Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Aunque avanzaba sin dejar de mirar la colina de arriba abajo, había llegado a ella sin advertir que iba coronándose de erizadas lanzas. Y de pronto se oyeron abucheos, mofas y rechiflas: las de Sertorio y sus tropas gritándole que habría debido darse más prisa para arrebatar una colina a Quinto Sertorio.
– ¿Es que pensabas que no me iba a dar cuenta de que venías a por ella, chiquillo? ¡Tortuga! Te crees tan listo como el Africano y tan valiente como Horacio Cocles, ¿verdad? ¡Pues Quinto Sertorio te dice que eres un aficionado! ¡No tienes ni idea de arte militar! ¡Quédate por aquí y aprenderás algo de un experto!
Pompeyo, ante la imposibilidad de tomar la posición al asalto, no tuvo más remedio que retroceder. Con la vista fija ante sí, consciente de que su rostro era una amapola, dio media vuelta con el caballo y cruzó las filas de sus tropas sin detenerse hasta hallarse de nuevo en el otero de observación. El sol ya había cruzado el cenit, pero aún había día por delante para intentar alguna maniobra, y su pundonor se lo exigía.
Con la respiración agitada del que trata de dominar sus emociones, volvió a observar el terreno. A sus pies tenía a la tropa bien dispuesta, bebiendo la última ración de agua de los arrugados pellejos que cargaban los asnos, y hablando unos con otros bajo aquel sol abrasador, apoyados en escudos y lanzas; hablando de su bonito general y de la humillación que acababan de infligirle, y pensando si no sería la primera campaña en que no iba a poder vencer.
No había querido que le acompañasen Afranio ni Petreyo, y menos aún los más jóvenes, sobre todo Aulo Gabinio, pero ahora hizo llamar a Afranio, y cuando con sus caballos flanquearon a su blanco corcel público, señaló con una varita el escenario de la batalla. Ninguno de los dos dijo una palabra, esperando que acabara de explicarse.
– ¿Veis dónde está Sertorio? -dijo sin intención de que contestaran-. Se mueven al pie de las murallas; deben de estar zapándolas. El campamento lo tiene ahí. ¡Ahora baja de la colina! Esa colina no le interesa, lo que quiere es tomar la ciudad. ¡Pero no volverá a engañarme! -añadió con los dientes apretados-. La distancia que hay que cubrir para entrar en combate será de una milla, y sus líneas tendrán la mitad de esa distancia… se ha desplegado demasiado y eso nos da ventaja. Si quiere resistir el ataque, tendrá que cerrar filas cuando nos vea llegar; y hemos de suponer que cree que va a resistir, si no no estaría ahí. Puede abrirse hacia el este o el oeste o en ambas direcciones a la vez; imagino que lo hará en ambas direcciones, como lo haría yo -el último comentario se le escapó y se ruborizó-. Avanzaremos con las alas sobresaliendo del centro, con la caballería distribuida por igual en los extremos; la infantería, una legión en cada ala formando la parte más densa de las alas hacia el centro, en donde irán las otras cuatro legiones. Cuando un ejército avanza por terreno llano es difícil determinar si las alas van muy adelantadas del centro y las abriremos más conforme nos acerquemos. Si me menosprecia (¡y parece hacerlo!) no me creerá capaz de astucia militar. Y se verá envuelto por mis alas, sin poder escapar por el este ni por el oeste, y acorralado contra las murallas.
Afranio se arriesgó a hacer un comentario.
– Dará resultado -dijo.
– Dará resultado -añadió Petreyo, asintiendo con la cabeza.
Era cuanto necesitaba Pompeyo. Al pie de su puesto de observación ordenó a los trompetas tocar «formación en línea de combate» y dejó que Afranio y Petreyo dieran las órdenes a los otros legados y a los centuriones, mientras él pedía seis heraldos a caballo.
Cuando Afranio y Petreyo regresaron junto a él era demasiado tarde para disuadirle de lo que había ordenado; los dos primeros legados vieron pasmados alejarse a los heraldos, e hicieron mentalmente augurios para que el plan de Pompeyo surtiese efecto.
