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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Eso le dije yo, pero él no parece considerarlo un impedimento. Yo no creo que Emilia Lépida tenga pensado cambiar a Metelo Escipión por Catón, pero no cumpliría con mi deber si no te informara de lo que va diciendo Catón por ahí.

– Son buenos amigos, es cierto -dijo Mamerco con aire de preocupación-, ¡pero tiene exactamente la misma edad que Emilia Lépida! Generalmente a las chicas no les interesan muchachos de su misma edad.

– Te repito que no sé lo que a ella le interesa. Lo Único que te digo es que a Catón le interesa ella. ¡Córtalo de raíz, tío, córtalo de raíz!

«¡Así aprenderás, Marco Porcio Catón!», se dijo Servilia para sus adentros al salir a la tranquila calle del Palatino donde vivían Mamerco y Cornelia Sila. ¿Cómo has osado pretender a la hija de tío Mamerco, patricia por los dos costados?

Y llegó a su casa, muy satisfecha de sí misma. En muchos aspectos, no lamentaba que la vida le hubiese reservado el destino de viuda; aunque cuando se casó con Marco Junio Bruto no era muy mayor, los ocho años de matrimonio le habían avejentado a sus ojos, y ella había comenzado a desesperar de tener más hijos. Un varón ya estaba bien, pero las hijas también servían; con una buena dote podían encontrar un buen marido que fuese políticamente útil para el hijo varón. Si, la muerte de Bruto había sido una sorpresa, pero no la afligía.

El mayordomo en persona le abrió la puerta.

– ¿Qué sucede, Dito?

– Tenéis visita, domina.

– ¡Después de tantos años, griego idiota, deberías saber anunciar las visitas de otro modo! -le espetó ella, complaciéndose en el súbito temor que le asaltaba-. ¿Qué visita?

– Dijo que era Décimo Junio Silano, señora.

– Dijo que era Décimo Junio Silano. O es quien dice que es o no lo es. ¿Quién es, Epafrodito?

– Es Décimo Junio Silano, señora.

– ¿Le has hecho pasar al despacho?

– Sí, señora.

Y allí se dirigió sin quitarse la negra palla, frunciendo el ceño para enfrentarse con aquel Décimo Junio Silano. La misma famosa familia de su difunto marido, pero de una rama con el cognomen de Silano porque el primero de la estirpe llamado así no era feo como el impúdico rostro del Silano que arrojaba el agua en todas las fuentes de Roma, sino un hombre guapo. Con la misma fama que los Memmios, los Junio Silanos seguían siendo hombres muy bien parecidos.

– Venía- dijo él, tendiendo la mano a la viuda a darte el pésame y ofrecerte la ayuda que puedas necesitar. Me imagino que estarás muy apenada -concluyó con poca convicción, ruborizándose.

Evidentemente, por el rostro no se le podía confundir más que con un Junio Silano, pues era rubio, de ojos azules y de una guapura impresionante. A Servilia le gustaban los rubios guapos. Puso su mano en la de él el tiempo preciso, y se volvió para quitarse la palla y dejarla en el respaldo de la silla de su difunto, quedándose con el negro vestido. Era un color que le iba bien por su cutis claro, pero sus ojos y el pelo eran tan azabache como sus galas de viuda. También tenía buen gusto y se vestía con estilo y sencillez, y al joven le pareció tan perfecta de carne y hueso como se lo había parecido en el recuerdo.

– Décimo Junio, ¿no nos conocemos? -inquirió, haciéndole seña para que se sentase en el sofá, mientras ella se acomodaba en una silla.

– Si, Servilia, pero de hace años. Nos vimos en una cena en casa de Quinto Lutacio Catulo antes de que Sila fuese dictador. No hablamos mucho, pero recuerdo que hacía poco que habías tenido un hijo.

– ¡Ah, claro! -exclamó ella recordándolo-. Excusa mi descortesía, pero es que me han sucedido tantas cosas desde entonces… -añadió, llevándose una mano a la cabeza con gesto de tristeza.

– No te preocupes -contestó él afable, sentándose sin decir nada más ni quitarle ojo.

Ella tosió delicadamente.

– ¿Te apetece un poco de vino?

– No, gracias.

– Ya veo que no has traído a tu esposa, Décimo Junio. ¿Se encuentra bien?

– No tengo esposa.

– ¡Oh!

