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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Pero, de todos modos, nunca había contado con eso.

Era hora de hacer lo que había que hacer.

—Cabrón mentiroso.

Xavier levantó la cabeza cuando Antoinette entró hecha una furia en su alojamiento. Estaba echado de espaldas en el catre, con un compad sobre las rodillas. Antoinette vislumbró por un momento las líneas del código fuente que se desplazaban por el pad, los símbolos y muescas sinuosas del lenguaje de programación que se parecía a las intrincadas estrofas formalizadas de una poesía alienígena. Xavier tenía un puntero agarrado entre los dientes. Se le cayó de la boca cuando la abrió asustado. El compad se deslizó hasta el suelo.

—¿Antoinette?

—Lo sé.

—¿Sabes qué?

—Lo de la Resolución Mandelstam. Lo de Lyle Merrick. Lo del Ave de Tormenta. Lo de Bestia. Lo tuyo.

Xavier se bajó del catre y sus pies tocaron el suelo. Se pasó unos cuantos dedos por la melena negra con gesto tímido.

—¿Sobre qué?

—¡No me mientas, so cabrón!

Y luego la tenía encima, ciega de rabia, vapuleándolo. No había una violencia real tras sus puñetazos, en cualquier otra circunstancia habrían sido juguetones. Pero Xavier ocultó la cara y absorbió la ira de la joven con los antebrazos. Estaba intentando decirle algo, pero ella lo despreciaba furiosa, se negaba a escuchar sus lloriqueos y pequeñas justificaciones.

Por fin la rabia se convirtió en lágrimas. Xavier le impidió que siguiera golpeándolo y le cogió las muñecas con dulzura.

—Antoinette…

La joven lo golpeó una última vez y luego comenzó a sollozar desesperada. Lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo.

—No es culpa mía —dijo Xavier—. Te juro que no es culpa mía.

—¿Por qué no me lo dijiste?

La miró y ella le devolvió la mirada a través de una bruma de lágrimas.

—¿Por qué no te lo dije?

—Eso es lo que te he preguntado.

—Porque tu padre me hizo prometer que no lo haría.

Cuando Antoinette se calmó, cuando estuvo lista para escuchar, Xavier le contó algo de lo que había pasado.

Jim Bax había sido amigo de Lyle Merrick durante muchos años. Los dos eran pilotos de mercancías, ambos trabajaban dentro y alrededor del Cinturón Oxidado. En circunstancias normales, a dos pilotos que operasen dentro de la misma esfera comercial les habría resultado difícil mantener una amistad sincera en medio de los altibajos de una economía que abarcaba todo el sistema; habría habido demasiadas ocasiones en las que sus intereses se solapasen. Pero como Jim y Lyle operaban en nichos de mercado radicalmente diferentes, con listas de clientes muy distintas, la rivalidad nunca había amenazado su relación. Jim Bax transportaba cargas pesadas en trayectorias rápidas de alto consumo, en general con poca antelación y en general, aunque no siempre, más o menos dentro de los límites de la legalidad. Desde luego Jim no buscaba clientes delincuentes, aunque tampoco se podía decir sin faltar a la verdad que los rechazase. Lyle, a diferencia de su amigo, trabajaba casi de forma exclusiva con criminales. Estos reconocían que su gabarra lenta, frágil, poco fiable y de motor químico era poco más o menos la nave que menos probabilidades tenía de atraer la atención de los cúteres aduaneros de la Convención. Lyle no podía garantizar que sus cargas llegaran a sus destinos con rapidez, a veces ni que llegaran, pero casi siempre podía garantizar que llegaran sin sufrir inspecciones, y que no habría incómodas líneas de investigación que se extendieran hasta sus clientes. Y así, de una forma más o menos modesta, Lyle Merrick fue prosperando. Se tomó muchas molestias para ocultar sus ganancias a las autoridades y mantuvo con escrupulosidad la ilusión de estar siempre al borde de la insolvencia. Pero entre bambalinas, y para lo que era aquella época, era un hombre con una riqueza moderada, mucho más acaudalado, de hecho, de lo que sería jamás Jim Bax. Lo bastante acaudalado, en realidad, para poder permitirse hacer una copia de seguridad de sí mismo una vez al año en una de las instalaciones de escáneres de nivel alfa de la cubierta superior de Ciudad Abismo.

