Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
La cámara escuchaba cabizbaja, confrontada finalmente con la realidad de que los años de guerra civil no habían concluido porque Sila se hubiese proclamado dictador para emprender una reforma legislativa que impidiese a nadie más marchar sobre Roma. No hacía aún un año que había muerto y otro hombre pretendía ya imponer su voluntad sobre el desventurado país, y regiones enteras de Italia se alzaban en armas contra la ciudad por cuya ciudadanía tanto anhelaban. Quizás hubiese algunos senadores entre los que no tenían derecho a voz lo bastante honrados para admitir que era fundamentalmente por culpa de ellos por lo que Roma se veía obligada a dar este nuevo paso; pero si así era, ninguno lo expresó en voz alta, y todos miraron a Filipo como un salvador, dejando la solución en sus manos.
– Hay un hombre capaz de detener a Bruto de inmediato – dijo Filipo con aire de suficiencia-. Dispone de las tropas de su padre -¡y de sus propias tropas! – en el norte de Piceno y en Umbría. ¡Una marcha para enfrentarse a Bruto mucho más corta que desde Campania! Ha sido leal servidor de Roma del mismo modo que lo fue su padre antes que él. Me refiero, naturalmente, al joven caballero Cneo Pompeyo Magnus, vencedor en Clusium, vencedor en Sicilia, vencedor en Africa y en Numidia. ¡No en vano Lucio Cornelio Sila permitió que este joven caballero celebrase un triunfo! ¡Este joven es nuestra mayor esperanza! ¡Y él puede contener a Bruto en pocos días!
El recién nombrado, a título provisional, portavoz del Senado y segundo cónsul se rebulló en la silla curul, frunciendo el ceño.
– Cneo Pompeyo no es miembro del Senado – dijo Mamerco -, y no me gusta la idea de dar mando a quien no pertenece a la cámara.
– ¡Totalmente de acuerdo contigo, Mamerco Emilio! -repuso Filipo-. A nadie le gusta. Pero ¿puedes ofrecer otra solución? Tenemos poder constitucional para encontrar en momentos de crisis fuera de las filas del Senado la solución militar, y ese poder nos lo dio nada menos que el propio Sila. Y nunca ha habido un hombre más conservador que Sila, ni un hombre más apegado al mantenimiento del mos maiorum. Pero fue él quien previó una situación como la actual para ponerle solución.
Filipo continuó sin apartarse de su silla (como había impuesto Sila a los oradores), pero se volvió despacio sobre sus talones mirando a los senadores de ambos lados. Había ganado prestancia como orador desde la época en que se había propuesto acabar con Marco Livio Druso; ahora no se trataba de absurdas rabietas ni de diatribas insultantes.
– Padres conscriptos -añadió con voz solemne-, no podemos perder tiempo en debates. En este mismo momento, Lépido marcha sobre Roma. Yo solicito con todo respeto que el primer cónsul, Décimo Junio Bruto, proponga una votación a la Cámara para que el Senado autorice al caballero Cneo Pompeyo Magnus a movilizar sus legiones y presentar batalla a Marco Junio Bruto en nombre del Senado y el pueblo de Roma. Y que, además, esta Cámara conceda categoría prepretoriana al caballero Cneo Pompeyo Magnus.
Décimo Bruto había abierto la boca para dar su aprobación, pero Mamerco le contuvo, poniéndole una mano en el brazo.
– Estoy de acuerdo en que des paso a la votación, Décimo Junio -dijo-, pero no hasta que Lucio Marcio Filipo haya aclarado una frase de su propuesta. Ha dicho: «que movilice sus legiones» sin especificar cuántas legiones. ¡Por muy brillante que sea la hoja de servicios de Cneo Pompeyo, no es miembro del Senado! No se le puede autorizar a movilizar legiones en nombre de Roma en el número que él juzgue conveniente. Yo insisto en que la votación debe hacerse sobre el número exacto de legiones que la Cámara autorice a movilizar a Cneo Pompeyo, y digo además que el número de legiones se limite a dos. Bruto, gobernador de la Galia itálica, cuenta con dos legiones de soldados bastante inexpertos que constituyen la guarnición de esa provincia. Bastará con dos legiones de curtidos veteranos de Pompeyo para enfrentarse a Bruto.
