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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Al saber que Pompeyo se acercaba por la vía Casia, Bruto se retiró a Mutina, una ciudad grande y bien fortificada llena de clientes de los Emilios, de Lépido y de Escauro, que le acogió alegremente. Pompeyo puso cerco a Mutina y la ciudad resistió hasta que Bruto se enteró de la derrota y huida de Lépido y de su muerte en Cerdeña. Sabiendo que las tropas de Lépido habían pasado a engrosar las fuerzas de Quinto Sertorio en Hispania, Bruto, desesperado, antes que agravar la situación de Mutina, prefirió rendirse.

– Has sido razonable -le dijo Pompeyo después de entrar en la ciudad.

– Razonable y rápido -replicó Bruto hastiado-. Creo, Cneo Pompeyo, que no tengo carácter marcial.

– Cierto.

– En cualquier caso, aceptaré de buen grado la muerte.

Los ojos azules se abrieron más de lo normal.

– ¿La muerte? -inquirió como sorprendido-. ¡No es necesario, Marco Junio Bruto! Quedas libre.

A su vez Bruto abrió unos ojos como platos.

– ¿Libre? ¿De verdad, Cneo Pompeyo?

– ¡Claro que si! -contestó Pompeyo sonriendo-. Ahora bien, eso no significa que estés libre para movilizar más rebeldes. Vuelve a tu casa.

– Entonces, con tu permiso, Cneo Pompeyo, me dirigiré a mis tierras del oeste de Umbría. Hay que apaciguar a la gente de esa región.

– Por mí no hay inconveniente. Yo también me dirijo a Umbría.

Pero una vez que Bruto hubo cruzado a caballo las puertas de Mutina, Pompeyo mandó llamar a uno de sus legados, un tal Geminio, picentino de humilde condición y suboficial, pues a Pompeyo no le gustaba tener subordinados de rango social semejante al suyo.

– Me sorprende que le hayas dejado ir -dijo Geminio.

– ¡Ah, tenía que dejarle! Mi relación con el Senado no es aún muy firme para tomar la iniciativa de ejecutar a un Junio Bruto sin pruebas aplastantes, aunque tenga imperium de propretor. Así que de ti depende hallar esas pruebas aplastantes.

– Dime que es lo que quieres, Magnus, y se hará.

– Bruto dice que va a sus propiedades de Umbría, y, sin embargo, ha tomado dirección noroeste por la vía Emilia, un camino erróneo, ¿no te parece? Bueno, quizá vaya a campo través, o tal vez quiera reclutar más tropas. Quiero que salgas ahora mismo tras él con un buen destacamento de caballería, con cinco escuadrones -dijo Pompeyo, limpiándose los dientes con una astillita-. Sospecho que busca tropas, probablemente en Regium Lepidum. En ese caso, no puede existir duda de que es traidor por partida doble y nadie en Roma pondrá objeciones a su muerte. ¿Entendido, Geminio?

– Totalmente.

Lo que Pompeyo no dijo a Geminio era el motivo real de su estrategia con Bruto. El joven Carnicero aspiraba al mando de las tropas de Hispania contra Sertorio, y sus posibilidades aumentaban ·si hallaba un pretexto para no desmovilizar sus legiones; si podía dar a entender que en la Galia itálica existía peligro de sublevación a lo largo de la vía Emilia, sería un buen pretexto para permanecer donde estaba con su ejército; se hallaría lo bastante lejos de Roma para no representar una amenaza para el Senado, y seguiría en pie de guerra, listo para ir a Hispania.

Geminio hizo exactamente lo que le dijeron. Cuando Bruto llegó a la ciudad de Regium Lepidum, al noroeste de Mutina, fue recibido con alborozo. Como indicaba el nombre del lugar, era un crisol de clientes de los Emilios Lépidos y, naturalmente, se le ofrecieron para combatir si así lo deseaba; pero antes de que Bruto pudiera contestarles, Geminio y sus cinco escuadrones de caballería cruzaron las puertas y en el foro de Regium Lepidum éste acusó a Bruto de traidor a Roma, juzgándole y cortándole la cabeza.