Y durante muchos años su número funcionó. Hasta el día en que un cúter aburrido de la policía decidió meterse con Lyle solo porque nunca los había molestado y, por tanto, tenía que traerse algo entre manos. Al cúter no le costó mucho emparejar su trayectoria con la gabarra de Lyle. Exigió que iniciara la suspensión del motor principal y se preparara para el abordaje. Pero Lyle sabía que de ninguna de las maneras podía obedecer la orden de suspensión del motor principal. Toda su reputación dependía de que sus cargas nunca se inspeccionaran. Si hubiera permitido que lo abordara el proxy, habría estado firmando su propia notificación de bancarrota.

No tenía más alternativa que huir.

Por fortuna (o no, como se vio luego), ya estaba realizando el acercamiento final al Carrusel Nueva Copenhague. Sabía que en el borde había un pozo de reparación lo bastante grande para albergar su nave. Sería un poco justo, pero si podía meterse en el estacionamiento, al menos podría destruir su carga antes de que los proxy s entraran por la fuerza. Todavía estaría metido en un buen lío, pero al menos no habría violado la confidencialidad del cliente. Y eso, para Lyle, importaba mucho más que su propio bienestar.

Por supuesto no lo consiguió. Jodio su última propulsión de acercamiento, acosado por los cúteres (a estas alturas ya había cuatro descendiendo para escoltarlo, y ya le habían disparado ganchos retardadores al casco), y chocó contra la cara exterior del borde en sí. Por sorprendente que parezca, y nadie se sorprendió más que el propio Lyle, sobrevivió al impacto. El habitáculo romo de supervivencia de su mercancías se introdujo en la piel del carrusel del mismo modo que el pico de un pajarillo atraviesa la cáscara del huevo. Su velocidad en el momento del impacto había sido solo de unas cuantas decenas de metros por segundo, y aunque se había llevado golpes y magulladuras, no sufrió ninguna herida grave. Su suerte continuó incluso cuando estalló la sección principal de propulsión (los pulmones hinchados de los tanques de combustible químico). La explosión hizo que el morro del nódulo embistiera con más fuerza el carrusel, pero, una vez más, Lyle sobrevivió.

Aunque se daba cuenta de su buena fortuna, sabía que estaba metido en graves problemas. El impacto no había ocurrido en la porción más poblada del anillo del carrusel, pero aun así hubo muchas víctimas. Una bóveda del interior del borde se había descomprimido al hundirse su nave en el borde, y el aire se había escapado a chorros por la herida de la estructura del carrusel. La cámara era una zona recreativa, un claro en miniatura con un bosque iluminado por lámparas suspendidas.

Cualquier otra noche quizá no hubiera habido más de unas cuantas decenas de personas y animales disfrutando del escenario sintético a la luz de la luna, pero la noche que Lyle se estrelló allí se había dado un recital nocturno de uno de los esfuerzos más populistas de Quirrenbach, y habían acudido varios cientos de personas. Por fortuna, la mayor parte había sobrevivido, aunque muchos resultaron heridos de gravedad. Claro que había habido víctimas: cuarenta y tres personas muertas en el recuento final, excluido al propio Lyle. Y desde luego, era posible que hubieran muerto más.

No intentó escapar. Sabía que su destino estaba sellado. Habría tenido suerte de evitar la pena de muerte solo por negarse a obedecer la orden de abordaje, pero incluso si se hubiera escabullido de eso (y había formas y maneras), ya nada se podía hacer por él. Desde la plaga de fusión, cuando la otrora gloriosa Banda Resplandeciente había quedado reducida a Cinturón Oxidado, los actos de vandalismo contra un hábitat se consideraban los crímenes más atroces. Los cuarenta y tres muertos eran casi un simple detalle.

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