La perspectiva de una oposición no complacía a Filipo, pero juzgó conveniente no rebatir a Mamerco, que era persona serena y tenaz, y siempre acababa arrastrando con su influencia a los senadores. Además, estaba casado con la hija de Sila.
– ¡Pido perdón a la Cámara! -exclamó-. ¡Qué torpeza la mía! Agradezco al estimado príncipe del Senado y segundo cónsul su oportuna intervención. Me refería a dos legiones, naturalmente. Procedamos a la votación, Décimo Junio, sobre ese número concreto de legiones.
Se procedió a la votación y se aprobó la propuesta sin que hubiera un solo voto en contra. Cetego había estirado los brazos por encima de la cabeza, bostezando, para señalar a sus seguidores pedarios que votasen a favor. Y como era un asunto bélico, la resolución senatorial tenía fuerza de ley, pues en asuntos de guerra y de política exterior las diversas asambleas del pueblo romano no tenían ya voz.
Fue, después de tanta maniobra política, una guerra rápida y deplorable, que apenas mereció tal nombre. Aunque Lépido se había puesto en marcha hacia Roma mucho antes de que Catulo saliera de Campania, aún llegó éste antes a la ciudad y ocupó el campo de Marte. Cuando Lépido apareció al otro lado del río en el Transtiberino, después del avance por la vía Aurelia, Catulo tenía tomados y guarnecidos los puentes, y aquél se vio obligado a seguir hacia el norte para pasar por el puente Mulviano y los dos ejércitos chocaron en el lado nordeste de la vía Lata, bajo las murallas servianas del Quirinal, centro de la batalla. Hubo algunas escaramuzas importantes, pero Lépido resultó un estratega lamentable, incapaz de desplegar bien las tropas e indigno de la victoria.
Al cabo de una hora las dos alas de Lépido emprendían la retirada hacia el puente Mulviano, perseguidas por Catulo. Al norte de Fregellae volvió a enfrentarse a Catulo, pero simplemente para asegurarse la huida a Cosa. Y de Cosa logró escapar a Cerdeña con veinte mil infantes y mil quinientos soldados de caballería, con la intención de reorganizar el ejército en la isla y volver a Italia. Le acompañaba su hijo Lucio, el ex gobernador de la época de Carbón, Marco Perpena Vento y el hijo de Cinna. Su hijo mayor, Escipión Emiliano, no quiso dejar Italia y optó por hacerse fuerte con su legión en la inexpugnable fortaleza del monte Albano al norte de Bovillae, y allí aguardó el asedio.
El tan sonado regreso de Cerdeña nunca se produjo; el gobernador de la isla era un antiguo aliado de Lúculo, un tal Lucio Valerio Triario, y se opuso tenazmente a la ocupación de la isla. En abril de aquel año nefasto Lépido moría en Cerdeña, y sus soldados dijeron que había perecido de tristeza por el recuerdo de su esposa. Perpena Vento y el hijo de Cinna se embarcaron para Liguria, y desde allí siguieron por la vía Domicia con los veinte mil infantes y mil quinientos soldados de caballería para unirse en Hispania a Quinto Sertorio. Con ellos fue Lucio, el hijo mediano de Lépido.
El hijo mayor, Escipión Emiliano, demostró ser el militar más competente de los rebeldes y resistió en Alba Longa algún tiempo, pero, al final, tuvo que rendirse; cumpliendo órdenes del Senado, Catulo lo ejecutó.
Si la ignominia fue la pauta de los acontecimientos, Bruto llevó la peor parte. Sin saber nada de Lépido, mantuvo sus dos legiones de la Galia itálica en la conjunción de las dos grandes calzadas, y hacia su posición se encaminó Pompeyo. El joven (que ya tenía unos veintiocho años) había movilizado sus legiones cuando Filipo le consiguió el nombramiento especial del Senado, pero en lugar de llevarlas de Piceno a Ariminum y conducirlas por tierra por la vía Emilia, optó por descender por la vía Flaminia hacia Roma, y en la intersección de ésta al norte de Arretium con la vía Casia, que conducía a la Galia itálica, tomó esa dirección. Con ello impedía que Bruto pudiera establecer contacto con Lépido, caso de que hubiera pensado en hacerlo.