Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Pero se decía que en el fondo del valle de los Salassi había dos pasos en los Alpes Peninos. El primero era prácticamente un sendero de cabras que cruzaba las mayores alturas y descendía hasta el asentamiento llamado Octodurum, de la tribu de los veragros, para después seguir el alto curso del Rhodanus hasta desembocar en el extremo oriental del lago Lemanna; debido a que llegaba a más de tres mil metros de altura, era un paso sólo practicable en verano y a principios de otoño, pero demasiado peligroso para un ejército. El segundo paso discurría a una altura de unos dos mil trescientos metros, y permitía el tránsito de carros, aunque no estaba pavimentado ni tenía guarnición romana; llevaba, en dirección norte, hasta el nacimiento del río Isara y las tierras de los alóbroges para seguir el curso médio del Rhodanus. Era el camino que habían seguido en su huida los cimbros germanos tras su derrota en Vercellae a manos de Cayo Mario y Catulo César, aunque su avance había sido muy lento, y más adelante habían sido aniquilados por los alóbroges y los ambarri.
Ya durante la primera entrevista que sostuvo Pompeyo con un grupo de los salassi sometidos, había descartado la idea de utilizar el paso más alto, pero el más bajo le interesaba enormemente. Un camino cuya anchura permitía el paso de carros, por abrupto y peligroso que fuese, significaba que podía cruzarlo con las legiones y -esperaba- con la caballería. La estación estaba atrasada en un mes al calendario, así que cruzaría los Alpes a finales de verano si se ponía en marcha a primeros de septiembre, siendo mínimas las posibilidades de nevada incluso a dos mil trescientos metros. Decidió no llevar pertrechos en carro, confiando en poder abastecerse en Narbo y más adelante en la Galia; por lo tanto hizo acopio del mayor número posible de mulas para el transporte de la impedimenta.
– Vamos a avanzar aprisa, por difícil que sea el terreno -dijo a su ejército formado al amanecer del día de la marcha-. Cuantas menos noticias tengan los alóbroges de nuestra llegada, más posibilidades tendremos de no vernos empantanados en un combate que no deseo. Debemos alcanzar los Pirineos antes de que se halle cerrado el paso más bajo de Hispania. La Galia Transalpina pertenece moralmente a los Domicios Ahenobarbos, y por lo que a mí respecta pueden quedársela. ¡Necesitamos estar en la Hispania Citerior en invierno, y en la Hispania Citerior estaremos en invierno!
El ejército cruzó el paso de menor altura por el valle de los Salassi a finales de septiembre, encontrando muy pocos obstáculos en el propio camino y por parte de los pueblos de los aledaños. Y cuando Pompeyo descendió al valle del Isara y a las tierras de los fieros alóbroges, para éstos fue tan inesperado que blandieron inútilmente sus lanzas en dirección a la estela de polvo sin lograr darle alcance, y el ejército romano llegó hasta el Rhodanus sin encontrar resistencia organizada. Fueron los helvecios, que vivían en la orilla occidental del gran río, a los pies del macizo de las Cevennas, quienes presentaron batalla, pero resultaron presa fácil para Pompeyo, que derrotó a varios contingentes de guerreros y finalmente pidió y obtuvo rehenes con la promesa de un comportamiento pacífico. Los voconcios y los saluvios, que se atrevieron a bajar a las llanuras del Rhodanus, corrieron igual suerte, y lo mismo sucedió con los volscos arecomici que les atacaron después de cruzar la calzada de los pantanos entre Arelate y Nemausus. Salvado el último peligro, Pompeyo reagrupó los centenares de niños que había tomado como rehenes y los envió a Massilia para que los retuvieran allí.
Cruzó los Pirineos antes del invierno y halló un excelente lugar para establecer su campamento en tierras de los civilizados indicetes, cerca de la ciudad de Emporiae. Ya estaba en la Hispania Citerior. El procónsul que no había sido senador, y menos aún cónsul, se sentó para escribir al Senado contando sus aventuras desde la marcha de la Galia itálica, poniendo énfasis en el valor y audacia de abrir una nueva ruta a través de los Alpes, y en la facilidad con que había derrotado a las tribus galas.
