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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Desde entonces no se había separado de aquella corza que le seguía a todas partes como un can y no dejaba que se le acercase hombre ni mujer, sólo él. Y lo que era aún más extraordinario es que no crecía y seguía siendo una delicada cría de ojos de rubí que retozaba y hacía cabriolas junto a Sertorio para que la acariciara y besara, y dormía en una piel de oveja junto a su cama. Él la llevaba consigo hasta en las campañas; durante la batalla, la ataba a un palo en un sitio seguro, porque si la dejaba suelta ella trataba de llegar a él en medio del combate, y no quería correr el riesgo de perderla, ya que, en ese caso, los hispanos creerían que la diosa le había abandonado.

Lo cierto es que él mismo había comenzado a creer que la corza blanca era signo del favor celestial, y cada día estaba más convencido. Naturalmente, la llamaba Diana, y cuando hablaba con ella se consideraba su «papá».

– ¡Diana, ha venido papá! -dijo.

Y Diana se llegó a él alegremente para que la besara. Sertorio se agachó y abrazó al tembloroso animalito, acercó sus labios al suave pelaje de su cabeza y le acarició rítmicamente una oreja. Siempre la sacaba de casa cuando tenía consejo con los legados, y debía de estar deprimida pensando que había ofendido a papá; por eso cuando acudía a él contrita, él aumentaba las caricias, musitándole palabras de afecto para que se animase a comer. Tal vez pensase más en Diana que en la esposa germana y en el hijo habido con ella, ya que ellos no tenían nada de divino. Más que a Diana, sólo quería a su madre, a quien hacía siete años que no veía.

La corza triscó contenta por entre las hierbas secas (pues en invierno en la nevada Osca no había pastos), y Sertorio se sentó en una piedra tratando de imaginarse los planes de Pompeyo. ¡Un jovencito! ¿Es que realmente pensaba Roma que un muchacho de Piceno podía derrotarle? Cuando se levantó estaba convencido de que Roma y el Senado habían sido burlados por el mañoso Filipo. Pues, naturalmente, Sertorio mantenía contacto con gente en Roma de cierta categoría, gente descontenta que durante el mandato del dictador urdía planes, y algunos le mantenían informado. Desde el nombramiento de Pompeyo los informes habían variado un poco de tono, y algunos personajes comenzaban a insinuar que si Quinto Sertorio derrotaba al nuevo adalid del Senado, Roma estaría dispuesta a recibirle como dictador.

Pero él también había pensado algo y, discretamente, llamó a Lucio Hirtuleyo a su presencia.

– Tenemos que asegurarnos completamente de que la vieja no sale de su provincia de la Hispania Ulterior -dijo-, pues podría ser que no bastasen los lusitanos para disuadirle. Quiero que tú con tu hermano llevéis el ejército a Laminio en primavera y os asentéis allí. Si la vieja decide ir en ayuda de Pompeyo, vosotros le detendréis. Y si intenta salir de su provincia por el Anas o el Betis, le cerráis el paso.

El ejército hispano lo componían cuarenta mil lusitanos y celtíberos de las tribus peninsulares a quienes Sertorio e Hirtuleyo habían adiestrado con gran esfuerzo y buenos resultados para combatir contra las legiones romanas. Sertorio contaba con otras fuerzas hispanas que conservaban su atavío indígena, y eran fantásticas para emboscadas y guerra de guerrillas, pero desde el principio sabía que si quería vencer a Roma en Hispania tenía que disponer de legiones romanas debidamente entrenadas, y, aunque se habían alistado muchos romanos e itálicos desde la derrota de Carbón, no eran suficientes. Por eso había formado Sertorio su ejército hispano.

– ¿ Podrás arreglártelas sin nosotros frente a Pompeyo? -preguntó Hirtuleyo.

– Tengo de sobra con las tropas de Perpena.

– Pues no te preocupes de la vieja. Mi hermano y yo la mantendremos en su provincia.

– Y recuerda -dijo Metelo Pío a Cayo Memmio cuando éste se disponía a marchar hacia Cartago Nova- que tus tropas son más valiosas que tu pellejo. Si las cosas fueran mal, es decir, si a Pompeyo no le salieran como él cree, refúgiate con tus hombres en un sitio en que puedas resistir. Eres persona en quien confío, Memmio, y lamento que partas, pero cuida a la tropa.

Guapo de cara y solemne, el nuevo cuestor de Pompeyo, que además era cuñado suyo, partió con la legión a campo través hacia Levante por una región reputada de ser la más fértil del orbe, más que Campania, más que Egipto y más que la provincia de Asia. De veranos e inviernos equilibrados, ríos abundantes alimentados por nieves perpetuas y profundas tierras aluviales, la Hispania Ulterior era una despensa verde en primavera y principios de verano, y dorada en el abundante otoño; el ganado era gordo y prolífico, y en sus ríos abundaba la pesca.

Acompañaban a Cayo Memmio dos hombres que no eran romanos ni hispanos; un tío y un sobrino casi de la misma edad, y los dos por nombre Kinahu Hadasht Byblos. Eran de sangre fenicia y ciudadanos de la gran urbe portuaria de Gades, colonia fenicia fundada mil años atrás, que conservaba aún de forma manifiesta sus raíces y costumbres púnicas. La hegemonía cartaginesa les había sido llevadera, puesto que los cartagineses eran también de origen púnico; luego llegaron los romanos, que también se habían avenido con las gentes de Gades. Gades prosperaba y, paulatinamente, los nobles gaditanos habían comprendido que el destino de su ciudad quedaba inextricablemente unido al de Roma. Un pueblo civilizado del Mediterráneo era preferible al dominio de las tribus bárbaras del este y el centro de Hispania, y el principal temor de los gaditanos era que Roma acabase por no considerar digna de conservación a Hispania y la abandonase. Por esa razón, el tío y el sobrino, llamados Kinahu Hadasht Byblos, acompañaban a Cayo Memmio y a su legión para ayudarle en lo que pudieran. Memmio les había encargado complacido los abastecimientos de la tropa, y los empleaba de intérpretes e informadores. Como le costaba pronunciar correctamente su nombre púnico, y ellos hablaban latín y muy bien, aunque con un deje peculiar, el nuevo cuestor de Pompeyo les llamaba Balbus, nombre que denotaba un impedimento del habla, aunque no acababa de entender por qué ellos estaban encantados de que les aplicara un apodo latino.

– Cneo Pompeyo me ha dado orden de que vaya por Fraxinum y Eliócroca -dijo Memmio al Balbus mayor-. ¿Debemos realmente seguir ese camino?

– Creo que si, Cayo Memmio -contestó Balbus, cuya nariz aguileña y marcados pómulos denotaban su origen semítico, del mismo modo que sus grandes ojos negros-. Hay que seguir el Betis en casi todo su curso hasta el nacimiento, y luego cruzar los montes de Orospeda por la parte más estrecha de la vertiente. Pero si de Ad Fraxinum vamos hasta Basti, podemos tomar un camino que cruza hasta Eliócroca. A partir de allí podemos descender rápidamente hasta el Campus Spartarius, que es como los romanos llaman a las llanuras de los contestanos cerca de Cartago Nova. No merece la pena seguir otro camino.

– ¿Encontraremos mucha resistencia?

– No hasta que crucemos Orospeda. Después, quién sabe.

– ¿Son amigos o enemigos los contestanos?

Balbus hizo un extraño gesto de escepticismo.

– ¿Puede uno confiar en las tribus hispanas? Los contestanos siempre han vivido cerca de la civilización, y eso es algo. Pero también el llamado Sertorio es un hombre civilizado, y los hispanos le admiran mucho.

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