Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Así, al amanecer del primer día del año, la cámara nombró a Lucio Valerio Flaco, príncipe del Senado, primer interrex, y los candidatos a los cargos de cónsules y pretores comenzaron sus frenéticos sondeos. El interrex envió un breve mensaje a Lépido ordenándole dejar su ejército y regresar inmediatamente a Roma, y recordándole que había jurado no enfrentar sus legiones contra su colega.
A mediodía de la tercera jornada en que desempeñaba su cargo de interrex Flaco, príncipe del Senado, Lépido envió su respuesta.
Te recuerdo, príncipe del Senado, que ahora soy procónsul, no cónsul. Que cumplí mi juramento, el cual ya no me obliga al ser procónsul, habiendo dejado de ser cónsul. Cedo complacido mi ejército consular, pero te recuerdo que ahora soy procónsul, me ha votado un ejército proconsular y no pienso cederlo. Como mi ejército consular constaba de cuatro legiones y mi ejército proconsular consta también de cuatro legiones, es evidente que no tengo que ceder nada.
No obstante, estoy dispuesto a regresar a Roma con las siguientes condiciones: que se me reelija cónsul, que todos los iugerum de tierras confiscadas de Italia sean devueltos a sus antiguos propietarios, que los derechos y bienes de los hijos y nietos de los proscritos les sean devueltos y que les sean restituidos a los tribunos de la plebe todos sus poderes.
– ¡Con eso -dijo Filipo a los miembros del Senado- hasta al más lerdo comprenderá lo que intenta Lépido! Para darle lo que pide hay que destrozar la constitución que Lucio Cornelio Sila elaboró con tanto esfuerzo, y Lépido sabe perfectamente que no lo haremos. Lo que equivale a una declaración de guerra. Por lo tanto, suplico a la Cámara la aprobación de un senatus consultum de re publica defendenda.
Pero la medida requería un debate sereno, y el Senado no aprobó el decreto inapelable hasta el último día del mandato de Flaco como primer interrex. Una vez aprobado, la autoridad para defender a Roma contra Lépido le fue oficialmente conferida a Catulo, a quien se ordenó regresar con su ejército y disponerse al combate.
El sexto día de enero, Flaco, príncipe del Senado, cedió su cargo, y la cámara nombró segundo interrex a Apio Claudio Pulcro, que aún estaba en Roma recuperándose de su larga enfermedad. Y como Apio Claudio Pulcro ya estaba mucho mejor, puso manos a la obra, convocó la asamblea centuriada y preparó las elecciones curules, que habían de celebrarse, dijo, en un plazo de dos días dentro de las murallas servianas del Aventino; un lugar fuera del pomerium, pero bien a cubierto de cualquier acción militar que pudiese emprender Lépido.
– Qué raro -dijo Catulo a Hortensio antes de partir para Campania – que después de tantos años sin gozar del privilegio de elegir libremente los magistrados, sea tan difícil celebrar elecciones. Es como si estuviésemos acostumbrándonos a que haya alguien que nos haga las cosas como una madre a sus pequeñuelos.
– ¡Eso son fantasías sin sentido, Quinto! – replicó Hortensio con frialdad-. Si acaso, admitiré que es una curiosa coincidencia que el primer año que tenemos libertad para elegir a los magistrados nos salga un cónsul que ignora los principios de su cargo. Tengo que señalarte que estamos celebrando las elecciones y que el gobierno de Roma continuará como siempre en años venideros.
– ¡Pues esperemos que los electores sepan elegir tan acertadamente como lo hizo Sila! -respondió Catulo, ofendido.
Pero fue Hortensio quien dijo la última palabra.
– ¡Olvidas, querido Quinto, que fue Sila quien eligió a Lépido!
En general, los dirigentes del Senado (entre ellos Catulo y Hortensio) quedaron complacidos con el acierto de los electores. El primer cónsul fue un anciano de hábitos sedentarios pero de buena capacidad, Décimo Junio Bruto, y el segundo nada menos que Mamerco. Era evidente que los electores tenían la misma buena opinión de los Cotta que Sila, pues el año anterior el dictador había elegido a Cayo Aurelio Cotta para un pretorado, y aquel año los electores volvían a elegir pretor a su hermano Marco Aurelio Cotta, y, al sortear los cargos, le tocó praetor peregrinus.
