Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Ahora Pompeyo irrumpía en el solar de Hispania con poderes del Senado (manipulado por Filipo) con igual imperium que él y muy seguro de su capacidad para eclipsar a Sertorio, a Hirtuleyo y a Metelo Pío. Bien, ya aprendería Pompeyo lo que Metelo Pío sabía perfectamente, aunque en aquel momento no estuviera dispuesto a escucharlo; cuestión de tiempo y unas cuantas derrotas. Oh, no cabía duda de que el joven era valiente como un león, pero el Meneitos le conocía de cuando tenía dieciocho años, y también sabía que Sertorio era valiente como un león. Y lo más importante, era el héroe militar de Cayo Mario y conocía el arte de la guerra como pocos hombres en la historia de Roma. Pese a todo, Metelo Pío había comenzado a intuir la debilidad de Sertorio y estaba casi seguro de que ésta radicaba en su engreimiento. Si esas ideas regias y fantasiosas podían socavarse sería posible buscarle las vueltas.
Pero ahora no se las podía buscar porque iba a enfrentarse a él Cneo Pompeyo Magnus.
Entró su hijo, después de haber llamado debidamente, porque Metelo Pío era un acérrimo partidario del formalismo. Todos le conocían por Metelo Escipión (aunque en privado su padre le llama¡ba Quinto) y su nombre completo era majestuoso: Quinto Cecilio Metelo Pío Corneliano Escipión Nasica; con diecinueve años, había llegado el año anterior para incorporarse al estado mayor de su padre como contubernalis, y estaba muy contento de poder -igual que había sido el caso de su progenitor- hacer el servicio militar con su padre. El vínculo paterno no tenía la fuerza de la sangre, pues Metelo Pío había adoptado al hijo mayor de Licinia, la hermana de su esposa, casada con Escipión Nasica. El Meneitos no se explicaba por qué Licinia la mayor era una mujer fértil que había concebido varios hijos, mientras que su Licinia era estéril. Eran cosas que sucedían, y cuando sucedían el hombre se divorciaba de la mujer estéril o, si la amaba, como en su caso, adoptaba un hijo.
En términos generales, el Meneitos estaba satisfecho de la adopción, aunque tal vez hubiese deseado que el muchacho fuese un poquito más inteligente y mucho menos arrogante. Esto último era comprensible, porque Escipión Nasica era arrogante. Alto y bien hecho, Metelo Escipión mostraba una altanería que compensaba su absoluta falta de guapura. Tenía ojos azul-gris y un pelo muy claro, por lo que no se parecía en nada a su padre adoptivo. Y si algunos de sus contemporáneos decían (como el joven Catón) que Metelo Escipión andaba como si estuviera sintiendo un mal olor, la mayoría coincidía en admitir que tenía motivos para arrugar la nariz. A los diez años había sido prometido en matrimonio a la hija de Mamerco y su primera esposa, una Claudia Pulcra, y, aunque los dos jóvenes regañaban mucho, él estaba tan enamorado de Emilia Lépida como ella de él.
– Una carta de Cneo Pompeyo Magnus desde Emporiae -dijo Metelo Pío a su hijo, alzándola pero sin intención alguna de leérsela.
El gesto de superioridad de Metelo Escipión creció y lanzó un bufido.
– Qué ofensa, padre -dijo.
– En cierto modo, sí, Quinto, hijo mío. Pero lo que dice me ha levantado mucho el ánimo. Este brillante prodigio militar considera a Sertorio un zopenco con el que no tiene ni para empezar.
– Ah, ya -comentó Metelo Escipión, sentándose-. Pompeyo cree que arrollará a Sertorio en una sola campaña, ¿no?
– ¡No, no, hijo! En tres campañas.
Sertorio había pasado el invierno en su nueva capital de Osca con su más valioso legado, Lucio Hirtuleyo, otro buen legado, Cayo Herenio, y el relativamente recién llegado Marco Perpena Vento.
A la llegada de Perpena las cosas se habían enturbiado, porque él había dado por sentado que el regalo de veinte mil infantes y mil quinientos jinetes seguiría bajo su mando.
– No puedo permitirlo -había dicho Sertorio.
– ¡Son mis tropas, Quinto Sertorio! -había exclamado Perpena, furioso-. ¡Es de mi incumbencia su cuidado y su empleo! ¡Siguen siendo mías!
– ¿Por qué actúas igual que Cepio el cónsul antes de la batalla de Arausio? -inquirió Sertorio-. ¡Ni lo pienses, Vento! ¡En España sólo hay un comandante en jefe y un cónsul. Yo!
Pero no había quedado ahí la cosa. Perpena sostenía y perjuraba que Sertorio no tenía derecho a negarle igual categoría ni a quitarle el ejército.
