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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Zedd consideró el problema en silencio durante un rato.

— Adie —susurró al fin—, tenemos que limpiarnos las manos como sea. Tenemos que librarnos de la contaminación.

— Tienes un talento increíble para exponer lo obvio, viejo mago.

Zedd se tragó la réplica y cambió de tema.

— Adie, he alquilado un coche para que nos lleve a Nicobarese, pero cada día estás más débil, y pronto yo estaré tan mal como tú. No sé si podemos esperar. Si hay otro modo, si existe otra persona que viva más cerca y que pueda ayudarnos, debo saberlo.

— No hay otro modo. No existe nadie más.

— Bien, pero ¿qué me dices acerca de esa mujer con tres hijas? Tal vez estudió en algún lugar más cercano que Nicobarese. Tal vez podríamos ir allí.

— Sería inútil.

— ¿Por qué?

Adie se quedó mirándolo, pero al fin cedió.

— Porque estudió con las Hermanas de la Luz.

Zedd se puso bruscamente de pie.

— ¿Qué? ¡Córcholis y recórcholis! —exclamó, caminando impaciente del lecho a la chimenea y de vuelta al lecho—. Lo sabía. Lo sabía.

— Zedd, estudió con ellas para aprender, y luego regresó a su hogar. Ella no era una Hermana. Las Hermanas de la Luz no son tan… irrazonables como crees.

Zedd se detuvo para mirarla detenidamente con un solo ojo.

— ¿Y tú cómo lo sabes?

Adie lanzó un suspiro de resignación antes de responder:

— El hueso redondo de skrin, el que me fue entregado por una moribunda en su lecho de muerte, el que te dije que era tan importante, el que perdí en mi casa… bueno, la mujer que me lo dio era una Hermana de la Luz.

— ¿Y qué estaba haciendo ella en el Nuevo Mundo? —inquirió Zedd en tono mesurado.

— No estaba en el Nuevo Mundo. Cuando la encontré, yo estaba en el Viejo Mundo.

Zedd se puso en jarras al tiempo que se inclinaba hacia la hechicera.

— ¿Cruzaste el valle de los Perdidos? ¿Fuiste al Viejo Mundo? Eres como una caja llena de secretos.

Adie se encogió de hombros.

— Ya te he contado que busqué a mujeres con el don para aprender de ellas todo lo que pudiera. Algunas de esas mujeres vivían en el Viejo Mundo. Aproveché mi única oportunidad para cruzar el valle una vez para aprender lo que necesitaba saber y luego regresar.

Adie se arropó con la manta y prosiguió:

— Las Hermanas, bueno algunas, me enseñaron lo poco que sabían. Fue poco pero muy importante. Las Hermanas creen que deben saber cosas sobre el Custodio, o el Innombrable que es como lo llaman ellas, para mantener a otras almas fuera de su alcance.

»No estuve mucho tiempo en su palacio; únicamente me hubieran permitido quedarme si me convertía en una de ellas, pero por un tiempo dejaron que estudiara allí y aprendiera de los libros que guardan en las criptas. En algunas de las Hermanas no hubiera confiado para nada, pero otras me ayudaron mucho.

Mascullando, Zedd volvió de nuevo a pasear, inquieto.

— Las Hermanas de la Luz son fanáticas que están muy equivocadas. ¡A su lado, los miembros de la Sangre de la Virtud parecen hombres razonables! —Aquí se detuvo para preguntar—: Cuando estabas allí, ¿viste a alguno de sus muchachos? ¿Viste si tenían a alguien con el don?

— Estaba demasiado ocupada estudiando. No fui allí para embarcarme en discusiones teológicas con las Hermanas. Si realmente tenían algún pupilo, me mantuvieron alejada de él. Estoy segura de que, si tenían algún muchacho, sería de su mundo.

»No son tan insensatas como para romper la tregua. Temen lo que los magos de este lado les harían si la violaran. Las Hermanas me enseñaron lo que sabían y dejaron que estudiara en las criptas, pero nunca me permitieron ver a ningún muchacho ni me dijeron si tenían alguno.

— ¡Pues claro que no tenían ninguno! —exclamó Zedd—. Ya apenas nace nadie con el don. Demasiados magos murieron en las guerras. Somos una raza en extinción.

