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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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El destello fotoleptónico avanzó por la membrana. Los pocos brazos que seguían funcionando se doblaron de golpe hacia atrás como dedos rotos. Hubo un breve y furioso chisporroteo de descarga de plasma y luego la burbuja se hizo mucho más grande, envolvió la Sombra Nocturna y al mismo tiempo se disipó. Skade sintió que la atravesaba de golpe, como un repentino frente frío un día de calor. Al mismo tiempo, una onda de choque sacudió la nave y arrojó a Skade contra una pared. En circunstancias normales, la pared se habría deformado para absorber la energía de la colisión, pero esta vez el impacto fue duro y metálico.

Y sin embargo, la nave permanecía a su alrededor. Podía pensar. Todavía oía bocinas y mensajes de emergencia, y las barricadas seguían cerrándose. Pero el acto de digresión había pasado. La burbuja se había roto en mil pedazos, pero aunque había dañado su nave, quizá de una forma profunda, quizás hasta el punto de no poder repararse, no la había destruido.

Skade hizo que su conciencia volviera al ritmo normal de velocidad de procesamiento. La cresta le latía por el exceso de calor sanguíneo que tenía que disipar (estaba mareada), pero eso pasaría pronto. No parecía haber sufrido ninguna herida, ni siquiera durante el violento choque contra la pared. Su coraza se movía a voluntad, intacta tras el impacto. Se agarró a una sujeción de la pared y con un tirón salió al pasillo. No pesaba nada, ya que la Sombra Nocturna estaba flotando, y nunca había estado equipada para generar gravedad con la rotación.

¿Molenka?

No hubo respuesta. Toda la red de la nave había fallado e impedía la comunicación neuronal a menos que los sujetos estuvieran extremadamente cerca unos de otros. Pero Skade sabía dónde estaba Molenka antes de que la burbuja se hinchara y quedara fuera de control. La llamó en voz alta, pero siguió sin recibir respuesta, así que se dirigió hacia la maquinaria. El volumen crítico seguía presurizado, aunque tuvo que convencer a las puertas internas de que la dejaran pasar.

Las superficies lustrosas y curvas de la maquinaria alienígena, como cristal negro, habían cambiado desde la última vez que había estado dentro de aquella parte de la nave. Se preguntó qué parte del cambio se había producido durante el fallido intento de expandir la burbuja. El aire estaba cargado de ozono y una decena de olores menos conocidos, y contra el fondo continuo de bocinas y alarmas habladas oyó chispas y cosas que se rompían.

—¿Molenka? —la llamó otra vez.

[Skade].

La respuesta neuronal era increíblemente débil, pero en ella se podía reconocer a Molenka. Ya estaba cerca, sin lugar a dudas.

Skade se impulsó hacia delante, mano sobre mano. Los movimientos de su coraza eran rígidos. La maquinaria la rodeaba por todas partes, protuberancias y salientes lisos y negros, como la roca tallada por el agua de una antigua caverna subterránea. Se ensanchó para admitirla a una oclusión de cinco o seis metros de lado a lado. Las paredes festoneadas estaban tachonadas de tomas en las que introducir los datos. Una ventana abierta al otro lado de la cámara mostraba una vista de la maquinaria de contención destrozada y combada que sobresalía de la parte trasera de la nave. Algunos de los brazos seguían moviéndose, balanceándose con pereza hacia delante y hacia atrás, como los últimos espasmos de los miembros de una criatura moribunda. Visto con sus propios ojos, el daño parecía mucho peor de lo que le habían hecho creer. Habían destripado su nave y le habían sacado las vísceras para inspeccionarlas.

Pero no fue eso lo que atrajo la atención de Skade. En el centro aproximado de la oclusión flotaba un saco ondulado, la piel traslúcida y lechosa detrás de la que algo cambiaba de posición y se hacía más o menos visible. El saco tenía cinco puntas, arrojaba al aire unos seudópodos romos que se correspondían en proporción y orden a la cabeza y los miembros de un ser humano. De hecho, Skade vio que lo que había en el interior era algo humano, una forma que vislumbró como partes destrozadas más que un todo unificado. Hubo una onda de ropa oscura y una onda de piel más pálida.

