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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El gar enmudeció. El carcayú alzó la testa. Con un silbido, la flecha abandonó el arco. Agitando las alas, el pequeño gar brincaba sobre las almohadillas de los pies. Tenía toda su atención puesta en el vuelo de la flecha.

— Espera —murmuró Richard. El gar se quedó inmóvil.

El proyectil dio en el blanco con un fuerte impacto. El gar chilló de júbilo. Agitando las alas extendidas, brincó más alto y miró al humano. Richard se inclinó hacia él y señaló con un dedo la arrugada nariz de la criatura.

— De acuerdo, pero tráeme la flecha.

Tras inclinar rápidamente la cabeza en gesto de aquiescencia, el gar alzó el vuelo. A la tenue luz del alba Richard contempló cómo se abalanzaba sobre el animal muerto como si temiera que pudiera escapar. El aire se llenó de pelos cuando las zarpas del gar empezaron su labor de desgarro. La oscura silueta descendió y las alas se plegaron a la espalda mientras se encorvaba sobre su presa, gruñendo y haciéndola pedazos.

Richard apartó la vista y se fijó en las delgadas nubes que mudaban de color a medida que el cielo se iluminaba. La hermana Verna no tardaría en despertar. Pese a que ella insistía en que no era necesario, Richard seguía montando guardias.

Finalmente la mujer se dio por vencida, pero Richard sabía que la enojaba que no diera su brazo a torcer. Lo cierto era que se enojaba por cualquier cosa. Desde que el día anterior cruzaran el valle, estaba más quisquillosa de lo habitual. La consumía una silenciosa furia.

Richard echó un vistazo hacia el pequeño gar para comprobar si seguía comiendo. Era un verdadero misterio cómo se las había apañado para seguirlo por el valle de los Perdidos. Antes de llegar al valle consideraba un error seguir alimentándolo, pero se sentía responsable por él. Cada noche, cuando hacía guardia, el gar se reunía con él y Richard le cazaba algo para que comiera. Al cruzar al Viejo Mundo creyó que ya no volvería a verlo, pero de algún modo había conseguido llegar.

El pequeño gar sentía auténtica devoción por él. Mientras estaba de guardia comía con él, jugaba con él y dormía a sus pies, o encima de ellos. Al acabar la guardia desaparecía sin chistar. Richard jamás lo vio en otro momento que no fuera durante su guardia. Era como si instintivamente supiera que debía mantenerse alejado de la Hermana. Richard estaba casi seguro de que la mujer trataría de matarlo si lo veía, y tal vez el gar lo presentía.

La inteligencia de esa pequeña bestia peluda no dejaba de sorprenderlo. Aprendía más rápidamente que cualquier animal que Richard hubiera visto. Kahlan ya le había dicho que los gars de cola corta eran listos, y ahora comprobaba cuánta razón tenía.

Sólo tenía que enseñarle las cosas una o dos veces para que las entendiera. Ahora estaba aprendiendo a comprender las palabras y trataba de imitarlas, aunque no parecía poseer la capacidad del habla. No obstante, algunos de los sonidos que emitía se asemejaban mucho a palabras.

Richard no sabía qué hacer con el pequeño gar. Tal vez ya era hora de que abandonara el nido y aprendiera a cazar solo y a sobrevivir, pero la bestia no lo dejaba. Lo seguía, aunque sin ser visto, fueran adónde fueran, incluso a través del peligro. Tal vez era aún demasiado joven para arreglárselas solo. Tal vez veía a Richard como su única oportunidad de supervivencia. O tal vez lo veía como una madre sustituta.

En el fondo, Richard no deseaba que el gar se marchara. Mientras atravesaban la Tierra Salvaje se habían hecho amigos. El gar le ofrecía un amor incondicional, nunca lo criticaba ni discutía con él. Era agradable tener un amigo. ¿Cómo podía negar esa misma sensación al gar?

Un aleteo lo devolvió a la realidad. El gar aterrizó pesadamente en el suelo delante de él. Había ganado mucho peso desde que Richard lo encontró, y el joven juraría que había crecido casi quince centímetros.

Los tendones que se adivinaban bajo la piel rosada de su pecho y su abdomen se habían tensado, y los brazos ya no eran todo pellejo y huesos como cuando lo encontró, sino que ahora estaban más musculosos.

El joven prefería no pensar en lo grande que llegaría a hacerse. Ojalá que para entonces ya se hubiera independizado. Si tenía que cazar para alimentar a un gar de cola corta adulto no le quedaría tiempo para hacer nada más.