»Como Primer Mago nunca me negaría a enseñar a alguien nacido con el don, como ocurría hace miles de años. Y tampoco lo haría ninguno de los magos a los que yo he entrenado. ¡Y las Hermanas lo saben perfectamente! ¡Conocen las reglas! No les está permitido hacerse cargo de un poseedor del don a no ser que todos y cada uno de los magos se nieguen a enseñarle. Romper las reglas equivaldría a una sentencia de muerte para cualquier Hermana que osara cruzar el valle.

— Lo saben, Zedd. Y no se toman la amenaza a la ligera.

— ¡Más les vale! Cuando era joven me topé con una de ellas y envié un aviso a la Prelada. —El mago flexionó los puños mientras miraba a la nada—. Sus métodos son bárbaros. Son como niños enseñando cirugía. Si supiera cómo evitar esas malditas torres, iría hasta allí y reduciría el Palacio de los Profetas a cenizas.

»Las Hermanas de la Luz hacen solamente lo que es mejor para las Hermanas de la Luz —afirmó, fulminando con la mirada a Adie.

— Es posible, pero han jurado seguir las reglas, la tregua, al igual que tú, por lo que debes dejarlas en paz.

El mago, que seguía con la mirada fija, negó con la cabeza.

— ¿Cómo pudieron dejar que otros nacidos con el don murieran por motivos egoístas…? Si hubieran estado a la altura de sus responsabilidades como hechiceros, las Hermanas de la Luz nunca habrían tenido necesidad de existir. No habrían sido necesarias.

»Nunca se les ocurriría dejar que un mago enseñara a una joven hechicera a usar su don —prosiguió, mientras que con una bota devolvía a la chimenea una brasa apagada—. Pero se creen capaces de enseñar a un joven mago a usar el suyo.

— Zedd, estoy de acuerdo contigo, pero escúchame: las causas y las guerras muertas y enterradas no son asunto nuestro. El velo está rasgado y la piedra de Lágrimas está en el mundo de los vivos. Eso sí debe preocuparnos.

»Acudí a esas mujeres para aprender. Aunque la magia que aprendí allí, y que te he enseñado, no sea suficiente para eliminar la contaminación, al menos la ha frenado. Debemos librarnos de ella o nos matará.

Bajo el escrutinio de esos blancos ojos, Zedd se calmó.

— Claro. Tienes razón, Adie. Tenemos problemas mucho más urgentes.

— Me alegro de que seas lo suficientemente sabio como para no hacer oídos sordos a un sabio consejo.

Zedd se masajeó los músculos de la nuca, que le dolían.

— ¿Crees de verdad que la mujer con las tres hijas sabría algo acerca de la contaminación que sufrimos? Es un viaje muy largo para basarlo únicamente en una corazonada y en la esperanza.

— Estudió muchos años con las Hermanas de la Luz. A ellas les gustaba y querían que se quedara y se convirtiera en Hermana, pero ella no compartía sus creencias, y finalmente regresó a su hogar. No sé hasta dónde llegaban sus conocimientos, pero si las Hermanas sabían algo acerca de la contaminación y se lo enseñaron, no tengo duda de que ella transmitiría ese conocimiento a sus propias hijas. Y, por mucho que deteste la idea, tenemos que ir a Nicobarese para encontrarlas.

Cuando Zedd vio que Adie se abrigaba con la manta, cerró la ventana. Acto seguido, se arrodilló frente a la chimenea, apiló en el hogar leña menuda y luego los troncos preparados ya en un cubo. Se disponía a usar su magia para encender el fuego cuando se lo pensó mejor y, en vez de eso, prendió un palito en la lámpara. Entonces se puso en cuclillas y acercó la llama a la leña menuda.

— Zedd, amigo mío —dijo Adie dulcemente—. No soy una Hermana de la Luz. Sé que lo estás pensando, pero te aseguro que no soy una de ellas.

Eso era justamente lo que Zedd se había estado preguntando.

— ¿Me lo dirías si lo fueras?

Adie se quedó en silencio. Zedd miró por encima del hombro y la vio sonreírle.

— Las Hermanas de la Luz valoran la honestidad por encima de casi cualquier otra cosa. Se enorgullecen de estar al servicio de su Creador —explicó Adie.

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