Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Décimo Junio Bruto, ¿quieres el mando?
– No, Lucio Marcio, no lo quiero. Soy demasiado mayor y poco hábil.
– ¿Mamerco?
– No, Lucio Marcio. Mi ejército está descontento.
– ¿Pretor urbano?
– Aunque mi magistratura me permitiese dejar Roma más de diez días, no lo querría -contestó Cneo Aufidio Orestes.
– ¿Pretor de extráhjeros?
– No, Lucio Marcio, no lo quiero -contestó Marco Aurelio Cotta.
Y tras él, otros seis pretores lo rehusaron.
Filipo se volvió a las primeras filas y comenzó a preguntar a los consulares.
– ¿Marco Tulio Decula?
– No.
– ¿Quinto Lutacio Catulo?
– No.
Y así uno tras otro.
Filipo se hizo a si mismo la pregunta y contestó:
– ¡No, no lo quiero! Soy demasiado viejo, demasiado gordo… y militarmente inepto.
Luego miró a uno y otro lado de la Cámara y preguntó:
– ¿Hay alguien que se considere capaz de tomar el mando? ¿Qué dices tú, Cayo Escribonio Curio?
A Curio le hubiera encantado decir si, pero le habían comprado y contestó:
– No.
Había un senador muy joven que a duras penas permanecía sentado, apoyado en las manos y mordiéndose la lengua para callar, porque sabía que Filipo jamás aprobaría su nombramiento. Cayo Julio César no quería llamar la atención sobre su persona hasta no tener alguna posibilidad de victoria.
– Entonces -añadió Filipo- volvemos al mando especial y a Cneo Pompeyo Magnus. Vosotros mismos habéis oído cómo me he descalificado. Ahora bien, puede que entre los senadores y promagistrados que se encuentren en el extranjero haya alguno adecuado. ¡Pero no hay tiempo que perder! ¡Hay que hacer frente a la situación ahora mismo o perderemos las dos provincias de Hispania! ¡Y para mí está bien claro que el único hombre disponible y adecuado es Cneo Pompeyo Magnus! No es senador, sino caballero; pero está en el ejército desde los dieciséis años, y desde los veinte ha mandado sus propias legiones una batalla tras otra. Nuestro llorado Lucio Cornelio Sila le prefirió a otros. ¡Y con justicia! El joven Pompeyo Magnus tiene experiencia, talento, buenas tropas de soldados veteranos, y le anima el mejor interés por Roma.
»Disponemos del instrumento constitucional para nombrar a este joven gobernador de la Hispania Citerior con imperium proconsular y autorizarle a mandar las legiones que creamos necesario, prescindiendo de su condición de caballero. Sin embargo, yo solicitaría que no se le otorgue ese mando especial de modo que parezca que ya ha servido como cónsul. Que no se le califique de pro consule sino de pro consulibus; no cónsul tras un año en el cargo, sino en nombre de los cónsules del año. Así será consciente en todo momento de la naturaleza de su encargo especial.
Filipo se sentó, y Décimo Junio Bruto, el primer cónsul, se puso en pie.
– Miembros de la Cámara, propongo una votación. Los que estén a favor de otorgar un mando especial con imperium proconsular y seis legiones a Cneo Pompeyo Magnus, caballero, que se sitúen a mi derecha. Los que se opongan, que se coloquen a mi izquierda.
Nadie se situó a la izquierda de Décimo Bruto, ni siquiera el joven senador Cayo Julio César.
Sexta parte.
No había nadie con quien Pompeyo pudiese compartir la noticia cuando le llegó a Mutina la carta de Filipo, ni nadie cuando llegó el decreto del Senado en los idus de sextilis. Aún estaba intentando convencer a Varrón de que la expedición a Hispania era tan interesante como beneficiosa para un superdotado capaz de grandes empresas, pero las respuestas de Varrón a sus misivas eran tibias. Los hijos de Varrón habían alcanzado una edad ideal, y él no tenía ganas de ausentarse de Roma durante una más que previsible larga temporada.
