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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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– Entiendo lo que quiere decir -respondió Romaní, poniéndose en pie como si supusiera que aquella advertencia marcaba el final de la conversación.

Pero Castro lo invitó a sentarse de nuevo con un gesto de la mano.

– Todavía no hemos acabado, subinspector. Nos falta el capítulo de las relaciones personales.

– Usted dirá…

– Quiero la lista completa de las amistades de Patricia Pálmer. Nos convendría saber si frecuentaba algún foro social tipo Facebook o Tuenti. Si tenía novio, alguna relación especial, algún secreto que ocultar…

– Por Dios, jefe, estamos hablando de una chiquilla, no de Mata-Hari.

– No te fíes, Romaní, hay niñas de trece años que tienen más secretos que un jefe de Estado.

– Todavía no ha aparecido su teléfono móvil y aún no hemos podido dar con su ordenador. Pero parece que salía con un chaval de su facultad, si es lo que quiere saber, un tal Roberto Caamaño. Éste -indicó el subinspector señalando la foto de grupo en la que Patricia estaba tocando la guitarra en la escalera de la Quintana.

Castro acercó la lupa y se fijó en un chaval de rizos encaracolados, moreno como un arcángel núbil, con cazadora de cuero y una mirada insolente que no dejaba entrever sentimientos demasiado cálidos.

El comisario alargó el brazo y miró el reloj. Las diez y media. El tiempo corría más que sus pesquisas.

– Buen trabajo, chicos. Quiero que mañana asistáis al entierro y tengáis los oídos bien abiertos. Necesito un resumen completo de la homilía de ese párroco, con puntos y comas incluidos. -Después, guiñándole un ojo al leonés, añadió-: Y recuerda, Zárate: los que salen de caza nunca ven dormir a la liebre en el erial.

Aún no se había puesto de pie cuando sonó el teléfono del despacho.

– Oye, Castro, ven enseguida, si puedes. Hay algo que quiero que veas. -El comisario reconoció la voz del forense al otro lado de la línea. Tampoco le pasó desapercibida una ligera inflexión en la entonación de la frase que lo mismo podía ser de sorpresa que de alarma. Pero, tratándose de Arias, cualquiera sabía.

– ¿De qué se trata?

– Mejor te lo cuento cuando llegues. Estoy en el laboratorio. Ya sabes, segundo piso, pasillo de la izquierda, la primera puerta.

– De acuerdo, voy para allá.

VI

Laura Márquez estuvo un rato removiendo el café, absorta en sus dudas. Pasaba la cucharilla mecánicamente por el poso de la taza, se la llevaba a la boca untada de un resto de azúcar líquido, traslúcido, igual que el caramelo fundido, y la saboreaba con cierta glotonería infantil. Al fin miró alrededor, estremeciéndose como si el frío de la mañana acabara de penetrarle a través de la trenca que llevaba abrochada hasta arriba. Era temprano y todavía no había nadie a aquella hora. Le gustaba esa atmósfera interior de los bares a primera hora, con olor a café fuerte y a cruasanes recién horneados. Un lugar tranquilo donde poner en orden la agenda del día. Por la noche era otra cosa, barra de madera y niebla en los espejos. «Tierra de hadas», recordó que había escrito una vez Wilberth refiriéndose a uno de aquellos locales del Pacífico en caserones de finales de siglo, derruidos, abandonados, convertidos en pensiones de mala muerte con botes de colores en la bahía y huellas de pájaros en la arena. Qué lejos, todo. Chiringuitos que llevaban por nombre Donde el Negro Veliz, El Cinzano o The Looker On. Camareros filósofos, noches de pisco con coca-cola, allá en el otro mundo donde Wilberth Santos le había dicho muchas veces que volverían a encontrarse. Pero ¿quién iba a tomarlo en serio entonces? Una noche lo vio así asomado a la ventana, fumando, con el torso desnudo, eludiendo sus preguntas, mirando al vacío, y se asustó. Era huérfano, igual que ella. Bueno, a su padre en realidad nunca llegó a conocerlo. Pero la muerte de su madre no había sido precisamente accidental. Vivía obsesionado con eso. Los huérfanos suelen desarrollar una intensa vida interior, aunque Wilby no era de los que malgastan su tiempo dedicándose a echar de menos todo lo que han perdido. A veces se quedaba callado como si estuviera en otro mundo, pero pasaba pronto. ¿Quién iba a pensar entonces en algo como lo que ocurrió?

