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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Bastante -comentó cortésmente Servilia.

– Yo también lo siento -dijo Cnea con brusquedad, para poner su granito de arena.

Pero la mirada que Servilia dirigió a la pobre criatura no expresaba cariño ni compasión; Servilia la despreciaba, aunque no la odiase tanto como a su madre.

– ¿Que harás ahora? -inquirió Porcia Liciniana.

– Casarme otra vez lo antes posible.

– ¡Casarte de nuevo! Eso no está bien para una mujer de tu rango. Yo me quedé viuda y no volví a casarme.

– Me imagino que nadie te lo propondría – dijo Servilia sin alzar la voz.

Pese a su insensibilidad, Porcia Liciniana advirtió la causticidad del comentario y se puso en pie muy digna.

– He cumplido con mi deber y te he dado el pésame -dijo-. Anda, Cnea, vámonos ya. No estorbemos a Servilia en su búsqueda de un nuevo marido.

– ¡Vete con viento fresco, vieja verpa! -dijo Servilia cuando hubieron salido.

Tan indeseada como Porcia Liciniana y Cnea fue la tercera visita que tuvo poco después: el más joven de los seis huérfanos, Marco Porcio Catón, era hermanastro de Servilia por parte de madre, hermana de Druso y Mamerco.

– Mi hermano Cepio hubiera debido venir -dijo el joven Catón con su voz dura y desagradable-, pero está fuera de Roma con el ejército de Catulo; es contubernalis, si sabes lo que significa el término.

– Lo sé -contestó Servilia sin alzar la voz.

Pero la insensibilidad de Porcia Liciniana no era nada comparada con la de Marco Porcio Catón, y éste no captó la ironía. Tenía ya dieciséis años, pero seguía viviendo con Cnea y su madre, igual que su hermana Porcia, pues hacía tiempo que Mamerco había vendido la casa de Druso por ser muy grande y ahora vivían todos en la del padre de Catón.

Aunque el enorme tamaño de su aguileña nariz impedía que pudiera calificársele de guapo, Catón era un joven muy atractivo de cutis claro y anchos hombros; sus grandes y expresivos ojos eran de color gris claro con una espesa cabellera castaño rojiza y una boca bonita. No obstante, para Servilia era un monstruo sin paliativos, una persona ruidosa, lerda, insensible, y tan pendenciero, que había sido un tormento para su gemelo mayor desde que comenzó a andar y a hablar.

Les separaban diez años y distinto padre, pero aún había más. Servilia era una patricia de familia cuyo origen se remontaba a la época de los reyes de Roma, mientras que la rama de la familia de Catón procedía de una esclava celtíbera, Salonia, que había sido la segunda mujer de Catón el Censor. Para Servilia, esa mancha que la madre había arrojado sobre ella y la familia de su marido era intolerable, y era incapaz de ver a ninguno de sus tres hermanos más jóvenes sin apretar los dientes de rabia y vergúenza. Ante Catón demostraba estos sentimientos, mientras que ante Cepio, que se suponía era auténticamente hermano suyo (aunque ella sabía que no), los ocultaba. Por decencia. ¡Maldita decencia!

No es que Catón sintiese complejo social alguno; él estaba muy orgulloso de su bisabuelo el censor y consideraba impecable su ascendencia; como los nobles romanos habían olvidado el segundo matrimonio de Catón el Censor (basándose en que había sido una venganza contra el hijo esnob que había tenido de su primera esposa, una Licinia), el joven Catón tenía esperanzas de llegar al Senado y muy posiblemente al consulado.

– Al final, tío Mamerco no te eligió un buen marido -dijo Catón.

– No estoy de acuerdo -respondió Servilia-. Me convenía. Al fin y al cabo era un Junio Bruto; plebeyo quizá, pero totalmente noble por ambas partes.

– ¿Es que nunca vas a entender que el linaje es mucho menos importante que los actos de la persona? -replicó Catón.

– Es mucho más importante.

– ¡Eres una esnob insoportable!

– Si, lo soy; y doy gracias a los dioses por ello.

– Estropearás a tu hijo.

– Eso está por ver.

– Cuando sea un poco mayor, ya me encargaré de él para borrarle todas las pretensiones sociales.

– Por encima de mi cadáver.