El nuevo procónsul, sin haber sido cónsul, estaba muy bien preparado y sabía exactamente cómo iba a actuar. En primer lugar, escribió al Senado informándole de que tomaría el mando de tres de las cuatro legiones que habían sido de Catulo y luego de Mamerco, y añadiría tres legiones de sus veteranos. Sin embargo, decía, la clase de guerra que Metelo Pío hacia en la Hispania Ulterior no era de índole agresiva y desde los primeros días de su mandato el grueso de las operaciones se había trasladado a la provincia Citerior; por consiguiente, solicitaba que el Senado ordenase a Metelo Pío ceder una de sus legiones a Pompeyo. Su valioso cuñado, Cayo Memmio, era ya tribuno militar con Metelo Pío, y al año siguiente tendría ya edad para ser cuestor; ¿era posible que Cayo Memmio fuese nombrado cuestor in absentia y se incorporase como cuestor al estado mayor de Pompeyo en la Hispania Citerior?
El consentimiento del Senado (hábilmente manipulado por FiliPO) llegó antes de que Pompeyo partiera de Mutina, corroborando su convicción de que cualquier cosa que pidiera se la concederían. Padre de un hijo de casi dos años y de una hija nacida a primeros de año, Pompeyo dejó a Mucia Tercia en su fortaleza de Piceno, dando orden de que no fuese a Roma durante su ausencia. Esperaba una larga campaña y no quería exponer a tentaciones a su hermosa y enigmática esposa.
Aunque ya había movilizado mil soldados de caballería de sus propias unidades, tenía la intención de incrementar el número reclutando jinetes en la Galia Transalpina, uno de los principales motivos por los que prefería ir a Hispania por tierra. Además, no le gustaba el mar y no confiaba en los barcos para llegar a su nueva provincia, a pesar de que los vientos de invierno eran favorables.
Había consultado todos los mapas y hablado con todos los comerciantes y viajeros de la ruta terrestre hacia Hispania, y sabía que la vía Domicia presentaba inconvenientes, pues cuando Marco Perpena Vento la había cruzado con los restos del ejército de Lépido en Cerdeña para encaminarse desde Liguria a Hispania, se había recreado en causar el mayor daño posible a Roma, y en consecuencia había soliviantado contra ella a las principales tribus de la Galia Transalpina: helvecios, voconcios, saluvios y volscos arecomici.
Lo peor del levantamiento de las tribus galas era el retraso que sufriría camino de Hispania a través de un territorio hostil lleno de pobladores muy belicosos. Pompeyo no dudaba de lograr cruzarlo, pero quería a toda costa llegar a Hispania antes del invierno, pues si quería estar seguro de que Metelo Pío no ganaba la guerra contra Sertorio, no podía demorarse un año en llegar allí, cosa más que probable dado el estado levantisco de la Galia Transalpina. Todos los pasos de los Alpes los dominaban una u otra de las tribus sublevadas; los cazadores de cabezas saluvios ocupaban las alturas de los Alpes marítimos, los voconcios campaban por el valle del Druentia y el paso del monte Genava, los helvecios obstruían las alturas medias del valle del Rhodanus y los volscos arecomici se interponían en la vía Domicia en la zona a los pies del macizo central de las Cevennas.
Añadiría laureles a su frente si aplastaba todas aquellas insurrecciones de bárbaros, desde luego, pero no laureles de suprema calidad. Esos laureles estaban en el territorio de Sertorio. En tal caso, ¿cómo evitar el largo y arduo tránsito por la Galia Transalpina?
La respuesta ya la sabía antes de partir de Mutina a primeros de septiembre: evitaría la ruta habitual y abriría una nueva. El mayor de los afluentes norte del Padus era el Duna Maior, que descendía rugiente y veloz de los Alpes más altos, los que se alzaban entre el arco de la Galia itálica occidental y los lagos y ríos que irrigaban la Galia Comata, el lago Lemanna, el curso alto del Rhodanus y el poderoso río Rhenus que separaba las tierras de los galos de las de los germanos. La hermosa hendidura socavada por el Duna Maior era conocida como el valle de los salassi por estar habitado por la tribu gala del mismo nombre; cuando treinta años atrás se había encontrado oro de aluvión en sus aguas y habían comenzado a acudir los buscadores romanos, aquellos bárbaros habían opuesto tan tenaz resistencia que nadie más había osado ir a explorar el curso fluvial más allá de la ciudad de Eporedia.