Tras su rostro hermético e impenetrable los pensamientos acudían en avalancha. ¡Gustaba a aquel hombre! ¡No había la menor duda: le gustaba! Y hacía años, por lo visto. Y era un hombre honorable. Sabiendo que estaba casada, no había osado cultivar su amistad ni la de su esposo, y ahora que era viuda quería ser el primero y sin rivales. Era de muy buena cuna, sí, pero ¿y fortuna? Era el hijo mayor, ya que tenía el mismo nombre de Décimo; si, Décimo era el nombre del primogénito de los Junio Silanos. Tendría unos treinta años; edad adecuada. ¿Sería rico? Había que averiguarlo.

– ¿Estás en el Senado, Décimo Junio?

– Entraré este año. Soy cuestor urbano.

¡ Estupendo! Al menos estaba en el censo senatorial.

– ¿Dónde están tus tierras, Décimo Junio?

– Oh, aquí y allá. Mis principales propiedades están en Campania: veinte mil iugera frente al Volturnus, entre Telesia y Capua. Pero tengo fincas ribereñas en el Tíber, una buena finca en el golfo de Tarentum, una villa en Cumas y otra en Larinum -contestó él de buen grado, dispuesto a impresionarla.

Servilia se reclinó imperceptiblemente en la silla y lanzó un discretísimo suspiro. Era rico. Muy rico.

– ¿Cómo está tu hijito? – preguntó él.

El niño: su auténtica obsesión; algo que no podía ocultar y que le asomaba a los ojos e inundaba su rostro con una pasión que contrastaba con sus enigmáticos rasgos.

– Echa de menos a su padre, pero creo que comprende -respondió.

Décimo Junio Silano se puso en pie.

– Tengo que irme, Servilia. ¿Puedo volver a verte?

Sus suaves párpados de pobladas pestañas negras velaron sus ojos, y sus mejillas se arrebolaron ligeramente, al tiempo que una sonrisa elevaba las comisuras de sus labios.

– Te lo ruego, Décimo Junio. Será un verdadero placer -contestó.

¡A fastidiarse, Porcia Liciniana!, dijo para sus adentros, pletórica, mientras despedía al visitante a la puerta de la casa. ¡He encontrado marido, y eso que no hace un mes que soy viuda! ¡Ay, cuando se lo diga a tío Mamerco!

En una carta, escrita un mes después de la muerte de Marco Junio Bruto, Lucio Marcio Filipo decía a Cneo Pompeyo Magnus:

Es cierto que estamos en la segunda parte del año, pero hay que tener en cuenta que las cosas van bastante bien. Esperaba haber podido retener permanentemente en Roma a Mamerco, pero al llegar noticia de que habían muerto Bruto y Lépido, dijo que su papel como príncipe del Senado no le obligaba a seguir en Roma y pidió a la Cámara permiso para preparar la guerra contra Sertorio. Nuestras cabras senatoriales no tardaron en convertirse en borregos y concedieron a Mamerco las cuatro legiones de Catulo que seguían movilizadas en Capua en espera de licenciamiento. Me apresuro a decirte que Catulo está muy satisfecho de su campaña contra Lépido; se ha ganado (inmerecidamente) una imponente fama militar sin tener que salir del campo de Marte, y ha instado al Senado a que conceda a Mamerco la gobernación de la Hispania Citerior y el mando de la campaña contra Sertorio.

Es posible que Mamerco sea el hombre que precisa Hispania. Por consiguiente, tengo que hacer lo que sea para que no llegue allí. Voy a procurarte una misión especial en Hispania antes de que Lúculo pueda regresar de Africa. Afortunadamente, creo que dispongo del instrumento adecuado para frustrar las ambiciones de Mamerco. Es -un hombre, naturalmente- uno de los veinte cuestores de este año, un tal Cayo Elio Estaeno. ¡En el sorteo le tocó nada menos que el ejército del cónsul! En otras palabras, está en Capua al servicio de Catulo desde que asumió el cargo, y luego servirá a las órdenes de Mamerco.

¡Es realmente difícil encontrar un villano de más confianza, mi querido Magnus! Más que Cayo Verres, que, después de condenar a destierro al joven Dolabela testificando en contra de él en el proceso en que hizo de abogado acusador el joven Escauro, ahora se pasea por Roma prometido a Cecilia Metela, ¡figúrate! La hija de Metelo Caprario y hermana de esos tres jóvenes arribistas que son, ¡ay!, lo mejor que los Cecilios Metelos han dado al mundo en esta generación. Qué denigrante.

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