. Espera media hora y luego vete. Ni un minuto más, aunque Escorpio y yo ya estemos saliendo por la cámara estanca.
—Hablas en serio, ¿verdad?
—Hemos calculado combustible suficiente para que podamos volver nosotros tres más Felka. Si vuelves solo, tendrás combustible de sobra, combustible que nos va a hacer muchísima falta más tarde. Es eso lo que te confío, Rem: esa responsabilidad.
—Pero no para ir a bordo —dijo Remontoire.
—No. No con Skade en esa nave. No puedo correr el riesgo de que vuelvas a desertar y te pongas de su lado.
—Te equivocas, Clavain.
—¿Ah, sí?
—Yo no deserté. Y tú tampoco. Fueron Skade y el resto los que cambiaron de bando, no nosotros.
—Venga —dijo Escorpio tirando del brazo de Clavain—. Ahora tenemos veintinueve minutos.
Los dos salvaron el espacio que los separaba de la Sombra Nocturna. Clavain hurgó por el borde de la cámara estanca hasta que encontró el hueco casi invisible que ocultaba los controles externos. Era apenas lo bastante ancho para alojar su mano enguantada. Percibió el conocido trío de interruptores manuales (diseño combinado estándar) y tiró de ellos para ponerlos en posición de abierto. Incluso si hubiera habido un corte de energía en toda la nave, las pilas de la cerradura habrían conservado energía suficiente para abrir la puerta durante un siglo. Incluso si eso fallaba, había un mecanismo manual al otro lado del borde.