Como se había quedado en Roma en previsión de lo que pudiera suceder, Catulo se apresuró a ofrecer el mando de la guerra contra Lépido a los nuevos cónsules. Tal como esperaba, Décimo Bruto lo rehusó alegando su edad y la falta de adecuada experiencia militar, y fue Mamerco quien aceptó. Mamerco, que acababa de cumplir cuarenta y cuatro años, tenía una buena hoja de servicios y había combatido en todas las campañas de Sila. Pero inesperados acontecimientos y la intervención de Filipo se concatenaron contra Mamerco. Lucio Valerio Flaco, príncipe del Senado, colega en el penúltimo consulado de Cayo Mario, murió de repente al día siguiente de dejar el cargo de primer interrex, y Filipo propuso que Mamerco fuese nombrado provisionalmente príncipe del Senado.
– No podemos estar sin portavoz de la cámara en estos momentos -dijo Filipo-, aunque siempre ha sido potestad de los censores nombrarlo. Por tradición es el patricio más viejo del Senado, pero legalmente el derecho de nombramiento es de los censores, quienes designan al que les parece más adecuado. El patricio mayor entre los senadores es Apio Claudio Pulcro, que no goza de buena salud y que, en cualquier caso, ha de marchar a Macedonia. Necesitamos un príncipe del Senado joven y con salud. Hasta que elijamos una pareja de censores, sugiero que nombremos a Mamerco Emilio Lépido Liviano para ese cargo. Y sugiero que permanezca en Roma hasta que todo haya vuelto a la normalidad. Por consiguiente, Quinto Lutacio Catulo debe seguir ostentando el mando para luchar contra Lépido.
– ¡Pero yo voy a ir de gobernador a la Hispania Citerior! -exclamó Catulo.
– ¡No puede ser! -replicó Filipo tajante-. Propongo que a nuestro buen pontífice máximo, Metelo Pío, a quien se le ha prorrogado el mando en la Hispania Ulterior, se le nombre provisionalmente gobernador de la Citerior hasta que los acontecimientos nos permitan enviar otro.
Como todos estaban a favor de cualquier medida que mantuviese al tartamudo pontífice máximo lejos de Roma y de las ceremonias religiosas, Filipo se salió con la suya, y la cámara autorizó a Metelo Pío a gobernar provisionalmente la Hispania Citerior y su propia provincia, nombró a Mamerco príncipe del Senado interino y confirmó a Catulo el mando de la guerra contra Lépido. Muy decepcionado, Catulo marchó a Campania a hacerse cargo de las legiones, y un no menos decepcionado Mamerco permaneció en Roma.
Tres días más tarde llegaron noticias de que Lépido estaba movilizando sus cuatro legiones y que su legado Bruto había partido a la Galia itálica para situar las dos legiones de guarnición en Bononia, en la confluencia de la vía Emilia y la vía Annia, en adecuado dispositivo de refuerzo de Lépido. Como aún acariciaban la idea de la sublevación, por haber perdido sus tierras públicas, cabía esperar que Clusium y Arretium ofreciesen toda la ayuda posible a Bruto en su maniobra de apoyo de Lépido, y bloqueasen cualquier intento por parte de Catulo para interceptarle.
Y Filipo volvió a clamar.
– Nuestro comandante supremo, Quinto Lutacio Catulo, sigue al sur de Roma… aún no ha salido de Campania. Lépido ya ha emprendido la marcha desde Saturnia y estará en buena situación para impedir que nuestro comandante en jefe envíe sus tropas a combatir a Bruto en la Galia itálica -dijo en el Senado-. Además de esto, imagino que nuestro comandante supremo necesitará sus cuatro legiones, para detener al propio Lépido. ¿Qué podemos, pues, hacer respecto a Bruto, que tiene en sus manos la clave del éxito de Lépido? ¡Hay que neutralizar a Bruto y rápido! En este momento no tenemos en Italia más legiones y las dos de la Galia itálica están en manos de Bruto. Ni siquiera Lúculo -si estuviera en Roma y no camino de asumir su cargo de gobernador en la provincia de Africa- podría reunir y movilizar dos legiones con suficiente rapidez para contener a Bruto.