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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Lyle Merrick fue arrestado, juzgado y sentenciado. Se lo halló culpable de todos los cargos relacionados con la colisión. Su sentencia fue a muerte neuronal irreversible. Dado que se sabía que había sido escaneado, se aplicaba la Resolución Mandelstam.

Ferrisville designó unos oficiales, apodados borracabezas, para que rastrearan y anularan todas las simulaciones existentes de nivel alfa o beta de Lyle Merrick. Los borracabezas tenían a su disposición toda la maquinaria legal de la Convención, junto con un arsenal de herramientas informáticas de búsqueda y captura resistentes a la plaga. Podían peinar cualquier base de datos o archivo conocido y sacar las pautas enterradas de una simulación ilegal. Podían borrar cualquier base de datos pública de la que se sospechase siquiera que albergaba una copia prohibida. Y eran muy buenos en su trabajo.

Pero Jim Bax no iba a decepcionar a su amigo. Antes de que la red se cerrase, y con la ayuda de los otros amigos de Lyle, algunos de los cuales eran individuos extremadamente aterradores, le arrebataron a la ley la copia de seguridad de nivel alfa más reciente. Unas hábiles alteraciones en los archivos de la clínica escaneadora consiguieron que pareciera que Lyle no había acudido a su última cita. Los borracabezas examinaron las pruebas y dieron vueltas a las anomalías durante días. Pero al final decidieron que el alfa perdido no había existido jamás. En cualquier caso, ellos habían hecho su trabajo al reunir todas las demás simulaciones conocidas.

Así que, en cierto sentido, Lyle Merrick huyó de la justicia.

Pero había una pega, y era una pega en la que Jim Bax insistió. Él le ciaría refugio a la persona de nivel alfa de Lyle, dijo, y le daría refugio en un lugar en el que no había muchas probabilidades de que a las autoridades se les ocurriera siquiera mirar. Lyle sustituiría a la subpersona de su nave, el escáner de nivel alfa de una mente humana real suplantaría la colección de algoritmos y subrutinas que era una persona de nivel gamma. Una mente real, aunque fuera una simulación de los patrones neuronales de una mente real, sustituiría a una persona del todo ficticia.

Un fantasma real rondaría por la nave.

—¿Por qué? —Preguntó Antoinette—. ¿Por qué quiso mi padre que se hiciera eso?

—¿Por qué crees tú? Porque le preocupaban su amigo y su hija. Fue la forma que tuvo de protegeros a los dos.

—No lo entiendo, Xave.

—Lyle Merrick estaba muerto si no accedía. Tu padre no iba a arriesgar el cuello dándole refugio a la simulación de ninguna otra forma. Por lo menos así Jim sacaba algo del trato, aparte de la satisfacción de salvar a parte de su amigo.

—¿Y que era?

—Hizo que Lyle le prometiera que cuidaría de ti cuando él ya no estuviese.

—No —dijo Antoinette sin más.

—Te lo íbamos a decir. Ese era el plan. Pero los años fueron pasando y cuando Jim murió… —Xavier sacudió la cabeza—. Esto no es fácil para mí, ¿sabes? ¿Cómo crees que me he sentido conociendo este secreto durante todos estos años? Dieciséis puñeteros años, Antoinette. Yo estaba más verde que nadie cuando tu padre me dio trabajo para ayudarle con el Ave de Tormenta, Por supuesto que tenía que saber lo de Lyle.

—No te sigo. ¿Qué quieres decir con eso de cuidar de mí?

—Jim sabía que no siempre iba a estar por aquí, y te quería más que, bueno… —La voz de Xavier se perdió.

—Sé que me quería —dijo Antoinette—. No es como si tuviéramos una de esas relaciones disfuncionales entre padre e hija como las que siempre aparecen en los holoprogramas, ya sabes. Toda esa mierda de «nunca me dijiste que me querías». Lo cierto es que nos llevábamos bastante bien, hostia.