Tras limpiar la sangre del astil en el pelaje del muslo, el gar dirigió a Richard su horrenda pero radiante sonrisa sangrienta y le tendió la flecha. Richard señaló a su espalda.

— No la quiero. Guárdala en su sitio.

El gar introdujo la flecha en el carcaj apoyado contra un tocón, pasando el brazo por encima del hombro de Richard. A continuación sus facciones se crisparon, como si preguntara si lo había hecho bien. Richard sonrió y le dio palmaditas en la repleta barriga.

— Buen chico. Lo has hecho muy bien.

El gar se dejó caer feliz a sus pies, donde empezó a lamerse la sangre de las garras y de su crespo pelaje. Al acabar, apoyó sus largos brazos en el regazo del humano y recostó encima la cabeza.

— Necesitas un nombre. —El gar lo miró y ladeó la cabeza muy atento—. Nombre. Mi nombre es Richard —dijo, dándose golpecitos en el pecho. El gar hizo lo propio en el pecho de Richard—. Richard. Richard.

— Raaaa —gruñó entre sus afilados colmillos. Giró la cabeza al otro lado y agitó las orejas.

— Muy bien. Rich… ard.

Nuevamente la bestia dio golpecitos a Richard en el pecho y dijo en un gutural gruñido, esta vez sin mostrar todos los colmillos:

— Raaaa gurrrr.

— Rich… ard.

— Raaaach aaarg.

El joven se echó a reír.

— No está mal. Vamos a ver, ¿cómo vamos a llamarte?

Richard reflexionó, tratando de hallar un nombre adecuado. El gar se sentó y en su frente aparecieron profundas arrugas mientras clavaba la mirada en su protector. Después de un momento, le cogió la mano y le golpeó con ella el pecho.

— Raaaach aaarg —dijo. A continuación llevó la mano de Richard a su propio pecho y se golpeó levemente diciendo—: Grrratch.

— ¿Gratch? —El joven se incorporó, muy sorprendido—. ¿Te llamas Gratch? ¿Gratch? —insistió, dando golpecitos al gar.

La criatura asintió y se dio leves golpes en el pecho mientras repetía:

— Gratch. Gratch.

Richard se sentía un tanto perplejo; nunca se le había ocurrido que el gar podía tener un nombre.

— Muy bien, Gratch, pues. —Nuevamente el joven se dio golpecitos en el pecho y dijo—: Richard. —Tras lo cual sonrió y propinó al gar una palmada en el hombro al tiempo que decía—: Gratch.

El gar extendió las alas y se golpeó el pecho enérgicamente con las garras abiertas.

— ¡Grrrratch!

Richard rió, y el gar se lanzó sobre él, emitiendo una gutural risita mientras ambos luchaban en el suelo. La pasión del gar por la lucha sólo era superada por su pasión por la comida. Gar y humano se revolcaron en el suelo, riendo y peleando, aunque suavemente.

Richard era más delicado que Gratch. El gar solía coger el brazo de Richard en su boca, aunque afortunadamente nunca lo mordía. Tenía unos colmillos afilados como cuchillos que podrían atravesarle fácilmente el brazo, y además lo había visto partir hueso con esos dientes.

El joven dio por finalizado el combate sentándose sobre el tocón. Gratch se sentó a horcajadas sobre él, rodeándolo con brazos, patas y alas, y acurrucándose contra uno de sus hombros. El gar sabía que, cuando amaneciera, Richard se marcharía.

El joven vio un conejo por el rabillo del ojo entre los matorrales, a cierta distancia, y pensó que tal vez a la hermana Verna le gustaría desayunarse con un poco de carne.

— Gratch, necesito un conejo.

El gar saltó de su regazo mientras Richard cogía el arco. Una vez hubo disparado, dijo a Gratch que le llevara el conejo pero sin comérselo. El gar había aprendido a cobrar piezas de caza y le encantaba hacerlo; Richard siempre le daba los restos después de despellejar y destripar la pieza.

Tras despedirse del gar Richard regresó al campamento. Su mente conjuró la visión de Kahlan en la torre y recordó lo que le había dicho. No podía quitarse de la cabeza esa imagen de Kahlan siendo decapitada. Sus palabras habían sido: «Si debes, pronuncia estas palabras, pero no hables de esta visión. “Cuando la amenaza de la sombra desaparezca, de todas tan sólo quedará viva una, nacida con la magia de sacar a la luz la verdad. Pero la aciaga sombra del reino de los muertos acecha. Si la vida quiere tener una esperanza, la de blanco deberá ser ofrecida a su gente, para darles felicidad y jolgorio.”».

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