Laura intentaba alejar aquello de su mente para siempre pero los recuerdos estaban ahí, acechando tras la puerta cerrada para deslizarse por los resquicios en el momento menos pensado. Había creído que era posible, incluso fácil, aislarse de todo con los cascos del mp3, marcar las distancias, instalarse en una ciudad desconocida con su catedral y sus soportales, en un apartamento con estanterías de Ikea y un escudo con dos floretes cruzados colgado de la pared; quedarse tumbada boca arriba en la cama, con los ojos abiertos, y pensar que podía soportarlo muy bien sola, incluso aunque durase toda la vida, que era suficientemente fuerte para acostumbrarse a todo. A veces uno piensa que tiene el horror controlado, bien a raya y, en cuanto se descuida, aparece de nuevo, bajo la forma más insospechada. La barra de un bar que recuerda extrañamente a otro, un verso rescatado del olvido, una radio sonando en alguna parte, una muchacha muerta en extrañas circunstancias… Y todo vuelve a empezar de nuevo.

La reunión matinal del periódico se había adelantado a las nueve y media. En general Laura no solía acudir. Era su privilegio de novata. En contrapartida tenía que cargar con los asuntos que los demás dejaban de lado. Pero aquel día era distinto. Por eso cuando apareció en la reunión con cara de sueño y su mochila colgada al hombro, los cuatro redactores la miraron sorprendidos, incluido Villamil, que se hallaba en un rincón de la mesa pendiente del monitor de televisión.

En aquel momento el canal autonómico ofrecía en la pantalla una foto de carné de Patricia Pálmer con los ojos muy abiertos, como si la hubiera deslumbrado el flash, y el pelo recogido en una cola de caballo.

– Joder! -exclamó Villamil dando un bote en la silla-. Yo a esa cría la conozco.

Fue el pistoletazo de salida. A partir de aquel momento la presencia del crimen cayó sobre la redacción con un escalofrío febril de actividad. En las horas siguientes, a través de las noticias toda la ciudad se contagió de aquel sobrecogimiento de calles de piedra batidas por una lluvia fina que goteaba en los canalones de cinc y obligaba a salir con paraguas, impermeable y botas de goma. Como si la muerte formara parte indisoluble de aquella estación invernal, con su paisaje de cámaras de televisión tapadas con plásticos improvisados o bolsas de supermercado. Las riadas de periodistas de todos los medios se instalaron en la plaza del Obradoiro como una colonia de aves rapaces, con sus unidades móviles llegadas desde Madrid y sus furgonetas coronadas por antenas parabólicas y cables y micrófonos con los que asaltaban al primer incauto que osara acercarse a la catedral, dando pábulo a todo tipo de rumores. Unos mantenían que la muchacha había sido violada, otros, que la habían estrangulado. Se decía que la policía sospechaba del novio de la chica, que había un testigo… Castro se había quedado corto en sus previsiones. Una joven muerta en la catedral era un bocado demasiado suculento para la codicia de las grandes cadenas sensacionalistas.

Villamil conocía bien el paño, tenía sus propias fuentes y le gustaba cazar solo. Por supuesto el asunto le fue adjudicado, y durante una semana quedó liberado de cualquier otra labor en El Heraldo. El resto de la redacción se repartió las ruedas de prensa municipales, la comisión de cuentas del Parlamento, el escándalo de la adjudicación de plazas en una oposición a funcionarios de la Consellería de Sanidad y el resto de la agenda. Así que Laura no tuvo el menor problema para ocuparse de su Liber apologeticus. Nadie le prestó mucha atención.

– Al menos es mejor que los petroglifos -le dijo Villamil con cierta sorna. Le había decepcionado que Márquez no hubiera mostrado más interés por lo que a todas luces era la noticia del día.

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