Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
1 ... 157 158 159 160 161 162 163 164 165 ... 293
Перейти на страницу:

La hermana Verna se quedó mirándolo fijamente, sin moverse ni decir nada. Al fin, rompió el silencio.

— Realmente eres el Buscador.

— Lo siento, hermana Verna.

— No tienes por qué disculparte, Richard. No sabes de qué estás hablando. —Lentamente apartó el conejo del fuego y lo dejó en la bandeja de hierro, junto a la torta. Por un momento su mirada se perdió en la nada—. Será mejor que acabemos de desayunar. Debemos partir.

— De acuerdo. Pero antes quiero que sepas, Hermana, que soy parte inocente en lo que te ha ocurrido. Fue la Prelada quien te eligió. Deberías estar furiosa con ella o, si realmente estás tan entregada a tu deber como dices, si estás entregada a tu Creador, deberías regocijarte en su servicio. Decídete, pero deja de culparme a mí.

La Hermana abrió la boca para hablar, pero en vez de eso manoseó torpemente el tapón del odre que contenía el agua. Al fin lo sacó y tomó un largo sorbo. Al acabar, inspiró profundamente varias veces y se secó los labios con la manga. Su mirada fija se posó en Richard.

— Llegaremos a palacio muy pronto, Richard, pero antes debemos atravesar la tierra de una gente muy peligrosa. Las Hermanas tenemos un acuerdo para que nos dejen pasar. Tendrás que hacer algo por ellos, si no, estaremos en un buen lío.

— ¿Qué tendré que hacer?

— Matar a alguien.

— Hermana Verna, no pienso…

La mujer alzó el dedo índice para imponerle silencio.

— Esta vez no te atrevas a blandir el hacha, Richard —susurró—. No tienes ni idea de las consecuencias.

»Prepara los caballos —ordenó, poniéndose en pie—. Nos vamos.

— ¿No vas a desayunar? —preguntó Richard, levantándose a su vez.

Sin hacer caso de la pregunta, la Hermana se aproximó a él y le dijo:

— Dos no discuten si uno no quiere, Richard. Siempre estás enfadado conmigo por todo lo que te digo. Tú también estás resentido. Me odias porque crees que fui yo quien te obligó a ponerte el collar. Pero no es así, y lo sabes. Fue Kahlan quien te obligó. Es por culpa suya que ahora llevas el rada’han. Si no fuese por ella, no estarías conmigo. Es por mí que la has perdido, y me odias por ello.

»Pero antes quiero que sepas, Richard, que soy parte inocente en lo que te ha ocurrido. Fue Kahlan quien te hizo esto, no yo. Deberías estar furiosa con ella o, si realmente estás tan entregado a ella como dices, deberías regocijarte por cumplir sus deseos. Tal vez tiene razones válidas. Tal vez lo hizo pensando sólo en tu bienestar. Decídete, pero deja de culparme a mí.

Richard trató de tragar saliva pero no pudo.

37

La luz del atardecer, teñida de sangre, bañaba los árboles desnudos que crecían sobre el lomo de la siguiente cresta. Unos ojos verdes se apartaron de los escondites, prudentemente elegidos, desde donde vigilaban los centinelas más avanzados. La mujer se dijo que aún estaban demasiado lejos, o su presencia no les habría pasado inadvertida. Kahlan calculó cuántos hombres ocupaban las tiendas, dispuestas en hileras en el valle que se extendía a sus pies. Como mucho serían cinco mil.

A la izquierda estaban atados los caballos, cerca de los carros que transportaban las provisiones, todos perfectamente alineados. En el extremo más alejado del valle se habían cavado letrinas en la nieve. Los carros con las cocinas, estacionados entre la tropa y los carros de provisiones, estaban recogiendo para pasar la noche. Sobre las tiendas de los comandantes ondeaban coloridos estandartes guerreros. Probablemente era el ejército más perfectamente organizado que hubiese visto desplegado. Desde luego, los galeanos tenían debilidad por el orden.

— Qué bonito se ve —comentó Chandalen en voz queda— para tratarse de un ejército que va a ser masacrado. —Los dos hermanos se rieron nerviosamente entre dientes, totalmente de acuerdo.