Al faltarle los toques finales con que Varrón siempre adornaba su limitada prosa, Pompeyo escribió al otro procónsul, Metelo Pío el Meneitos, en la Hispania Ulterior.
He llegado a Emporiae y he instalado el campamento de invierno. Voy a pasar el invierno endureciendo a mis tropas para la campaña del año que viene. Creo que el Senado te ha ordenado que me entregues una de tus legiones. Ahora mi cuñado Cayo Memmio habrá sido elegido cuestor y podrá traerme esa legión bajo su mando.
Evidentemente la mejor manera de derrotar a Quinto Sertorio es actuar de concierto. Por eso el Senado no nos ha nombrado superior y subordinado. Compartiremos el mando y actuaremos juntos.
He hablado mucho con gente que conoce Hispania y he ideado una buena estrategia para el año que viene. Sertorio no se atreve a penetrar en la Ulterior al este del Betis, porque está densamente poblada y romanizada y no hay tribus salvajes que simpaticen con su causa.
A ti te incumbe, Quinto Cecilio, cuidar la Ulterior y no hacer nada que provoque a Sertorio para que invada la provincia al este del Betis. Yo este año le expulsaré de la zona costera de la Citerior. No será una campaña ardua desde el punto de vista de los abastecimientos; en las zonas costeras hay zonas de buenas tierras con excelentes cultivos. En primavera descenderé hacia el sur, cruzaré el río Iberus y me dirigiré a Cartago Nova, que sigue en nuestras manos, aunque aislada del resto de la Citerior por las fuerzas de Sertorio. Cuando me una a Cayo Memmio en Cartago Nova volveremos a invernar en Emporiae, reforzando de paso las diversas ciudades costeras.
Al año siguiente expulsaré a Sertorio de la Hispania Citerior y le obligaré a retirarse hacia el suroeste, a tierras de los lusitanos. Al tercer año, Quinto Cecilio, juntaremos nuestros dos ejércitos y le aplastaremos en el Tajo.
Cuando Metelo Pío recibió este comunicado a mediados de enero, se retiró a su despacho en la casa que ocupaba en la ciudad de Hispalis para estudiarlo a solas. Su contenido no era para reír, pero esbozó una amarga sonrisa, ignorando que Sila había recibido en cierta ocasión una carta no muy distinta, llena de abundante información sobre un país que el dictador conocía mucho mejor que Pompeyo. ¡Por los dioses, qué confianza en sí mismo tenía el joven Carnicero! ¡Y qué paternalista!
Tres años habían transcurrido desde que Metelo Pío y sus ocho legiones habían llegado a la Hispania Ulterior, tres años en que Sertorio había resultado mejor estratega y general que él. Nadie sentía más respeto por Quinto Sertorio y su legado Lucio Hirtuleyo que Metelo Pío el Meneitos. Y nadie mejor que él sabía lo difícil que iba a ser, incluso para Pompeyo, vencer a Sertorio y a Hirtuleyo. Por lo que a él respectaba, la tragedia radicaba en que Roma no le había dado tiempo. Según Esopo, los lentos pero constantes ganan la carrera; pero Metelo Pío era la quintaesencia de los lentos y constantes. Se había lamido las heridas y reorganizado sus fuerzas para compensar la pérdida de una legión, y a continuación se atrincheró en su provincia sin provocar a Sertorio. Y muy deliberadamente. Pues mientras aguardaba y reunía los informes del espionaje pormenorizando los movimientos de Sertorio, se dedicaba a reflexionar. No consideraba imposible derrotar a Sertorio; lo que sucedía es que creía que a Sertorio no se le podía derrotar con métodos militares ortodoxos, y estaba convencido de que la solución estribaba, al menos en parte, en establecer una red de espionaje más astuta y artera, una clase de red que impidiese que Sertorio se enterase de antemano de sus movimientos de tropas. Una cosa bien difícil, porque los indígenas eran la clave del espionaje suyo y del de Sertorio; pero no era imposible. Y en ese sentido estaba trabajando Metelo Pío.