¿Molenka?

Aunque estaba a solo unos metros de distancia, le asombró lo lejana que parecía la respuesta.

[Sí. Soy yo. Estoy atrapada, Skade. Atrapada dentro de parte de la burbuja].

Skade se estremeció, impresionada por la calma de la mujer. Estaba claro que iba a morir, y sin embargo la información que daba de su aprieto tenía un aire de admirable imparcialidad. Era la actitud de una auténtica combinada, convencida de que su esencia viviría en la conciencia más amplia del Nido Madre y de que la muerte física equivalía solo a la eliminación de un elemento periférico poco esencial de un todo mucho más importante. Pero, se recordó Skade, ahora estaban muy lejos del Nido Madre.

¿La burbuja, Molenka?

[Se fragmentó al atravesar la nave. Se pegó a mí, casi de forma deliberada. Casi como si estuviera buscando a alguien al que rodear, a alguien al que incrustar en su interior]. El objeto de cinco puntas se tambaleó con un movimiento repugnante, insinuando alguna horrenda inestabilidad que estaba a punto de derrumbarse.

¿En qué estado estás, Molenka?

[Debe de ser estado uno, Skade… No me siento diferente. Solo atrapada y… remota. Me siento muy, muy remota].

El fragmento de burbuja comenzó a contraerse, igual que Molenka había dicho que era probable que ocurriese. La membrana con forma de cuerpo se encogió hasta que su superficie se adaptó casi a la perfección al cuerpo de Molenka. Durante un horrendo momento tuvo un aspecto bastante normal, salvo que estaba cubierta por un glaseado cambiante de luz nacarada. Skade se atrevió a esperar que la burbuja escogiera ese momento para derrumbarse y liberar a Molenka. Pero al mismo tiempo sabía que eso no iba a ocurrir.

La burbuja se estremeció otra vez, hipó y se retorció. El rostro de Molenka, que resultaba bastante visible, adquirió una obvia expresión asustada. Incluso a través del tenue canal neuronal que las conectaba, Skade sintió el miedo y la aprensión de la mujer. Era como si el glaseado se estuviera apretando a su alrededor.

[Ayúdame, Skade. No puedo respirar].

No puedo. No sé qué hacer.

La piel de Molenka estaba tirante contra la membrana. Empezaba a asfixiarse. A esas alturas habría sido imposible hablar de forma normal, las rutinas automáticas de su cabeza ya habrían empezado a bloquear las partes no esenciales de su cerebro para conservar los recursos vitales y extraer tres o cuatro minutos más de conciencia de su último aliento.

[Ayúdame. Por favor…].

La membrana se apretó aún más. Skade contempló, incapaz de volverse, cómo estrujaba a Molenka. El dolor de la mujer cruzó como un torrente la conexión neuronal. Fue todo lo que Skade reconoció: ya no quedaba espacio para el pensamiento racional. Extendió el brazo desesperada por hacer algo, aunque el gesto fuera inútil. Sus dedos rozaron la superficie de la membrana. Esta se encogió aún más, acelerada por el contacto. La conexión neuronal comenzó a romperse. La membrana se derrumbaba y aplastaba viva a Molenka, la presión iba destruyendo el delicado telar de implantes combinados que flotaban en su cráneo.

La membrana se detuvo, se estremeció y luego se redujo a una velocidad espantosa. Cuando Molenka se redujo a tres cuartas partes de su tamaño normal, la figura de la membrana se volvió de repente de color escarlata. Skade sintió el alarido de la súbita ruptura neuronal antes de que sus propios implantes restringieran la conexión. Molenka estaba muerta. Pero la figura con forma humana permanecía, aunque seguía derrumbándose. Ahora era un maniquí, luego una horrenda marioneta, después una muñeca, luego una figurita del tamaño del pulgar que iba perdiendo forma y definición a medida que el material del interior se licuaba. Entonces se detuvo la contracción y la superficie lechosa se estabilizó.

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