Luego Sertorio lo planteó ante el Senado.
– Marco Perpena Vento quiere hacer la guerra a Roma en Hispania por su cuenta y con rango igual al mío. No quiere aceptar mis órdenes ni seguir mi estrategia. Yo os pido, padres conscriptos, que le comuniquéis que se subordine a mi o se marche de Hispania.
El Senado de Sertorio así se lo comunicó a Perpena, pero éste siguió en sus trece, y, convencido de que tenía de su parte el derecho y la tradición, apeló a su ejército en asamblea. Pero sus soldados le dijeron claramente que Sertorio tenía razón; servirían a las órdenes de Sertorio y no de él.
Así, finalmente Perpena había claudicado. A todos les pareció (incluido el propio Sertorio) que cedía con gentileza y sin rencor, pero bajo su plácida apariencia le reconcomía el sentimiento de haber sido ultrajado. Él estaba convencido de que, de acuerdo con las costumbres romanas, tenía el mismo rango que Sertorio; los dos habían sido pretores y ninguno de los dos cónsul.
Ignorando que Perpena seguía ofendido, Sertorio procedió el mismo invierno de la llegada de Pompeyo a trazar sus planes para la campaña del año próximo.
– Yo no conozco a Pompeyo -dijo Sertorio con toda naturalidad-, pero viendo su carrera no creo que sea difícil derrotarle. Si hubiese creído que Carbón era capaz de vencer a Sila, me habría quedado en Italia; tenía buenos hombres, como Carrinas, Censorino y Bruto Damasipo, pero en el momento en que huyó, que es cuando se habría visto lo que valía Pompeyo, dejó plantados a un estado mayor desmoralizado y a todo el ejército. Aun recordando las primeras batallas de Pompeyo, es evidente que no se ha enfrentado nunca a un general realmente capaz ni a un ejército con moral de victoria.
– ¡Eso va a cambiar! -comentó Hirtuleyo sonriente.
– Ya lo creo. ¿Cómo le llaman? ¿El joven Carnicero? Bueno, no creo que yo le haga tal honor; le llamaré el jovencito. Está muy pagado de si mismo, es un inconsciente y no tiene respeto por las instituciones romanas. Si no, no habría venido con un imperium igual al de esa vieja de la Hispania Ulterior. Ha manipulado al Senado para que le conceda el mando sin tener derecho a ello, por muchas cláusulas especiales que haya añadido Sila a las leyes. Es mi obligación darle lo que se merece, que no es tanto como él cree.
– ¿Tienes idea de lo que hará? -inquirió Herenio.
– Oh, lo lógico -contestó Sertorio-. Bajará por la costa para arrebatárnosla.
– ¿Y la vieja? -preguntó Perpena, que utilizaba el despectivo mote que Sertorio aplicaba a Metelo Pío.
– Bueno, de momento su actuación no ha sido nada brillante, ¿no? Sin embargo, por si la llegada de Pompeyo le ha envalentonado, le mantendremos clavado en su provincia. Situaré a los lusitanos en masa en la frontera occidental y le obligaremos a desalojar el Betis y a establecerse en el Anas, ciento sesenta kilómetros más lejos de la costa, por si se le ocurre ir en ayuda de Pompeyo. Aunque no creo que piense hacerlo. La vieja es cauta y poco emprendedora. ¿Y por qué se va a esforzar, además, en ayudar a un jovencito que se las ha arreglado para que el Senado le conceda un imperium igual al suyo? La vieja es un rigorista, Perpena; cumplirá con su deber con Roma, independientemente de que le hayan dado a otro igual imperium, pero ni un ápice más. Cuando vea que los lusitanos invaden la otra orilla del Anas considerará que su deber es contenerlos.
La reunión concluyó, y Sertorio fue a dar de comer a su corza blanca, un animal mágico en virtud de su extraño color, que había asumido una singular importancia ante sus partidarios hispanos, que lo consideraban prueba de que Sertorio tenía poderes mágicos. No había perdido con los años el ascendiente sobre los animales salvajes y al volver la segunda vez a Hispania, era consciente de la fuerte impresión que causaba en los nativos cuando hacia un chasquido con los dedos y acudía un animal. La corza blanca, que no debía de tener madre, había venido a él dos años atrás en las montañas de la Hispania central, débil y recatada, y él, sin pensar en lo que hacía, se había arrodillado a abrazarla. Pero los hispanos habían murmurado asombrados ante la escena, y desde aquel día le miraban de forma distinta, porque estaban convencidos de que el animal era nada menos que una reencarnación de su diosa Diana, quien mostraba a Sertorio su especial favor para distinguirle de los demás mortales. ¡Y él sabía quién era el animal, puesto que había caído de rodillas ante él para adorarlo humildemente!