Mientras el ejército se ponía en marcha, los heraldos, con bandera blanca, cabalgaron frente a las defensas del campamento de Sertorio para vociferar un mensaje a los habitantes de Lauro, que observaban desde las murallas.
– ¡Salid, habitantes de Lauro! -gritaban-. ¡Salid de vuestras casas y asomaos a las almenas a ver a Cneo Pompeyo Magnus enseñar a esta fiera renegada que se dice romano lo que es un verdadero romano! ¡Salid a ver a Cneo Pompeyo Magnus infligir una sonada derrota a Quinto Sertorio!
¡Iba a dar resultado!, pensó Pompeyo, ya recuperado del bochorno y de nuevo a la cabeza de su ejército, cuyas alas se abrían cada vez más hacia adelante conforme avanzaban las legiones, sin que Sertorio diese orden alguna a sus tropas de retirarse hacia el este o el oeste. ¡Los cercarían! ¡Sertorio moriría con todos sus hombres, moriría! ¡Ah, aquel Sertorio aprendería del modo más definitivo lo que era enfurecer a Cneo Pompeyo Magnus!
Los seis mil soldados que Sertorio había mantenido en reserva, totalmente fuera de la vista de los vigías de Pompeyo y de su puesto de observación, caían ya sobre la desvalida retaguardia de Pompeyo y la deshacían sin que aún éste -en vanguardia- se hubiese enterado. Cuando se lo comunicaron, nada podía hacerse para evitar el desastre; en aquel momento las alas habían avanzado tanto, que era inútil intentar que diesen media vuelta, y además se habían replegado y empeñaban combate con las tropas de Sertorio bajo los muros de Lauro, llenos de gente contemplando el desastre, por obra y gracia de los heraldos que había enviado. Al fallar una y otra vez la maniobra de dar media vuelta, lo único que Pompeyo y sus legados podían hacer era esforzarse denodadamente por formar las cuatro legiones del centro en cuadrado. Para empeorar las cosas, escuadrones de caballería de Sertorio surgían por detrás de Lauro y caían sobre los de Pompeyo que cubrían los extremos de las alas. Los desastres se sucedían.
Pero aquellos veteranos de las legiones de Pompeyo eran buenos soldados y estaban mandados por hábiles centuriones y lucharon con valentía, aunque con la boca seca y un profundo desánimo al ver frustrado el ataque de su guapo general, cosa inimaginable para ellos. Finalmente, Pompeyo y los legados lograron formar el cuadrado y plantar una especie de campamento.
Al anochecer, Sertorio se retiró y les dejó concluir el campamento entre montones de cadáveres y en medio de los abucheos y chanzas que proferían no sólo los soldados de Sertorio, sino también de los habitantes de Lauro. Pompeyo no pudo ni retirarse a llorar a solas, echándose su capa roja de general por encima de la cabeza; tuvo que hacer de tripas corazón y recorrer el campo dirigiendo a la sedienta tropa sonrisas y palabras de aliento, pensando en dónde encontrar agua y sin saber cómo paliar aquella vergüenza.
A las primeras luces del alba envió un mensajero a Sertorio y le pidió una tregua para enterrar a los muertos, petición que éste concedió con gran generosidad para que trasladara su campamento lejos del hediondo paraje en un lugar con agua potable. Después, una gran depresión hizo mella en él y dejó que sus legados contasen y sepultasen los muertos en trincheras y fosas, ya que no había cerca madera ni aceite. Mientras ejecutaban aquella tarea, él se retiró a la tienda de mando, mientras los pocos hombres que no estaban heridos construían fortificaciones alrededor para contener a Sertorio una vez concluida la tregua. Hasta el anochecer, un día después de la batalla, no osó Afranio pedir audiencia. Venía solo.
– No habremos acabado los enterramientos antes de la nundinae -dijo el primer legado con toda naturalidad.