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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Pues bien; ya veremos -dijo Memmio, dispuesto a no preocuparse más hasta alcanzar Eliócroca.

Hasta que Cayo Mario había abierto las minas de las montañas entre el Betis y el Anas (llamada después sierra Mariana en memoria suya), las montañas de Orospeda eran la principal fuente de plomo y plata explotada por Roma; como consecuencia, en la vertiente sur de las mismas no había bosques, y ésa era la ruta de Memmio. Tenía que recorrer ochocientos kilómetros, pero como el terreno era difícil, Memmio había salido un poco antes que Pompeyo, a mediados de marzo, y a finales de abril, sin precipitarse, descendía de la cordillera de Orospeda hacia la pequeña ciudad de Eliócroca, a orillas del Tader. Ante él se extendía el Campus Spartarius.

Memmio, que llevaba en Hispania tiempo suficiente como para desconfiar de los indígenas, apretó las filas, preparado para repeler cualquier ataque, y prosiguió la marcha hacia Cartago Nova, situada a unos cuarenta y ocho kilómetros al sudoeste. Acertada medida, como vio en seguida, pues no lejos de la carretera minera de Eliócroca se encontró con los contestanos que le esperaban, y prometió una ternera a Júpiter Optimus Maximus si conservaba su legión intacta hasta llegar a lugar seguro. El lugar seguro era, sin lugar a dudas, Cartago Nova. Por lo que Cayo Memmio no pensó un solo instante en demorarse en alcanzar la pequeña península.

Faltaban no menos de cuarenta kilómetros, pero había enviado en avanzadilla a los doscientos jinetes galos que llevaba consigo, juzgando que sus intenciones serían inútiles si los contestanos le interceptaban en aquel angosto punto. Había salido a buen paso de Eliócroca al amanecer, cuando se tropezó con las tribus a unos ocho kilómetros, y a partir de ese momento siguió avanzando por la carretera a paso de cangrejo con las cohortes en cuadrado y los soldados de los flancos protegiendo la formación. Como los contestanos combatían a pie y no estaban acostumbrados a la batalla campal, no pudieron romper su formación y alcanzó el puente protegido y pudo cruzarlo con su legión intacta.

A Balbus el mayor lo envió a Gades en un anodino bajel que apestaba a garum, la maloliente pasta de pescado tan apreciada por los cocineros del orbe, con una carta para Metelo Pío diciendo que Cartago Nova no podría resistir hasta el invierno si no se la abastecía; y al Balbus joven le encomendó una misión más peligrosa: cruzar a través de las tribus al norte de Cartago Nova y enlazar con Pompeyo.

Pompeyo dejó los alrededores de Emporiae a principios de abril, cuando sus consejeros le comunicaron que el caudal del Iberus habría disminuido a finales de mes y se podría vadear fácilmente.

Había resuelto el problema de los legados nombrando sólo a picentinos o itálicos, y designando primeros legados a Lucio Afranio y Marco Petreyo, ambos viri militares de Piceno, que habían servido varios años en sus propias legiones. El compañero de alojamiento de César en Mitilene, Aulo Gabinio, era de una familia picentina; Cayo Cornelio no era de los Cornelios patricios, ni Décimo Laelio tenía parentesco con los Laelios que se habían distinguido en la época de Escipión el Africano y Escipión Emiliano, pero todos habían demostrado su valía militar o prometían en ese senti·do, aunque ninguno de ellos, salvo quizás Aulo Gabinio (cuyo padre y tío eran senadores), podía esperar ascender en Roma sin un buen mecenazgo de Pompeyo.

Las cosas salieron muy bien. Avanzando rápidamente a lo largo de la costa, Pompeyo con sus seis legiones y los mil quinientos jinetes llegaron a Dertosa, en la orilla norte del Iberus, sin encontrar resistencia alguna, y, aunque en el momento en que comenzaba a vadear el Iberus unas dos legiones al mando de Herenio trataron de impedírselo, las derrotó sin dificultad. Pompeyo, pletórico, continuó hacia el sur lleno de optimismo; pero Herenio volvió a cruzarse en su camino, y esta vez con dos legiones más al mando de Perpena. No obstante, cuando la vanguardia comenzó a ceder, se retiraron apresuradamente hacia el sur.

