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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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La puerta se deslizó hacia un lado. Una iluminación roja como la sangre los deslumbró en la cámara interior. Los ojos de Clavain se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad. Esperó a que se acomodaran y luego llevó a Escorpio a aquel espacio de proporciones generosas. Siguió al cerdo y luego selló y presurizó la cámara. Sus voluminosos trajes entrechocaban. Les llevó una eternidad.

Se abrió la puerta interna. El interior de la nave estaba bañado en la misma iluminación de emergencia de color rojo sangre. Pero al menos había energía. Eso significaba que también podría haber supervivientes.

Clavain estudió la lectura de datos del ambiente que aparecía en el campo de visión de la visera, luego desconectó el aire del traje y se la levantó. Estos torpes y viejos trajes, lo mejor que la Luz del Zodíaco había sido capaz de proporcionarles, disponían de aire y energía limitados y no le pareció que tuviera mucho sentido desperdiciar recursos. Le hizo un gesto a Escorpio para que hiciera lo mismo.

El cerdo susurró:

—¿Dónde estamos?

—En medio de la nave —dijo Clavain con tono normal—. Pero todo parece distinto bajo esta luz y sin gravedad. La nave no me parece tan conocida como había esperado. Ojalá supiera con cuántos tripulantes podríamos encontrarnos.

—¿Skade nunca dio ninguna indicación? —le siseó.

—No. Una nave como esta se podría manejar con unos cuantos expertos y nada más. Tampoco hace falta susurrar, Escorp. Si hay alguien para saber que estamos aquí, ya saben que estamos aquí.

—¿Me recuerdas por qué no hemos venido con armas?

—No tiene sentido, Escorp. Aquí tendrían armamento mejor y más pesado. O bien podemos llevarnos a Felka con facilidad o negociamos la salida. —Clavain se dio unos golpecitos en el cinturón multiuso—. Por supuesto, tenemos una pequeña ayuda para la negociación.

Se habían traído alfileres a bordo de la nave de Skade. Los microscópicos fragmentos de antimateria suspendidos en un sistema de contención del tamaño de un alfiler, que a su vez estaban protegidos dentro de una granada blindada del tamaño de un dedal, podrían reventar la Sombra Nocturna con toda limpieza y hacerla desaparecer del cielo.

Bajaron por el corredor iluminado de rojo, mano sobre mano. De vez en cuando, al azar, uno de ellos se desprendía un mecanismo de alfiler, lo untaba de resina epoxídica y lo apretaba contra una esquina o una sombra. Clavain tenía la seguridad de que una búsqueda bien organizada podría localizar todos los alfileres en unas cuantas decenas de minutos. Pero una búsqueda bien organizada parecía precisamente el tipo de cosa que la nave no iba a ser capaz de emprender durante algún tiempo.

Llevaban ocho minutos avanzando por la nave cuando Escorpio rompió el silencio. Había llegado a una trifurcación en el pasillo.

—¿Reconoces ya algo?

—Sí. Estamos cerca del puente. —Clavain señaló en una dirección—. Pero la cámara de sueño frigorífico está por aquí abajo. Si tiene a Felka congelada, allí es donde podría estar. Lo comprobaremos primero.

—Tenemos veinte minutos, luego debemos salir.

Clavain sabía que el límite de tiempo se había impuesto, en cierto sentido, de forma artificial. La Luz del Zodíaco podía desandar el camino y recuperar el trasbordador incluso si retrasaban su partida, pero solo tras derrochar una buena cantidad de tiempo, un tiempo que infundiría una letal semilla de complacencia en el resto de la tripulación. Había reflexionado sobre los riesgos y había llegado a la conclusión de que sería mejor que los tres murieran (o al menos que se quedaran allí aislados) a dejar que ocurriera eso. Sus adjuntos y los adjuntos de estos podrían continuar con la operación, incluso si Remontoire no conseguía volver con vida, y tenían que creer que cada segundo contaba de verdad. Como de hecho contaba. Era duro. Pero así era la guerra, y estaba muy lejos de ser la decisión más dura que Clavain había tenido que tomar jamás.

