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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El fuego prendió. Zedd, de pie frente a la mujer, la miraba sin devolverle la sonrisa.

— No es ningún consuelo.

Adie le cogió una mano y le dio cariñosos golpecitos con la otra.

— Zedd, yo te diría la verdad. Estoy en deuda con algunas de ellas por lo que hicieron por mí, pero te juro por el alma de mi amado Pell que no soy una Hermana de la Luz. Nunca permitiría que se llevaran a alguien del Nuevo Mundo que poseyera el don mientras hubiera un mago dispuesto a enseñarle. Si de mí dependiera, nunca permitiría que se llevaran a un muchacho y lo sometieran a sus reglas.

Zedd alisó el borde de una alfombra con un pie.

— Sé que no eres una de ellas, querida. Es sólo que me hierve la sangre al pensar en lo que esas mujeres hacen a los nacidos con el don, cuando yo podría enseñarles el gozo de su talento. Es un don, pero ellas lo tratan como si fuera una maldición.

— Veo que tienes un nuevo bastón. Y muy elegante, por cierto —comentó la mujer, mientras que con el pulgar le acariciaba el dorso de la mano.

— No quiero ni pensar en lo que maese Hillman piensa cobrarme por él —rezongó Zedd.

— ¿Has conseguido un transporte?

— Sí. Un hombre llamado Ahern nos llevará. Será mejor que procuremos dormir un poco. Nos esperará con su coche tres horas antes del amanecer.

»Adie —añadió con gesto sombrío—, hasta que lleguemos a Nicobarese y consigamos librarnos de esta contaminación, será mejor que pensemos detenidamente en las consecuencias antes de usar la magia.

— ¿Estamos seguros aquí?

De la neblina de tenue luz brotó una suave mano que le acarició una mejilla para tranquilizarla.

Aquí estás segura, Rachel. Ambos estáis seguros. Ahora y siempre. Estáis a salvo.

Rachel sonrió. Se sentía segura. Nunca se había sentido tan segura. Era un tipo de seguridad distinto del que sentía cuando estaba junto a Chase; era más bien como la que había sentido en brazos de su madre. Nunca antes había sido capaz de recordar a su madre, pero ahora la recordaba y también recordaba cómo se sentía cuando la abrazaba y la estrechaba contra su pecho.

El miedo que habían pasado ella y Chase mientras corrían para atrapar a Richard empezaba a desvanecerse, así como la terrible zozobra por si lograrían o no llegar hasta él a tiempo. El terror provocado por la gente que había intentado detenerlos, las luchas que Chase tuvo que librar, el horror de la sangre derramada, toda la sangre que Rachel había visto… Todo eso estaba desapareciendo.

Mientras estaba de pie junto al centelleante estanque, las manos se tendieron de nuevo hacia ella. Eran manos acompañadas de dulces sonrisas tranquilizadoras. Esas manos la ayudaron a desabrocharse los botones de su sucio y sudoroso vestido y a quitárselo. La niña hizo un gesto de dolor cuando el vestido le rozó la magulladura en el hombro que le había hecho, al tirarla al suelo, un hombre que los perseguía.

Las sonrisas se tornaron tristes miradas de inquietud por su dolor. Las suaves y gentiles voces le susurraban palabras de consuelo, mientras que las resplandecientes manos le acariciaban el hombro. Cuando se alejaron, la magulladura había desaparecido. Ya no sentía ningún dolor.

¿Mejor ahora?

— ¡Sí, sí! Mucho mejor. Muchas gracias.

Las manos le quitaron los zapatos y los calcetines. La niña se sentó en una roca bañada por el sol y sumergió los pies desnudos en la calmante agua. Sería maravilloso bañarse en ella y desprenderse de todo el sudor y la suciedad.

Las manos se acercaron a la piedra que le pendía de una cadena al cuello, pero súbitamente se alejaron, como si las asustara.

No podemos quitarte eso. Debes hacerlo tú sin nuestra ayuda.

Pese a la tranquilizadora calidez y seguridad que le transmitía el maravilloso paraje en el que se encontraba, pese al consuelo y la paz que había hallado, pese a su deseo de hacer lo que los suaves murmullos le pedían, una voz se alzó en su mente. Era Zedd que le decía que debía guardar la piedra y no entregarla a nadie por ninguna razón, pues era muy importante.