La cabeza de Bruto fue enviada a Mutina con un conciso mensaje de Geminio, diciendo que le había sorprendido organizando una insurrección y que tenía la impresión de que la Galia itálica no estaba muy segura.

Y Pompeyo envió el siguiente informe al Senado:

De momento considero deber mío guarnecer con mis dos legiones de veteranos la Galia itálica. Las tropas que mandaba Bruto las desmovilicé por desleales, pero sólo las castigué quitándoles las armas y la coraza, Y sus dos águilas, naturalmente. Considero la conducta de Regium Lepidum síntoma del descontento general al norte de la frontera, y espero que ello explique por qué me quedo.

No envío la cabeza del traidor Bruto con este informe de mis servicios porque en el momento de su muerte era gobernador con imperium prepretoriano, y no creo que el Senado quiera exhibirla en los rostra. Pero he enviado la cabeza y las cenizas a su viuda. Espero haber obrado correctamente. No tenía intención de ejecutar a Bruto, pero él se lo buscó.

Ruego con todo respeto que se me prorrogue el imperium de momento. Puedo desempeñar una función útil aquí en la Galia itálica, conservando la provincia para el Senado y el pueblo de Roma.

El Senado, bajo la habilidosa guía de Filipo, declaró sacer a los que habían tomado parte en la rebelión de Lépido, pero como aún eran patentes los horrores de la proscripción, no se tomaron represalias contra sus familias. La viuda de Marco Junio Bruto, con el tarro de arcilla que contenía las cenizas en el regazo, podía estar tranquila. El futuro de su hijo de seis años no corría peligro, aunque de ella dependería que no se concitasen contra él los odios políticos cuando fuese mayor.

Servilia contó al niño la muerte del padre de un modo que le dio a entender que jamás debería admirar ni ayudar al asesino Cneo Pompeyo Magnus, el advenedizo picentino. El niño la escuchó, asintiendo muy serio con la cabeza y sin dar muestra alguna de si le entristecía saberse huérfano.

No había entrado en la etapa de crecimiento rápido, y era todavía un niñito de piernas delgadas que hacía pucheros. De pelo y ojos muy negros, y piel cetrina, tenía ya un cierto atractivo que su querida mamá conceptuaba belleza, y su tutor hacía elogios de lo bien que leía, escribía y calculaba (si bien callaba que el pequeño Bruto carecía de cualidades originales y de imaginación). Naturalmente, Servilia no tenía intención de enviarle a la escuela con otros niños; era demasiado sensible, demasiado inteligente, demasiado precioso, y podían quitárselo.

Sólo tres miembros de su familia habían venido a darle el pésame, aunque dos de ellos no eran en puridad parientes próximos.

Después de morir los padres, abuelos y tías de Servilia, la única persona de relación consanguínea, el tío Mamerco, había puesto los seis huérfanos de su hermano a cargo de una prima de Servilio Cepión y su madre. Esas dos mujeres, Cnea y Porcia Liciniana, fueron las que acudieron a visitarla, cortesía que a Servilia le sobraba. Cnea, que le recordaba el agrio y mudo dominio de su despótica madre, seguía casi con treinta años con el mismo pecho liso de su adolescencia, y Porcia Liciniana dominó la conversación como había hecho toda la vida.

– Bien, Servilia, nunca pensé que te vería viuda tan joven, y lo siento -dijo aquella mujerona-. Siempre me pareció extraño que Sila no incluyera a tu esposo y a su padre en las listas de proscritos, aunque supuse que era en deferencia para contigo. Habría estado fuera de lugar incluso para Sila proscribir al suegro de su propia sobrina, pero, en realidad, hubiera debido ser así. El viejo Bruto fue acérrimo partidario de Cayo Mario y de Carbón. Debió de ser el matrimonio de su hijo lo que les salvó a los dos, y era de esperar que el hijo aprendiese la lección, ¿no crees? Pues no, se le ocurre apoyar a ese idiota de Lépido. Cualquiera con un poco de sentido común habría podido darse cuenta de que era una opción absurda.

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