Los vigías de Pompeyo eran excelentes, y, conforme continuaba avanzando por la costa, le trajeron nuevas de que Herenio y Perpena se habían refugiado en la gran ciudad enemiga de Valentia, a unos ciento sesenta kilómetros de donde él se encontraba en aquel momento. Como Valentia estaba a orillas del río Turis y las grandes llanuras aluviales de aquel río eran ricas en cultivos, Pompeyo apresuró la marcha. Al llegar a Saguntum -junto a la desembocadura de un pequeño río que cruzaba un terreno bastante pobre-, sus vigías le comunicaron que Sertorio se hallaba muy lejos y no podría acudir en auxilio de Herenio y Perpena. Al parecer, temiendo que Metelo Pío invadiese el norte de Hispania con su ejército, Sertorio había dispuesto sus tropas en las cercanías de Salo y Segontia para interceptar al Meneítos cuando saliera por el estrecho corredor montañoso que separaba el Tagus del Iberus. ¡Ingenioso Sertorio -pensó Pompeyo con aire de suficiencia-, pero deberías estar cerca de Herenio y Perpena!

No era aún mediados de mayo y Pompeyo comenzó a sentir lo agobiante que era el verano en Hispania; y comenzaba también a percatarse de la cantidad de agua que bebían sus hombres en una jornada, y de lo aprisa que devoraban las provisiones. Como aún faltaban meses para la siega, el aprovisionamiento de trigo había dejado vacíos los graneros de las ciudades que habían cruzado a partir del Iberus; aquella costa, que parecía tan rica en los mapas y de la que sus consejeros decían maravillas, no era Italia. A él la costa del Adriático siempre le había parecido pobre y despoblada, pero era mucho más fértil y muchísimo más poblada que la costa oriental de Hispania.

Aunque proclamándose amiga de Roma, Saguntum no pudo darle trigo. Los piratas habían saqueado los silos, y sus habitantes apenas tenían para subsistir hasta la época de la cosecha. Así, sintiendo la llamada de las llanuras del Turis, Pompeyo reanudó la marcha.

Aquellos tremendos peñascos que se avistaban tierra adentro daban una remota idea de lo penoso que sería para un ejército cruzar la Hispania central; por lo cual Sertorio, que estaba apostado en Segontia a primeros de mayo, no podría acudir en ayuda de Valentia antes de finales de junio, y eso, según le informaban sus vigías, sólo si venía volando. Incapaz de concebir que otro general fuese capaz de avanzar más de prisa que él, Pompeyo dio crédito a sus vigías, quienes tal vez estuvieran convencidos de lo que decían, aunque lo más probable era que fuesen partidarios de Sertorio. Fuera lo que fuese, apenas a una jornada de Saguntum, Pompeyo supo que Sertorio y su ejército se interponían en el camino hacia Valentia y estaban atacando la ciudad de Lauro, leal a Roma.

Lo que a Pompeyo nadie habría podido hacerle entender es que Sertorio conocía cada quebrada, valle, paso y sendero entre el Mediterráneo y las montañas de Hispania occidental, y que se movía por ella con una extraordinaria rapidez porque en cada pueblo y aldea que encontraba le facilitaban alimento si lo pedía, y le animaban con un afecto rayano en la adulación, pues celtíberos y lusitanos detestaban a una Roma que únicamente dominaba el país para explotar sus riquezas. El hecho de que aquel llamado Sertorio fuese romano era una esperanza y un don de los dioses para los nativos, pues ¿quién mejor que un romano para luchar contra Roma?

Cuando los exploradores comunicaron que Sertorio mandaba sólo dos legiones, Pompeyo se quedó pasmado. ¡Qué valor! ¡Qué frescura! ¡Sitiar una ciudad romana a cuatro pasos de seis legiones veteranas y mil quinientos soldados de caballería! ¡Inconcebible! Y a Lauro se dirigió Pompeyo entusiasmado, pensando en que la Fortuna le había dado por primer adversario al mismísimo Sertorio.

Un vistazo frío y desapasionado a Lauro y a la posición de Sertorio desde un altozano al norte de la llanura bastó a Pompeyo para cobrar aún más confianza. Una milla al este de Lauro estaba el mar, y al oeste se alzaba una meseta alta. Desde el puesto de observación de Pompeyo era evidente que la altura al oeste era el lugar ideal para dirigir las maniobras. ¡Y Sertorio no la había tomado! Pompeyo, sin dudarlo un instante, dirigió su ejército hacia el oeste de la ciudad con idea de ocupar la colina y convencido de que ya era suya. Montado en su gran caballo blanco público bien enjaezado, y a buen paso delante de la tropa para que le viesen bien todos los que se apiñaban en lo alto de las murallas de Lauro.

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