Fueron avanzando hacia la cámara de sueño frigorífico.

—Hay algo ahí delante —dijo Escorpio tras pasarse varios minutos arrastrándose y gateando en silencio.

Clavain redujo la marcha y escudriñó la misma penumbra roja. Envidiaba la visión aumentada de Escorpio.

—Parece un cuerpo —dijo.

Se acercaron con cuidado, impulsándose de un soporte almohadillado de la pared a otro. Clavain tenía presente cada minuto que pasaba; cada medio minuto de cada minuto; cada segundo cruel.

Llegaron al cuerpo.

—¿Lo reconoces? —preguntó Escorpio fascinado.

—No estoy seguro de si alguien sería capaz de reconocerlo con seguridad —dijo Clavain—, pero no es Felka. Y no creo tampoco que pueda ser Skade.

Algo horrible le había pasado al cuerpo. Había sido partido por la mitad, con tanta exactitud como pulcritud, al quisquilloso modo de un modelo anatómico. Los órganos internos estaban metidos en formaciones serpentinas o bien enrolladas, y relucían como confites glaseados. Escorpio estiró una pezuña enguantada y empujó la media figura, que se alejó flotando con pereza de la lustrosa pared sobre la que se había posado.

—¿Dónde crees que está el resto? —preguntó.

—En otra parte —respondió Clavain—. Esta mitad debe de haber llegado aquí flotando.

—¿Qué le hizo eso? He visto lo que pueden hacer las armas de haces y no resulta agradable, pero no hay ninguna señal de quemaduras en ese cuerpo.

—Fue un gradiente causal —dijo una tercera voz.

—Skade… —jadeó Clavain.

Estaba detrás de ellos. Se había acercado con un silencio inhumano, ni siquiera respiraba. Su corpulenta coraza llenaba el pasillo, negra como la noche salvo por el pálido óvalo de su rostro.

—Hola, Clavain. Y hola también, Escorpio, supongo. —Lo miró con cierto interés—. Así que no moriste, ¿eh, cerdo?

—De hecho, Clavain me estaba comentando ahora mismo lo afortunado que soy por haber encontrado a los combinados.

—Qué sensato es Clavain.

Clavain la miró, horrorizado y pasmado al mismo tiempo. Remontoire le había prevenido sobre el accidente de Skade, pero esa advertencia no lo había preparado lo suficiente para aquel encuentro. La coraza mecánica de la mujer era androforme, incluso, de una forma exagerada y un poco medieval, femenina: se ensanchaba en las caderas y había la sugerencia de unos senos moldeados en la placa del pecho. Pero Clavain sabía que no era en absoluto una coraza, sino una prótesis de soporte vital; que la única parte orgánica de aquella mujer era la cabeza. El cráneo de Skade, con su cresta, estaba rígido y conectado al cuello de la coraza. La brutal conjunción de carne y maquinaria chillaba que algo iba mal, un error que se hizo incluso más intenso cuando Skade sonrió.

—Fuiste tú el que me hiciste esto —sonrió ella, era obvio que hablaba en voz alta por Escorpio—. ¿No te sientes orgulloso?

—Yo no te hice nada, Skade. Sé con toda exactitud lo que pasó. Te hice daño y siento que ocurriera así. Pero no fue intencionado y tú lo sabes.

—¿Así que tu deserción fue involuntaria? Ojalá fuera tan fácil.

—Yo no te corté la cabeza, Skade —dijo Clavain—. A estas alturas Delmar ya podría haberte curado las heridas que te produje. Estarías de nuevo entera. Pero eso no encajaba en tus planes.

—Tú dictaste mis planes, Clavain. Tú y mi lealtad al Nido Madre.

—No cuestiono tu lealtad, Skade. Solo me pregunto a qué le eres tú leal en realidad.

Escorpio susurró:

—Trece minutos, Clavain. Luego tenemos que estar fuera de aquí.

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