– ¿Cómo vas a impedírmelo? ¡No vas a tener al niño pegado a tus faldas toda la vida! Como es huérfano yo estoy in loco parentis.

– Por poco tiempo. Pienso volver a casarme.

– ¡Volver a casarse es impropio de una noble romana! Creí que ibas a emular a Cornelia, la madre de los Gracos.

– No soy tonta. Una noble de ascendencia patricia debe tener esposo para asegurarse la preeminencia. Y un esposo tan noble como ella.

Él soltó una estentórea carcajada.

– ¿Quieres decir que vas a casarte con un bufón linajudo como Druso Nerón?

– Mi hermana Lilla es quien va a casarse con Druso Nerón.

– ¡Muy oportuno! Y eso que no se gustan.

– Harán lo que les digan, conforme está dispuesto.

– Seré yo quien se case con la hija de tío Mamerco -dijo Catón con aire de suficiencia.

Servilia le miró con aire despreciativo.

– ¡Tú no! Emilia Lépida está prometida hace años a Metelo Escipión, de cuando el tío Mamerco estaba con Pío, su padre, en el ejército de Sila. ¡Tú, Catón, comparado con Metelo Escipión, eres una seta!

– Es igual. Emilia Lépida estará prometida a Metelo Escipión, pero no le ama; se pelean constantemente, y cuando está triste ¿a quién acude ella? ¡A mí, naturalmente! ¡Pierde cuidado, que me casaré con ella!

– ¿No hay nada bajo el sol capaz de quebrantar tu increíble engreimiento? -inquirió ella.

– Si lo hay no me consta -replicó él imperturbable.

– No te preocupes, que surgirá.

Otra risotada.

– ¡Eso esperas!

– No espero; estoy segura.

– Mi hermana Porcia ya está comprometida -añadió Catón para no cambiar de tema.

– Con un Ahenobarbo sin duda. ¿El joven Lucio?

– Exacto; el joven Lucio. ¡Me gusta! Es una persona que sabe pensar.

– Un advenedizo casi tan fatuo como tú.

– Me marcho -dijo Catón levantándose.

– ¡Vete con viento fresco! -volvió a decir Servilia, pero esta vez a la cara.

Así fue como Servilia fue a su cama vacía aquella noche, sumida en una mezcla de tristeza y decisión. Así que no aprobaban su intención de volver a casarse; la consideraban una fuerza acabada, ¿verdad?

– ¡Pues se equivocan! -exclamó en voz alta antes de rendirse al sueño.

Por la mañana fue a ver a tío Mamerco, con quien siempre se había llevado muy bien.

– Eres el albacea del testamento de mi esposo -dijo-. Quiero saber qué sucede con mi dote.

– Sigue siendo tuya, Servilia, pero ahora que eres viuda no la necesitarás. Marco Junio Bruto te ha dejado lo suficiente para vivir cómodamente, y su hijo es un niño muy rico.

– No pienso seguir viviendo sola, tío. Quiero volver a casarme si me encuentras un esposo conveniente.

– Rápida decisión -comentó Mamerco sin salir de su asombro.

– No hay por qué demorarlo.

– Han de pasar nueve meses para que puedas volver a casarte, Servilia.

– Tiempo de sobra para que me encuentres marido -replicó la viuda-. Que sea por lo menos de tan buena cuna y fortuna como Marco Junio, pero preferiblemente algo más joven.

– ¿Cuántos años tienes tú?

– Veintisiete.

– ¿Quieres alguien de unos treinta?

– Una edad ideal, tío Mamerco.

– No un cazafortunas, claro.

– ¡No un cazafortunas! -contestó ella enarcando las cejas.

– De acuerdo, Servilia -dijo Mamerco sonriente-. Comenzaré a buscar. No será difícil. Tu linaje no puede ser mejor, tienes una dote de doscientos talentos y eres fértil. Y tu hijo no será una carga financiera ni para tu esposo ni para ti. ¡Sí, creo que te encontraremos algo que esté bien!

– Por cierto, tío -dijo ella cuando se levantaba-, ¿te has dado cuenta de que el joven Catón ha echado el ojo a tu hija?

– ¿Qué?

– Catón ha echado el ojo a Emilia Lépida.

– ¡Si está prometida a Metelo Escipión!

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