—Lo sé. De eso se trataba. A Jim le preocupaba lo que te pasaría después, cuando él no estuviera. Sabía que querrías heredar la nave. No había nada que pudiera hacer, ni siquiera quería hacerlo. Coño, estaba orgulloso. Orgulloso de verdad. Pensaba que te convertirías en mejor piloto de lo que él lo fue jamás, y estaba más que seguro de que tenías más sentido comercial.

Antoinette contuvo una media sonrisa. Le había oído ese tipo de cosas a su padre con bastante frecuencia, pero seguía siendo agradable oírlas de boca de otros, prueba (si es que la necesitaba) de que Jim Bax siempre había hablado en serio.

—¿Y?

Xavier se encogió de hombros.

—El tío quería seguir cuidando de su hija. Tampoco es ningún delito, ¿no?

—No lo sé. ¿Cuál era el acuerdo?

—Lyle podía ocupar el Ave de Tormenta. Jim le dijo que tenía que seguir el juego y ser el viejo nivel gamma; que jamás podías sospechar que tenías un, bueno, un ángel de la guarda cuidándote. Se suponía que Lyle tenía que cuidarte, asegurarse de que nunca te metieras en demasiados problemas. Tenía sentido, ya sabes. Lyle tenía un fuerte instinto de preservación.

Antoinette recordó las veces que Bestia había intentado convencerla de que no hiciera algo. Habían sido muchas, y ella siempre las había achacado a un raro instinto demasiado protector de la subpersona. Bueno, pues tenía razón. Hasta la médula. Solo que no como ella había pensado.

—¿Y Lyle estuvo de acuerdo? —le preguntó a Xavier.

Este asintió.

—Tienes que entenderlo: Lyle no hacía más que sentirse culpable y recriminarse por lo ocurrido. Se sentía muy mal por todas las personas a las que había matado. Durante un tiempo ni siquiera se ejecutaba, no hacía más que entrar en hibernación o intentar persuadir a sus amigos para que lo destruyeran. El tío quería morir.

—Pero no lo hizo.

—Porque Jim le dio una razón para vivir. Una forma de cambiar las cosas, cuidando de ti.

—¿Y toda esa mierda del «señorita»?

—Parte del número. Tienes que reconocérselo al chaval, ha mantenido el tipo bastante bien, ¿no? Hasta que empezó a llover mierda. Pero tampoco puedes culparlo por ser presa del pánico.

Antoinette se levantó.

—Supongo que no.

Xavier la miró con expresión expectante.

—Entonces… ¿no te molesta?

La joven se dio la vuelta y lo miró directamente a los ojos.

—Sí, Xave, sí que me molesta. Lo entiendo. Incluso entiendo por qué me mentiste durante todos esos años. Pero eso no hace que esté bien.

—Lo siento —dijo él bajando los ojos—. Pero lo único que hice fue hacerle una promesa a tu padre, Antoinette.

—No es culpa tuya —le dijo ella.

Más tarde hicieron el amor. Estuvo tan bien como cualquiera de las otras veces que ella recordaba; quizá todavía mejor, dados los fuegos artificiales que sus emociones seguían disparando en su vientre. Y era cierto lo que le había dicho a Xavier. Ahora que había oído su versión de la historia, comprendió que él nunca hubiera podido decirle la verdad, o al menos no hasta que ella hubiera averiguado sola la mayor parte. Tampoco culpaba demasiado a su padre por lo que había hecho. Él siempre había cuidado de sus amigos y siempre había adorado a su hija. Jim no había hecho nada que no fuera típico de él.

Pero eso no hacía que la verdad fuera más fácil de aceptar. Cuando pensó en todo el tiempo que había pasado sola en el Ave de Tormenta sin saber que Lyle Merrick había estado allí, rondándola, quizá incluso vigilándola, tenía la enloquecedora sensación de haber sido traicionada y tomada por estúpida.

No creía que fuera algo que pudiera superar.

Un día después, Antoinette salió a visitar su nave, creía que entrando de nuevo en ella quizá pudiera encontrar la forma de perdonar la mentira que le había contado la única persona del universo en la que había creído que podía confiar. Poco importaba que hubiera sido una mentira piadosa, con la intención de protegerla.

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