La niña apartó los ojos de las ondas concéntricas que creaban sus propios pies para posarlos en esos dulces semblantes.

— No quiero quitármela. ¿Puedo dejármela puesta?

Nuevamente los rostros sonrieron, más ampliamente.

Pues claro que sí, Rachel, si es lo que deseas. Si es lo que te hace feliz.

— Prefiero seguir llevándola. Eso me haría feliz.

Pues la seguirás llevando. Ahora y para siempre, si ése es tu deseo.

La niña esbozó una sonrisa de paz y seguridad mientras se sumergía en la calmante agua. Estaba tan bien allí. Rachel flotó sobre las aguas y se dejó llevar. Sentía cómo todas sus preocupaciones se desprendían de ella junto con la suciedad. Cuando le parecía que era imposible sentirse más segura ni más feliz, al momento siguiente el bienestar aumentaba, y no dejaba de hacerlo.

Rachel movió los brazos por el agua dorada limpiadora y curativa para nadar hasta el otro lado del estanque, donde recordaba que había dejado a Chase. Lo encontró sumergido en el agua casi hasta el cuello, con la cabeza inclinada hacia atrás apoyada en un suave felpudo de hierba en la orilla. El guardián tenía los ojos cerrados y una maravillosa sonrisa en la cara.

— ¿Papá?

— Sí, hija —susurró él sin abrir los ojos.

La niña nadó hasta él. Chase levantó un brazo, y Rachel se deslizó bajo él. Era tan agradable sentir cómo la abrazaba y la consolaba.

— Papá, ¿tendremos que abandonar algún día este lugar?

— No. Dicen que podemos quedarnos para siempre.

— Me alegro mucho —repuso la niña, acurrucándose contra él.

Luego durmió, durmió de verdad, como ya no recordaba que hubiera hecho antes, tan segura y protegida, durante todo el tiempo que quiso. Cuando se vistió, su ropa estaba limpia y parecía brillar como si fuera nueva. La ropa de Chase también brillaba. Rachel bailó en corro cogida de la mano de otros niños. Eran niños resplandecientes, cuyas voces y risas resonaban alegres. También ella rió con una felicidad que le era desconocida.

Cuando tuvo hambre, ella y Chase se tumbaron en la hierba, rodeados por la cálida neblina y los resplandecientes rostros sonrientes, y comieron cosas dulces y deliciosas. Cuando estaba cansada, dormía, y nunca tenía que preocuparse de dónde lo hacía, pues por fin estaba completamente a salvo. Y cuando quería jugar, los otros niños jugaban con ella. La querían. Todo el mundo quería a Rachel. Y ella quería a todo el mundo.

A veces paseaba sola. Unos vaporosos rayos de sol atravesaban los árboles. Los relucientes prados estaban llenos de flores silvestres que la suave brisa mecía, como luminosas manchas de color que titilaran.

Otras veces paseaba de la mano de Chase. La niña era feliz de que él también estuviera satisfecho. Ahora ya no tenía que pelearse con nadie; también él estaba a salvo y decía que había hallado la paz.

A veces Chase se la llevaba de paseo y le mostraba el bosque en el que decía que había pasado su infancia, donde había jugado cuando era tan pequeño como ella. Rachel sonreía encantada al ver la mirada de felicidad en los ojos de Chase. Lo amaba y se sentía realizada ahora que sabía que, al igual que ella, el guardián había hallado por fin la paz.

La mujer alzó la vista y sus finos labios apenas esbozaron una sonrisa. No había oído nada y no necesitaba volverse para escrutar la oscuridad casi absoluta. Sabía que él estaba allí, al otro lado de la puerta. Y sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Con las piernas aún cruzadas, se elevó suavemente sobre un cojín de aire por encima del suelo cubierto de paja. Los exangües brazos del muchacho oscilaron al quedar colgando, como un hilo de pesca lastrado. Desprovisto tanto de vida como de rigidez, su espalda se inclinó hacia atrás sobre el brazo de la mujer. En la otra mano ésta sostenía la estatua.

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