Kahlan asintió con aire ausente. Esa misma mañana habían visto al ejército que los galeanos perseguían. No estaban organizados. Su campamento no estaba ordenado ni ofrecía una bella estampa. Y sus centinelas no estaban estacionados demasiado lejos unos de otros. Pese a ello, Chandalen y los dos hermanos se las habían apañado para acercarse lo suficiente para ver lo que querían ver y para calcular cuántos hombres lo componían.

Kahlan había supuesto que serían unos cincuenta mil, y no se había equivocado.

La mujer lanzó un profundo suspiro. Su aliento formó una delgada nube blanca que el helado viento arrastró.

— Tengo que detenerlos —dijo, al tiempo que se ponía a la espalda la mochila y el arco—. Vamos a bajar.

Con estas palabras emprendió el penoso descenso de la ladera cubierta por nieve suave y esponjosa seguida por Chandalen, Prindin y Tossidin. Les había costado más de lo que Kahlan había calculado atrapar a esos hombres. Una ventisca en el paso del Jara los había obligado a refugiarse en un pino hueco durante dos días. Los pinos huecos invariablemente le recordaban a Richard, por lo que mientras escuchaba el aullido del viento arropada en su manto de piel, soñó con él tanto dormida como despierta.

La mujer estaba furiosa por tener que perder un tiempo tan precioso de camino a Aydindril para impedir que ese ejército prosiguiera con la acción suicida que era enfrentarse a las fuerzas que habían destruido Ebinissia. Pero como Madre Confesora no podía permitir que casi cinco mil hombres murieran en vano. Tenía que detenerlos antes de que se acercaran demasiado al ejército que había saqueado Ebinissia. Probablemente el encuentro entre ambos se produciría al día siguiente.

El ejército se puso bruscamente en estado de alerta al ver aparecer a las cuatro figuras cubiertas con mantos de piel de lobo blanca. Se oyeron gritos que se fueron repitiendo por las hileras. Las solapas de las tiendas se abrieron y numerosos hombres corrieron hacia ellos. En el frío aire del atardecer resonó el característico sonido del acero al ser desenvainado. Hombres armados con lanzas corrieron hacia ellos pisando la nieve, mientras que los arqueros flechaban sus arcos y tomaban posiciones. Rápidamente se formó una barrera de varios centenares de hombres entre ellos y las tiendas de los comandantes, y más hombres aparecían a la carrera, vistiéndose mientras corrían y gritaban a los compañeros que seguían en sus tiendas.

Kahlan y sus tres acompañantes se detuvieron. La mujer esperó, inmóvil, mientras los hombres barro hacían lo propio apoyados perezosamente en sus lanzas.

Un comandante abandonó tambaleante una de las tiendas de mayor tamaño, poniéndose un pesado abrigo marrón. A continuación se fue abriendo paso entre sus hombres, gritando a los arqueros que no dispararan. Otros dos oficiales se le unieron, y juntos superaron la línea de defensores caminando a trompicones sobre la nieve. Kahlan reconoció el rango de los tres; el primero era el capitán y lo flanqueaban dos tenientes.

Cuando el capitán se detuvo, jadeando, frente a ella, Kahlan se retiró la capucha del manto. Su larga melena se desparramó sobre la piel blanca.

— ¡Pero qué… —exclamó asombrado el capitán al ver que sus dos tenientes se hincaban de rodillas.

Hasta donde le alcanzaba la vista todos los hombres se arrodillaron e inclinaron la cabeza. Ya no se oía ni el roce de la lana, ni el crujir del cuero, ni el resonar del acero. Los tres hombres barro intercambiaron miradas de asombro; nunca se hubieran imaginado que ése era el modo en que la Madre Confesora era recibida en otros lugares. Únicamente se oía el lento balanceo de las ramas por efecto de la fría brisa.

— Levantaos, hijos míos.

Todos se levantaron, rompiendo estrepitosamente el silencio. El capitán la saludó con una profunda y elegante reverencia. Al erguirse, mostraba en su rostro una sonrisa de orgullo.

1 ... 157 158 159 160 161 162 163 164 165 ... 293
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)